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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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La primera pregunta se convirtió en un discurso sobre la libertad de elección de las mujeres, cosa que complació a Nat que veía cómo se consumían los segundos. Sabía que Elliot se mostraría indeciso en este tema, porque no quería ofender a los movimientos feministas ni a sus amigos de la Iglesia católica. Nat, por su parte, dejó claro que apoyaba firmemente el derecho de las mujeres a elegir libremente. Elliot, tal como sospechaba, se mostró evasivo. Anscott dio paso a la siguiente pregunta.

Fletcher, que seguía el debate por el televisor de su casa, tomaba notas de todo lo que decía Nat Cartwright. Era evidente que entendía muy bien el principio que sustentaba la propuesta de reforma de la ley de educación y, lo que era más importante, parecía creer que los cambios que deseaba introducir Fletcher eran muy razonables.

– Es muy brillante, ¿verdad? -opinó Annie.

– Y muy guapo -afirmó Lucy.

– ¿Hay alguien que esté de mi parte? -preguntó Fletcher.

– Sí, no creo que sea guapo -intervino Jimmy-. Pero ha reflexionado mucho sobre tu enmienda y está claro que la considera un tema electoral.

– No sé si es muy guapo -comentó Annie-, pero ¿te has fijado que si lo miras bien se parece un poco a ti, Fletcher?

– Oh, no -protestó Lucy-. Es mucho más guapo que papá.

La tercera pregunta versó sobre el control de las armas. Ralph Elliot declaró que respaldaba firmemente a los fabricantes de armas y el derecho de todos los norteamericanos a defenderse. Nat explicó que él era partidario de un control más estricto, para evitar que episodios como el que había vivido su hijo en la escuela se volvieran a repetir nunca más.

Annie y Lucy comenzaron a aplaudir, junto con el público en el estudio.

– ¿Nadie piensa recordarle quién estaba en el aula con su hijo? -preguntó Jimmy.

– No hace falta que se lo recuerden -contestó Fletcher.

– Una pregunta más -intervino Anscott- y tendrá que ser rápida porque se nos agota el tiempo.

El individuo de la segunda fila se levantó en el acto. Elliot lo señaló por si acaso a Anscott se le ocurría dar paso a algún otro.

– ¿Cómo piensan los candidatos enfrentarse al problema de los inmigrantes ilegales?

– ¿Qué demonios tiene eso que ver con el gobernador de Connecticut? -preguntó Fletcher en el salón de su casa.

Ralph Elliot miró al hombre que había formulado la pregunta y respondió:

– Estoy seguro de que hablo en nombre de los dos cuando digo que Estados Unidos siempre dará la bienvenida a cualquiera que sea víctima de la opresión y necesite ayuda, como hemos hecho a todo lo largo de nuestra historia. Sin embargo, los que deseen entrar en nuestro país deben, por supuesto, seguir el procedimiento correcto y cumplir con todos los requisitos legales.

– Eso me suena como algo muy preparado y ensayado -le comentó Fletcher a Annie-. ¿Qué se trae entre manos?

– ¿Es esa también su opinión referente a los inmigrantes ilegales, señor Cartwright? -preguntó David Anscott, que no acababa de ver muy claro qué se escondía detrás de la pregunta planteada.

– Confieso, David, que no he considerado el tema, dado que no figura entre mis prioridades. Me he centrado casi exclusivamente en los problemas a los que se enfrenta ahora mismo el estado de Connecticut.

– Acaba ya -oyó Anscott que le decía el productor a través del auricular, en el mismo momento en que el hombre del público añadía:

– Tendría que haberlo considerado, señor Cartwright. Después de todo, ¿su esposa no es una inmigrante ilegal?

– Espera, deja que responda -dijo el productor-. Si acabamos ahora tendremos a doscientas mil personas llamándonos para saber la respuesta. Primer plano de Cartwright.

Fletcher estaba entre los doscientos mil que esperaba atento la respuesta de Nat mientras la cámara enfocaba brevemente a Elliot, que simulaba estar intrigado.

– Qué miserable -exclamó Fletcher-. Sabía perfectamente cuál sería la pregunta.

La cámara volvió a enfocar a Nat, que mantenía la boca cerrada.

– ¿Me equivoco si digo que su esposa entró en el país ilegalmente? -insistió el hombre.

– Mi esposa es profesora de estadística en la Universidad de Connecticut -manifestó Nat, que intentó disimular el temblor en su voz.

Anscott oyó las indicaciones del productor, porque ya se habían pasado de horario.

– No digas nada -dijo el productor-, aguanta. Siempre puedo dar paso a los créditos si la cosa se pone aburrida.

Anscott asintió con un gesto dirigido hacia donde se encontraba el productor.

– Me parece muy bien, señor Cartwright -prosiguió el interrogador-, pero su madre, Su Kai Peng, ¿no entró en este país con documentos falsos y afirmó estar casada con un soldado norteamericano, que en realidad había muerto combatiendo por su país algunos meses antes de la fecha que consta en el certificado de matrimonio?

Nat no respondió. También Fletcher permaneció en silencio mientras observaba el sufrimiento de Cartwright.

– Dado que no parece estar dispuesto a responder a mi pregunta, señor Cartwright, quizá quiera confirmar que en el certificado de matrimonio su suegra figura como modista. Sin embargo, todo indica que antes de venir a Estados Unidos, era una prostituta que practicaba su oficio en las calles de Seúl, así que solo Dios sabe quién es el padre de su esposa.

– Créditos -ordenó el productor-. Se nos ha agotado el tiempo y no me atrevo a retrasar el inicio de Los vigilantes de la playa, pero seguid grabando. Quizá consigamos algo que nos sirva para el informativo de cierre.

En cuanto en la pantalla del monitor del estudio aparecieron los créditos, el hombre que había formulado las preguntas se marchó rápidamente. Nat miró a su esposa sentada en la tercera fila, que temblaba como una hoja.

– Menuda encerrona -comentó el productor.

Elliot se volvió hacia el conductor del programa.

– Esto es una vergüenza -exclamó-. Tendría usted que haber intervenido mucho antes. -Luego miró a Nat y añadió-: Créeme, no tenía idea de que…

– Eres un mentiroso -replicó Nat.

– Sigue enfocándolo -le ordenó el productor al primer cámara-. Continuad con la grabación. Lo quiero tener desde todos los ángulos -comunicó a los cuatro cámaras.

– ¿Qué estás insinuando? -le preguntó Elliot.

– Que todo esto ha sido uno de tus montajes. Algo tan burdo que incluso has utilizado al mismo hombre que hizo las preguntas sobre el proyecto de Cedar Wood hace un par de semanas. Te diré solo una cosa más, Elliot. -Nat lo señaló con el dedo-. Así y todo, acabaré contigo.

Nat salió del estudio hecho una furia y se reunió con Su Ling, que le esperaba en el vestíbulo.

– Vamos, Pequeña Flor, te llevaré a casa -dijo, mientras pasaba el brazo por los hombros de su esposa.

En aquel mismo momento apareció Tom.

– Lo siento mucho, Nat, pero es necesario que te lo pregunte. ¿Hay algo de verdad en toda esa basura?

– Es la pura verdad -respondió Nat- y antes de que lo preguntes, te diré que lo sabía desde que nos casamos.

– Llévate a Su Ling a casa y, por lo que más quieras, no se te ocurra hablar con los periodistas -le recomendó Tom.

– No te preocupes. Puedes hacer una declaración en mi nombre para comunicar que me retiro de la campaña. No pienso permitir que mi familia tenga que seguir soportando estas cosas.

– No tomes una decisión apresurada que bien podrías lamentar más tarde. Hablemos exclusivamente de lo que tendremos que hacer mañana por la mañana -replicó Tom.

Nat cogió a Su Ling de la mano y salieron del edificio del canal de televisión para ir al aparcamiento.

– ¡Buena suerte! -le gritó uno de sus partidarios cuando Nat le abrió la puerta del coche a su esposa.

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