La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
»Entonces, los hombres me sujetaron, y Mathrin trató de verterme algo por la garganta. Me quemó la boca. Mathrin me tapaba la nariz. Tenía que tragarlo o asfixiarme. Yo quería asfixiarme, pero tragué sin quererlo. Fue como si hubiera tragado fuego y me quemara la garganta. No podía hablar ni emitir sonido alguno, ni siquiera gritar. Sólo sentía un ardiente dolor más intenso que el que jamás he vuelto a sentir. —La hechicera tomó un sorbo de té como si quisiera suavizarse la garganta.
»Luego, los hombres me llevaron donde estaba Pell y me ataron a una silla frente a él. Mathrin me sujetaba de modo que no pudiera moverme. El corazón se me rompió al ver lo que le habían hecho. Tenía la cara blanca como la cera. Le habían cortado casi todos los dedos, poco a poco. —Sus propios dedos apretaron la taza mientras revivía ese recuerdo.
»Mathrin dijo a Pell que había confesado que él era un poseído. Pell me miró sin poder creer esas palabras. Yo traté de gritar que era mentira, pero no podía emitir sonido. Entonces traté de negar con la cabeza, pero Mathrin me lo impidió.
»Pell les dijo que no los creía. Entonces, le cortaron otro dedo y le dijeron que lo hacían sólo porque yo lo había acusado. Sólo porque tenían mi confesión. Pell no apartaba los ojos de mí mientras temblaba y les decía que no los creía. Ellos le dijeron que yo había pedido que lo mataran porque era un poseído. Pero Pell seguía sin creerlos y declaró que me amaba.
»Entonces, Mathrin le dijo que yo lo había acusado de ser un poseído y que, si no fuese cierto, lo hubiera negado para que nos dejaran a ambos en libertad. Pero, según él, yo había jurado y perjurado que era cierto, que Pell era un poseído y que yo deseaba que muriera por ello. Pell me rogó a gritos que lo negara, gritaba mi nombre y me rogaba que dijera algo.
»Por mucho que lo intenté, no pude. La garganta me quemaba, y ya no tenía voz. Mathrin me sujetaba por el cabello, impidiendo que me moviera. Pell me miraba con los ojos desorbitados. Yo seguía en silencio.
»Entonces me dijo: “¿Cómo has podido hacerme algo así, Adie? ¿Cómo has podido acusarme de ser un poseído?”, y se echó a llorar.
»Mathrin le pidió que me acusara de ser una poseída. Le prometió que, si lo hacía, lo creerían a él y no a mí, pues yo poseía el don, y lo dejarían libre. Pell susurró: “No la acusaré en vano para salvar la vida, ni siquiera aunque me haya traicionado”. Esas palabras se me clavaron como un dardo en el corazón.
Mientras la mirada de Adie se perdía en la nada, Zedd se fijó en que una vela situada en la repisa detrás de la mujer se fundía formando un charco de cera. El mago percibía las olas de calor que irradiaban de ella. Entonces cayó en la cuenta de que estaba conteniendo el aliento, y lo soltó.
— Mathrin le rebanó el pescuezo —declaró Adie, sin andarse por las ramas—. Luego le cortó la cabeza y la sostuvo delante de mí. Dijo que era culpa mía, por seguir al Custodio. Entonces ordenó a sus hombres que me aguantaran la cabeza hacia atrás y me mantuvieran los ojos abiertos, y vertió en ellos el líquido ardiendo.
»Me quedé ciega. En esos momentos, algo ocurrió dentro de mí. Mi Pell ya no estaba, había muerto pensando que lo había traicionado, y yo estaba a punto de perder la vida. De pronto, me di cuenta de que todo eso era sólo culpa mía por haberme aferrado a un juramento. Había perdido a mi enamorado por un estúpido juramento fruto de la ignorancia y la superstición. Ya nada importaba; mi vida ya no tenía sentido.
»Usé el don. Descargué mi ira. Rompí el juramento de que jamás usaría el don para hacer daño a nadie. Aunque no podía ver, sí que podía oír, y oí cómo su sangre salpicaba en las paredes de piedra. Pero no tenía suficiente. Hice pedazos a todo ser vivo que hubiese en esa habitación, ya fuera hombre o ratón. Como no podía ver, destruí cualquier vida que percibí. No sabía si alguien habría escapado. En cierto modo, me alegraba de estar ciega, pues, en caso de ver lo que estaba haciendo, no podría haber llegado hasta el final.
»Cuando alrededor todo fue quietud y muerte, recorrí a tientas la habitación para contar los cadáveres. Faltaba uno.
»Luego me arrastré hasta casa de la abuela Lindel. No sé aún cómo fui capaz de llegar; supongo que el don me guió. Cuando me vio, se puso furiosa. Me obligó a ponerme en pie y me preguntó si había roto el juramento.
— Pero no podías hablar. ¿Cómo le respondiste? —la interpeló Zedd, muy interesado.
— La agarré por el pescuezo con la fuerza del don y la estrellé contra la pared —replicó Adie, con una leve sonrisa—. Entonces, me acerqué a ella y asentí. Yo estaba furiosa y trataba de estrangularla. Ella luchó contra mí con todo su poder. Pero yo era mucho más fuerte. Hasta ese momento, no había imaginado que el don no era igual para todos. La abuela Lindel estaba tan indefensa como una muñeca de trapo.
»Pero, por mucho que deseara matarla por haberme preguntado eso antes que ninguna otra cosa, no pude hacerlo. La solté y caí al suelo; no podía seguir teniéndome en pie. Ella se acercó a mí y empezó a curarme las heridas. Me dijo que había hecho mal al romper el juramento, pero que lo que me habían hecho a mí era un mal mucho peor.
»Nunca más volví a tener miedo de la abuela Lindel. No porque me ayudara, sino porque había roto el juramento. Después de eso, las leyes que había aprendido ya no me retenían, y además sabía que era más fuerte que ella. Desde ese día, fue ella la que me tuvo miedo a mí. Creo que me ayudó para que me recuperara y me marchara cuanto antes.
»Unos pocos días más tarde, la abuela Lindel llegó a casa y me dijo que los representantes del rey la habían citado para interrogarla. Así supe que todos los hombres del molino, todos los miembros de la Sangre de la Virtud habían muerto, excepto Mathrin. Él había escapado. La abuela dijo a las autoridades que no me había visto. Ellas la creyeron o fingieron creerla, porque no deseaban enfrentarse a ella y a una hechicera que había matado a tantos hombres de una manera tan brutal. Así pues, la dejaron en paz.
Adie pareció relajarse un poco. Estudió un momento la taza de té y luego tomó otro sorbo. Entonces le tendió la taza, y Zedd le sirvió un poco más. El mago deseó haber vertido también hierbas relajantes en su propio té. Las necesitaría para escuchar el final de la historia.
— Perdí al niño.
— Lo siento mucho, Adie.
— Lo sé. —La hechicera lo miró a los ojos, y le cogió una mano entre las suyas—. Lo sé. —Entonces le soltó la mano para proseguir—. La garganta sanó, pero me dejó esta voz como de hierro que rasca sobre roca —dijo. Se acarició brevemente el cuello con los dedos y luego los entrelazó.
— A mí me gusta tu voz. El hierro va bien contigo.
Por el rostro de Adie pasó el fantasma de una sonrisa.
— Pero mis ojos no corrieron la misma suerte. Estaba ciega. La abuela Lindel no era tan fuerte como yo, pero era anciana y había visto hacer muchos trucos con el don. Ella fue quien me enseñó a ver sin los ojos. No es lo mismo, pero, en ciertos aspectos, es mejor. En ciertos aspectos veo más.
»Una vez curada, la abuela me pidió que me marchara. No quería vivir con alguien que hubiera violado el juramento, ni siquiera aunque fuese de su misma sangre. Temía que eso le causara problemas, ya fuera por parte del Custodio, por haber roto el voto, o por parte de la Sangre de la Virtud.
— ¿Y hubo problemas? —preguntó Zedd, recostándose en la silla y estirando un poco los músculos.
— Oh, sí —siseó Adie, alzando las cejas e inclinándose hacia adelante—. Mathrin Galliene se encargó de causarlos. Se presentó con veinte miembros de la Sangre de la Virtud pagados por la corona. Eran mercenarios, hombres muy fornidos de aspecto fiero y sin piedad alguna. Llegaron montados a caballo en perfecta formación. Iban armados con espadas, escudos, estandartes y lanzas que sostenían todos en el mismo ángulo. Todos llevaban una cota de mallas y peto pulido que relucía con el emblema de la corona repujado en él, y yelmos con plumas rojas que se balanceaban al cabalgar. Todos los caballos eran blancos.