Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
Duer expuso a aquel hombre que necesitaba que alguien le ayudase a alterar el mercado, alguien que comprase y vendiese con su propio dinero. Cuando ganara dinero, se quedaría los beneficios, menos una pequeña comisión. Cuando perdiera, se le reembolsarían las pérdidas.
Algunos hombres, me había contado Duer, reaccionaban ásperamente a aquella propuesta, pues no les gustaba la idea de comportarse de una manera deshonrosa con los otros inversores, pero eso era lo que hacía a Pearson tan perfecto. Era un desconocido en la comunidad de los especuladores y no le importaba traicionar a sus colegas. Más concretamente, deseaba aprender los secretos del oficio, pero no sentía otra cosa que desprecio por los que los habían aprendido por los medios habituales, que eran lentos y para los que se necesitaba persistencia. Duer le ofrecía una oportunidad de demostrar su inherente superioridad, envuelta en la capa protectora, o eso creería él, de un maestro indiscutible.
Empezó despacio. Duer le mandó hacer unas transacciones que sabía que serían sensatas y estas despertaron el apetito de Pearson. Aunque obtenía beneficios, Duer también lo encaminó a perder unos cuantos miles de dólares en una sola operación, pero no dudó en restituirle los fondos enseguida y sin poner mala cara, demostrando que cumplía su palabra y que Pearson no tenía nada que temer con respecto a las pérdidas. Al cabo de seis semanas, Pearson ya estaba haciéndose un nombre como inversor sagaz en el parqué de Filadelfia. Nadie sabía que era una marioneta de Duer y nadie sabía que estaba condenado al fracaso.
Parte de la dificultad de monopolizar un mercado reside en el hecho de que los compradores no tardan en darse cuenta de que alguien, aunque no sepan quién es, siempre compra con avidez un valor cuando aparece en el mercado. Así, los precios de los bonos del seis por ciento empezaron a subir y fueron más caros y difíciles de obtener. Los hombres que ya los poseían percibieron que había en marcha un intento de monopolización y, comprensiblemente, se mostraron reacios a vender.
La mejor manera de atraer más bonos al mercado era convencer a los accionistas de que no lo sabían todo y de que había alguien que sabía más. Así, Duer y Pearson perpetraron un engaño muy simple, pero efectivo. Duer llegó a la taberna de la City y anunció que deseba vender bonos al seis por ciento y comprar bonos al cuatro, cuyo valor era menor por la simple razón de que rendían menos interés. Sin embargo, el precio de los bonos al seis era alto y los otros especuladores llegaban a la obvia conclusión de que Duer preveía que los bonos al seis habían llegado a su valor más alto y que los bonos al cuatro estaban subvalorados y posiblemente subirían de una manera repentina.
Como habían acordado de antemano, Pearson aceptó la oferta de venta de Duer. Era un negocio perfecto porque Pearson solo tendría que devolverle a Duer los bonos al seis al cabo de unas horas. Pearson, que había empezado a atraer la atención, anunció entonces que compraría bonos al cuatro a todo el que quisiera vendérselos y que ya no deseaba comprar bonos al seis. A los pocos días, el valor de los bonos al cuatro aumentó considerablemente mientras que el de los bonos al seis bajó. Los otros agentes de Duer, aquellos que actuaban con el dinero de él, se hicieron con los bonos al seis por ciento que había en aquellos momentos en el mercado. Pearson continuó comprando bonos al cuatro a aquel precio recientemente hinchado, un precio que probablemente no volverían a ver, pero ese precio mantuvo altos los bonos al cuatro y bajos los al seis. Fue precisamente por esa razón y no otra por lo que Duer siguió induciendo a Pearson, y a todo el que lo siguiera, a continuar comprando. Cuando todo terminó, Pearson poseía más de sesenta mil dólares en bonos al cuatro por ciento, unos títulos cuyo valor estaba absurdamente inflado y que se desplomaría sin previo aviso.
– Dudo de que todo el paquete valga más de cuarenta mil -me dijo Duer-, y eso en las circunstancias más optimistas. Si Pearson intenta venderlas, como no lo haga con un mínimo incrementó, no conseguirá sino que el precio baje todavía más. Claro que buena parte de esto dependerá de cómo actúe el otro comprador.
– ¿Qué otro comprador? -inquirí.
– Todavía no he podido determinar su identidad, pero hay otro comprador que quiere bonos al cuatro, pero eso apenas importa. Me trae completamente al pairo si el precio baja un poco, o un mucho, o incluso si se mantiene alto.
– Pero ¿y Pearson? Lo ha dejado arruinado y no podrá hacer más operaciones, ¿no?
– No, en absoluto. Es como un borracho que necesita más vino. Ha saboreado la victoria y no permitirá que una pequeña pérdida lo afecte. En realidad, aún no sabe siquiera que ha perdido. Creo que puedo sacarle unas pérdidas de cincuenta mil o sesenta mil dólares más antes de que empiece a sospechar. Y, para entonces, será demasiado tarde.
Mientras Duer se regodeaba de su estafa, yo planeaba la mía. Duer confiaba en mí por completo y pronto llegaría el momento de conducirlo a su propia destrucción.
Después del éxito fenomenal de la inauguración del Banco de Estados Unidos y del enorme volumen de negocios en cupones, se empezó a preparar la apertura de otros bancos y, aunque carecían de medios para mantenerse, esperaban que el entusiasmo del público por los bancos nuevos aupara lo que de otro modo serían especulaciones vacías y sostuviera las operaciones hasta que los bancos fueran autosuficientes.
Vi que Pearson era el vehículo ideal para llevar a Duer al Banco del Millón, pero no estaba del todo segura de cómo lo convencería de mi idea sin despertar sus sospechas o quizá su desdén. Decidí, por lo tanto, que necesitaba intimar más con su familia y en diversas ocasiones intenté que me presentara a la señora Pearson. Había imaginado que sería una criatura hosca, una persona fría y de una crueldad compatible con la de su marido, o débil y condenada a sufrirla, pero resultó que la señora Pearson era una mujer bonita, con el cabello rubio y los ojos azules, alegre y llena de ingenio y buen humor. Y sí, había un inconfundible halo de tristeza en ella aunque, dado el carácter de su marido, aquello apenas me sorprendió.
La señora Pearson y yo nos hicimos amigas enseguida y disfrutaba los ratos que pasaba con ella. Hacía mucho tiempo que no mantenía una amistad íntima con una mujer y Cynthia resultó ser la perfecta compañera: inteligente y cariñosa, pero con una vena de cinismo y melancolía que la llevaba a impacientarse con las trivialidades vacías que pasaban por conversación en la sociedad educada. No había conocido nunca las penalidades del Oeste, pero había sufrido las suyas y era como una hermana para mí. Sin embargo, lamenté aquella coincidencia porque, si bien nos sentíamos más unidas cada vez, yo intentaba destruir a su marido, una acción que también la destruiría a ella.
Una tarde, mientras tomábamos el té en su salón, advertí que el señor Pearson estaba en casa y experimenté la inconfundible sensación de que escuchaba nuestra charla. Yo había llevado la conversación hacia asuntos privados, en concreto a la felicidad que había conocido con mi difunto esposo.
– ¿No es maravilloso -comenté- tener un marido con el que disfrutar de tanta compenetración mental? Por encima de todo, es necesario que el cónyuge sea una persona compatible.
La expresión de Cynthia se volvió sombría al momento y oí un crujido en las tablas del suelo de la habitación contigua. Pearson se acercaba, con la esperanza de oír su respuesta.
– Lamento que perdiera a su esposo -dijo la señora Pearson-. Por lo que cuenta, creo que no ha habido nunca dos personas más compatibles.
Yo había notado hacía tiempo que su marido y ella distaban mucho de tener una relación de compañerismo y por ello no la presioné. Ya tenía lo que quería, la atención secreta de Pearson, y mi intención era pasar al ataque.