La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
»Según tú, el conocimiento no es lo que importa, sino la juventud —sentenció, alzando ambas manos.
— Ahora sí que te estás comportando como un viejo estúpido. Ya sabes a qué me refiero.
Zedd regresó a la mesa y encogió sus entecos hombros.
— Si te quedas aquí sentada en esta casa en vez de ayudar con lo que sabes, será como si fueras lo que más temes: un agente del Custodio.
»Si no luchas contra él, lo estarás ayudando. —Zedd se apoyó con los nudillos en la mesa y la miró intensamente—. Ése ha sido su plan desde el principio. No convertirte a su causa, sino que tuvieras miedo de luchar contra él.
— ¿Qué quieres decir? —inquirió, sintiéndose cada vez más incómoda.
— Ya ha hecho todo lo que necesitaba, Adie. Ha logrado que te temas a ti misma. El Custodio posee una paciencia eterna. No necesita que trabajes para él. Convertir a un poseedor del don cuesta mucho esfuerzo. No valía la pena. No era preciso gastar energías innecesariamente.
»En algunos aspectos, podríamos decir que el Custodio es tan ciego para este mundo como nosotros lo somos para el suyo. Su influencia es limitada y debe elegir con cuidado lo que hace. No gasta frívolamente el poder que tiene sobre el mundo de los vivos.
— Tal vez no seas el viejo estúpido que creía —admitió Adie.
Adie sonrió mientras apartaba la silla y tomaba asiento.
— Ésa ha sido siempre mi opinión.
Con las manos en el regazo, Adie estudió el tablero de la mesa como si esperara que saltara en su ayuda. El único sonido en la casa era el lento crepitar del fuego en la chimenea.
— Durante todos estos años, he sido incapaz de ver la verdad que tenía bajo mis narices. ¿Cómo puedes ser tan sabio? —le preguntó con un frunce de asombro.
— Bueno, es una de las ventajas de haber vivido tanto tiempo. Tú te ves a ti misma como una vieja, pero yo veo una mujer atractiva y entrañable que ha aprendido mucho, tanto de otros como de las cosas que ha visto.
»Tu hermosura no es una máscara que esconde un corazón podrido, sino que florece de tu belleza interior —le dijo Zedd, que le quitó la rosa amarilla del pelo y se la ofreció.
Adie la aceptó y la dejó sobre la mesa.
— Tu labia no puede esconder el hecho de que he malgastado mi vida…
— No —la atajó Zedd, negando con la cabeza—. No has malgastado nada. Lo que ocurre es que aún no has visto la otra cara de la moneda. En la magia, como en todas las demás cosas, existe un equilibrio, si lo buscamos. El Custodio te envió un poseído para evitar que interfirieras en sus objetivos y para plantar en ti una duda que tal vez un día te llevaría hacia él.
»Pero, sin quererlo, su plan creó un cierto equilibrio. Viniste aquí para aprender del mundo de los muertos y poder ponerte en contacto con tu Pell. ¿Es que no lo ves? El Custodio te manipuló para que no interfirieras en sus planes, pero el equilibrio consiste en que has acumulado un conocimiento que puede ayudarnos a detenerlo. No te rindas a lo que te ha hecho. Contraataca con todo lo que, sin proponérselo, te ha dado.
Los ojos de Adie brillaron mientras paseaba la vista por toda la casa, fijándose en la pila de huesos, en las paredes cubiertas de talismanes de los muertos que había recogido con los años así como en los estantes llenos de ellos.
— Pero ¿y mi juramento? ¿Y Pell? Tengo que ponerme en contacto con él. Murió creyendo que lo había traicionado. Si no puedo redimirme ante sus ojos, estoy perdida, mi corazón está perdido. Y, en ese caso, el Custodio me encontrará.
— Pell está muerto, Adie. Muerto. El Límite y el paso ya no existen. Sabes mucho mejor que yo que, si el camino que has seguido durante todos estos años fuese el correcto, hace tiempo que habrías podido llegar hasta Pell. Si realmente quieres cumplir tu juramento, quedarte aquí no va a servirte de nada. Pero en Aydindril tal vez lo consigas.
»Ayudar a frustrar los planes del Custodio no significa que debas romper tu juramento. Si mi saber puede ayudarte en tu búsqueda, tuyo es. Del mismo modo que tú sabes cosas que yo ignoro, yo sé otras que tú desconoces. Después de todo, soy el Primer Mago. Tal vez pueda ayudarte. No creo que Pell quiera que le transmitas el mensaje de que no lo traicionaste si para ello debes traicionar al resto del mundo.
Adie cogió la flor amarilla y la hizo girar un momento entre el índice y el pulgar, antes de volverla a dejar. Entonces se agarró al borde de la mesa y se levantó. De nuevo paseó sus blancos ojos por toda la habitación.
Se compuso la túnica en las caderas, como si quisiera ponerse presentable, y rodeó la mesa cojeando hasta ponerse detrás de Zedd. El mago sintió sus manos en los hombros. De pronto, se inclinó hacia él, le plantó un beso en la coronilla y le alisó cariñosamente su rebelde melena. Zedd sintió un gran alivio de que los dedos de la mujer no le apretaran la garganta. Después de todo lo que le había dicho, no le hubiera extrañado.
— Gracias por escucharme y por ayudarme a dar un sentido a mi historia, amigo mío —dijo Adie—. Mi Pell y tú hubierais hecho buenas migas; ambos sois hombres de honor. Acepto tu palabra de que me ayudarás a ponerme en contacto con Pell.
Zedd se dio media vuelta en la silla y alzó el rostro. Adie le sonreía afablemente.
— Haré todo lo que esté en mis manos para que cumplas tu juramento. Te lo juro.
La sonrisa de la mujer se hizo más amplia, mientras le alisaba un mechón rebelde de su blanca melena.
— Ahora háblame de la piedra de Lágrimas. Hemos de decidir qué hacemos al respecto.
23
— ¿La piedra de Lágrimas? Está bien escondida.
— Bien. —Adie asintió una sola vez, con firmeza—. No es algo que deba correr con total libertad por el mundo. ¿Te has asegurado de que esté escondida en sitio seguro? —preguntó con inquietud.
Zedd se estremeció. No quería decírselo, pues sabía cuál sería su reacción, pero se lo había prometido.
— La puse en un colgante y ese colgante se lo entregué a una niña. No sé… dónde está ahora… exactamente.
— ¡La tocaste! —Adie no salía de su asombro—. ¿Tocaste la piedra de Lágrimas? ¡Y encima se la colgaste al cuello a una niña!
De pronto, la hechicera agarró con fuerza inesperada el mentón de Zedd y se acercó a su rostro.
— ¿Has colgado la piedra de Lágrimas, la misma piedra que se dice que el Creador colgó del cuello del Custodio para que no pudiera escapar del inframundo… esa piedra la has colgado del cuello de una niña pequeña? ¿Y después la dejaste ir?
— Bueno —se defendió Zedd, picado en su amor propio—, tenía que hacer algo con ella. No podía dejarla tirada por ahí.
Adie se golpeó la frente con la palma de una mano.
— Justo cuando me habías convencido de que eres un hombre sabio, me demuestras lo insensato que puedes llegar a ser. Queridos espíritus, salvadme de las manos en las que me he entregado.
— ¿Qué querías que hiciera con ella? ¡Vamos, dime! —exclamó Zedd, poniéndose de pie.
— Bueno, desde luego no hubiera tomado una decisión tan a la ligera como tú. ¡Y jamás la habría tocado! ¡Pertenece a otro mundo! —Adie le volvió la espalda, mientras meneaba la cabeza y murmuraba algo en una lengua extraña.
— Resulta que no podía permitirme el lujo de reflexionar —dijo Zedd, alisándose la túnica—. Nos estaba atacando un aullador. Si la hubiera dejado allí…
— ¡Un aullador! ¿Es que no me traes ninguna buena noticia, viejo mago? Pero eso no es excusa —le dijo, golpeándole el pecho con un dedo—. No deberías…
— ¿Qué? ¿Haberla recogido? ¿Debería haberla dejado al alcance del aullador?
— Los aulladores son asesinos. No se encuentran aquí para coger la piedra.
— ¿Cómo lo sabes? —Ahora fue el turno de Zedd de golpearla con el dedo—. ¿Estás completamente segura? ¿Hasta el punto de arriesgarlo todo, sabiendo que, si te equivocas, el Custodio se haría con la piedra? ¿Estás completamente segura, Adie?