La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
»Mathrin me sonrió, ¿lo puedes creer?, me sonrió y repuso: “Te equivocas, Adie. No he fracasado. He cumplido los deseos del Custodio. He llevado a cabo mi misión a la perfección. Te he obligado a hacer exactamente lo que el Custodio quería de ti; todo ha ocurrido según su plan. Y tendré mi recompensa. Yo fui quien provocó el incendio en el mercado cuando eras pequeña. Yo fui quien hizo esas cosas a Pell, pero no porque creyera que él o tú fueseis poseídos. Yo era el poseído. Lo hice para que rompieras tu juramento. Para que tu corazón se llenara con el odio del Custodio. Hacerte romper el juramento fue el primer paso, y mira todo lo que has hecho desde entonces. Mira lo que acabas de hacerme. Mira hasta qué punto te has acercado al Custodio. Ahora estás a su alcance. Es posible que no le hayas prestado juramento, pero cumples sus deseos. Te has convertido en aquello que odias. Te has convertido en mí; eres una poseída. El Custodio está muy complacido contigo, Adie, y te da las gracias por haberlo acogido en tu corazón”. Dicho esto, Mathrin cayó muerto.
Adie se deshizo en llanto, hundiendo la cabeza en sus manos. Tras estirar las articulaciones, Zedd dio la vuelta a la mesa y la abrazó, sosteniéndole la cabeza contra su estómago, acariciándole el pelo y tratando de consolarla. Adie seguía llorando.
— No es así, querida. Nada de eso.
Pero la hechicera lloraba contra su túnica y sacudía la cabeza.
— Te crees muy listo, mago —sollozó—. Pero no lo eres tanto. Te equivocas en esto.
Zedd se arrodilló junto a su silla, la cogió de las manos y alzó la mirada hacia su afligido rostro.
— Soy suficientemente listo para saber que ni el Custodio ni uno de sus secuaces te darían la satisfacción de saber que has ganado la batalla contra ellos.
— Pero yo…
— Tú te defendiste. Atacaste, sí, y fuiste implacable, pero no por maldad, no por querer ayudar al Custodio.
Adie arrugó la frente en un esfuerzo por detener sus lágrimas.
— ¿Estás seguro? ¿Estás seguro de que puedes confiar en alguien como yo?
— Totalmente —respondió Zedd, risueño—. No lo sé todo de ti, Adie, pero sí sé que no eres ninguna poseída. Tú eres la víctima, no la criminal.
— Yo no estoy tan segura —protestó la mujer, sacudiendo la cabeza.
— Tras la muerte de Mathrin, ¿seguiste matando? ¿Buscaste venganza atacando a inocentes?
— No, claro que no.
— Si hubieses sido un agente del Custodio, te habrías entregado a él, a sus deseos y te habrías dedicado a atacar a quienes lo combaten. Tú no eres ninguna poseída, querida. Me duele el corazón por todo lo que el Custodio te arrebató, pero no pudo con tu alma, sigue siendo tuya. Deja de lado esos temores.
El mago le apretó cariñosamente las manos. Adie no trató de retirarlas, sino que las dejó entre las suyas como si quisiera sumergirse en el consuelo. Temblaba. Finalmente se enjugó las lágrimas.
— Sírveme un poco más de té, ¿quieres? —pidió—. Pero esta vez no le pongas nada raro o me quedaré dormida antes de acabar la historia.
Zedd arqueó una ceja. Adie se había dado cuenta. Se levantó y le dio unas palmaditas en el hombro. Le sirvió más té y luego cogió la silla y se sentó de nuevo, mientras ella bebía a sorbos la infusión. Después de vaciar media taza pareció que ya había recuperado el control.
— Aún se luchaba encarnizadamente contra D’Hara, pero el fin de la guerra era inminente. Sentía que el Límite se alzaba; sentía cómo crecía en este mundo.
— ¿Y te instalaste aquí justo después de que se alzara el Límite?
— No. Primero estudié con un puñado de mujeres. Algunas me enseñaron ciertas cosas sobre huesos. —Adie se sacó un colgante de debajo de la túnica y manoseó el hueso pequeño y redondo, flanqueado por cuentas rojas y amarillas. Era idéntico al que le había dado a él para que cruzara el paso, y que Zedd aún llevaba al cuello—. Este hueso pertenece a la base de un cráneo como el de ese estante, el que ha caído antes al suelo. Es de una bestia llamada skrin. Los skrin son los guardianes del inframundo, más o menos como los canes corazón, pero ellos hacen guardia en ambas direcciones. El mejor modo de explicarlo es que forman parte del velo mismo, aunque tampoco es del todo exacto. En este mundo son sólidos y poseen una forma, pero en el otro mundo no son más que una fuerza.
— ¿Una fuerza, dices?
— Justamente. Aunque no podemos verla, la fuerza está ahí. —Adie cogió la cucharilla y la dejó caer sobre la mesa—. Es la fuerza que hace que la cucharilla caiga en vez de flotar en el aire. No podemos verla, pero existe. Algo parecido sucede con un skrin.
»Muy raramente, mientras cumplen con su deber de repeler todo lo que se halla en la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos, son empujados hacia este mundo. Muy pocas personas conocen su existencia, pues eso ocurre en muy raras ocasiones. —Zedd frunció el entrecejo—. Es algo muy complejo. Ya te lo explicaré mejor en otra ocasión. Lo importante es que este hueso de skrin nos oculta de ellos.
Adie tomó otro sorbo de té, mientras Zedd se sacaba su colgante de debajo de la túnica y lo observaba.
— ¿Y para cruzar el paso también debe ocultarte de otras bestias? —Adie asintió—. ¿Cómo supiste del paso? Yo alcé el Límite y no conocía su existencia.
— Tras abandonar la casa de mi abuela busqué a mujeres con el don, mujeres que pudieran enseñarme cosas sobre el mundo de los muertos —repuso Adie, haciendo girar la taza entre sus dedos—. Tras la muerte de Mathrin estudié con más ahínco y más apremio. Cada mujer sólo podía enseñarme lo poco que sabía, pero, por lo general, me remitían a otra que sabía más. Así recorrí la Tierra Central, yendo de una a otra, recogiendo conocimientos. Fui acumulando pequeñas piezas de saber y las fui uniendo. De este modo aprendí un poco sobre cómo interactúa el mundo.
»Pensé que poner una barrera entre diferentes partes de este mundo era como tapar una tetera y luego ponerla al fuego. Si no tenía una válvula, explotaría. Sabía que la magia era sabia y hallaría el modo de traer el inframundo hacia éste, un modo de equilibrar ambos lados de la frontera, de crear una especie de válvula: un paso.
Zedd enarcó una ceja y luego se frotó el mentón, sumido en sus reflexiones.
— Claro —dijo al fin—. Tiene sentido. Equilibrio. Toda fuerza, toda magia necesita equilibrio. Creé el Límite usando una magia que no comprendía del todo. La encontré en un antiguo libro escrito por los magos de antaño, que poseían más poder del que yo puedo imaginar. Si seguí sus instrucciones para alzar el Límite fue porque estaba desesperado.
— Me cuesta imaginarte desesperado.
— A veces la vida no es más que un acto desesperado tras otro.
— Tal vez tienes razón. Yo estaba desesperada por esconderme del Custodio. Recordaba vívidamente las palabras de Mathrin: que se había ocultado en mis propias narices. Pensé que el lugar más seguro para ocultarme del Custodio sería donde jamás se le ocurriría mirar: en sus propias narices, en el límite de su mundo. Así fue como vine al paso.
»El paso no pertenece a nuestro mundo, pero tampoco es el inframundo. Es una mezcla de ambos. Un lugar donde ambos mundos bullen y se tocan. Gracias a los huesos pude ocultarme del Custodio. Ni él ni las bestias del inframundo podían verme.
— ¿Ocultarte? —Realmente había en Adie más hierro que en la tetera que colgaba encima del fuego. O no la conocía en absoluto o se callaba algo. El mago la miró con severidad—. ¿Viniste aquí sólo para ocultarte?
Adie eludió esa mirada mientras manoseaba el huesecillo redondo del colgante y, al fin, se lo volvió a guardar bajo la túnica.
— No, no sólo por eso. Hice un juramento. Me juré a mí misma que hallaría el modo de ponerme en contacto con Pell para decirle que no lo había traicionado. —Tras tomar un largo sorbo de té, agregó—: He pasado la mayor parte de mi vida aquí, en el paso, buscando una manera de acceder al mundo de los muertos y decírselo, de ser parte de ese mundo.