Juego Del Destino
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:
No respondió a las aclamaciones mientras salían rápidamente del aparcamiento. Miró a Su Ling, que estaba golpeando el salpicadero con verdadera furia. Nat soltó una mano del volante y la apoyó suavemente en la pierna de Su Ling.
– Te quiero, siempre te querré. Eso es algo que nada ni nadie podrá cambiar.
– ¿Cómo se ha enterado Elliot?
– Lo más probable es que contratara a una agencia de detectives privados para que escarbaran en mi pasado.
– Y cuando no encontró nada que poder utilizar en tu contra, cambió de objetivo y se centró en mí y en mi madre -susurró Su Ling. Transcurrieron unos minutos antes de que añadiera-: No quiero que te retires; debes continuar con la campaña. Es la única manera que tenemos de derrotar a ese miserable. -Nat no dijo nada mientras conducía, atento al denso tráfico-. Solo lo siento por Luke -afirmó su esposa-. Se lo habrá tomado a la tremenda. Es una pena que Kathy no pudiera quedarse un día más.
– Yo me encargaré de Luke -le prometió Nat-; será mejor que vayas a recoger a tu madre y la traigas para que pase la noche en casa.
– La llamaré en cuanto lleguemos -dijo Su Ling-. Quizá con un poco de suerte no vio el programa.
– Ni lo sueñes -replicó Nat cuando entraba en el camino de la casa-. Es mi más leal admiradora y nunca se pierde una de mis apariciones en la televisión.
Rodeó la cintura de su mujer con el brazo mientras caminaban hacia la puerta. Estaban encendidas todas las luces de la casa excepto las de la habitación de Luke. Nat abrió la puerta.
– Llama a tu madre. Subiré un momento para ver a Luke.
Su Ling descolgó el teléfono del vestíbulo y Nat subió las escaleras lentamente para tener tiempo de ordenar sus pensamientos. Era consciente de que Luke querría saber toda la verdad. Caminó por el pasillo y llamó discretamente a la puerta del dormitorio de su hijo. No tuvo respuesta, así que lo intentó de nuevo y esta vez preguntó:
– Luke, ¿puedo entrar?
No hubo respuesta. Entreabrió la puerta, asomó la cabeza y encendió la luz; no vio a Luke en la cama ni sus prendas colocadas con mucho cuidado en la silla que su hijo usaba para ese fin. Lo primero que se le ocurrió pensar fue que había ido a la lavandería para estar con su abuela. Apagó la luz. Por un momento prestó atención a las palabras de Su Ling, que hablaba con su madre. Ya se disponía a bajar cuando advirtió que Luke había dejado encendida la luz del baño. Decidió apagarla.
Cruzó la habitación y abrió la puerta del cuarto de baño. En el primer instante se quedó paralizado mientras miraba a su hijo. Luego cayó de rodillas, incapaz de mirar una segunda vez, aunque tendría que descolgar el cuerpo de Luke para impedir que esa visión fuera el último recuerdo que guardara Su Ling de su único hijo.
Annie atendió la llamada y escuchó durante unos segundos.
– Es Charlie, del Courant. Quiere hablar contigo -le dijo a Fletcher, y le pasó el teléfono.
– ¿Ha visto el programa? -le preguntó el comentarista político, en cuanto Fletcher se puso al aparato.
– No. Annie y yo nunca nos perdemos un capítulo de Seinfeld.
– Touché. ¿Quiere hacer alguna declaración respecto a que la esposa de su oponente es una inmigrante ilegal y su madre una prostituta?
– Sí. Creo que David Anscott hubiese tenido que interrumpir la intervención de ese individuo. Era evidente que se trataba de una trampa.
– ¿Puedo citar sus palabras? -dijo Charlie.
Jimmy sacudió la cabeza vigorosamente.
– Sí, claro que puede, porque lo que hemos visto convierte en un juego de niños cualquiera de las muchas artimañas de Nixon.
– Le alegrará saber, senador, que su percepción coincide con la opinión de la mayoría. La centralita del canal de televisión quedó colapsada por el número de llamadas de personas que querían manifestar su solidaridad con Nat Cartwright y su esposa. Mi pronóstico es que Elliot perderá mañana por un resultado arrollador.
– Algo que me pondrá las cosas muy difíciles -apuntó Fletcher-. Al menos, algo bueno saldrá de todo este asunto.
– ¿A qué se refiere, senador?
– Todo el mundo sabrá finalmente la verdad sobre la sabandija que es Elliot.
– ¿Te parece que eso ha sido prudente? -señaló Jimmy.
– Seguro que no -replicó Fletcher-, pero no es más de lo que hubiese dicho tu padre.
Cuando llegó la ambulancia, Nat decidió acompañar el cadáver de su hijo al hospital, mientras su madre intentaba inútilmente consolar a Su Ling.
– Regresaré cuanto antes -le prometió, antes de besarla con todo su cariño.
Salió de la casa y les dijo a los dos hombres que esperaban en silencio junto al cuerpo de su hijo que él los seguiría en su propio coche. El conductor asintió.
El personal del hospital intentó ser lo más amable posible, pero había que rellenar una infinidad de formularios y cumplir con todos los requisitos. En cuanto acabó el papeleo, lo dejaron solo. Besó a Luke en la frente y cerró los ojos para no ver de nuevo los morados en el cuello, consciente de que el recuerdo lo acosaría durante el resto de su vida.
Esperó a que cubrieran el rostro de Luke con la sábana, se despidió de su amado hijo y salió de allí, sin hacer mucho caso de las expresiones de pésame de los que se cruzaban con él. Tenía que ir a reunirse con Su Ling, pero le quedaba por hacer una visita impostergable.
Nat se montó en el coche y condujo como un autómata, sin que su cólera se apaciguara ni por un momento con el paso de los kilómetros. Aunque nunca había estado antes en la casa, sabía cuál era y cuando entró en el camino particular, vio que se encendían algunas luces en la planta baja. Aparcó el coche y caminó lentamente hacia la casa. Necesitaba calmarse si quería que aquello saliera bien. Mientras se acercaba a la puerta oyó unas voces que provenían del interior. Un hombre y una mujer discutían a voz en cuello, sin saber que alguien les escuchaba. Nat golpeó con la aldaba y las voces cesaron bruscamente, como si alguien hubiese apagado un televisor. Un segundo más tarde, se abrió la puerta y Nat se encontró cara a cara con el hombre a quien juzgaba culpable de la muerte de su hijo.
Ralph Elliot pareció sorprendido, pero se recuperó rápidamente. Intentó cerrarle la puerta en las narices sin conseguirlo, porque Nat ya tenía apoyado un hombro en la hoja. El primer puñetazo de Nat aplastó la nariz de Elliot y a punto estuvo de hacerle caer de espaldas. El abogado consiguió recuperar el equilibrio y a continuación dio media vuelta y echó a correr por el pasillo. Nat lo persiguió hasta el despacho. Por un segundo, buscó a la mujer con la que Elliot mantenía la discusión, pero no vio a Rebecca por ninguna parte. Miró de nuevo a Elliot, que acababa de abrir un cajón de su mesa escritorio y en esos momentos empuñaba un arma.
– Sal ahora mismo de mi casa o te mataré -gritó Elliot, y levantó el arma para apuntarle al pecho. La sangre le manaba a chorros de la nariz.
– No creo que lo hagas -replicó Nat al tiempo que se le acercaba-. Después de la jugarreta de esta noche, nadie creerá ni una palabra de lo que digas.
– Lo harán porque tengo un testigo. No olvides que Rebecca te vio irrumpir en nuestra casa profiriendo amenazas y después golpearme.
Nat avanzó dispuesto a darle otro puñetazo; el movimiento hizo que Elliot, al retroceder dominado por el miedo, perdiera el equilibrio al chocar contra el brazo del sillón. Se disparó el arma y Nat aprovechó la oportunidad para abalanzarse sobre Elliot y derribarlo. Mientras caían, Nat descargó un rodillazo en la entrepierna de Elliot con tanta fuerza que su rival se dobló del dolor y soltó el arma. Nat la recogió en el acto y apuntó a Elliot, que lo miró con el rostro desfigurado por el terror.
– Tú mandaste a aquel cabrón a que me hiciera las preguntas, ¿no es así? -gritó Nat.
– Sí, sí, pero no tenía idea de que llegaría hasta esos extremos. Tú no matarías a un hombre solo porque…