La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Después de explicarle lo ocurrido, al menos tanto como quería explicarle, Zedd guardó silencio y se dedicó a apilar los huesos en el rincón que Adie le indicó. Por el modo en que estaban esparcidos, la lapa debió de haber buscado refugio entre ellos. Un error fatal.
No era de extrañar que la gente llamara a Adie la mujer de los huesos, pues poco más tenía en la casa. Su vida parecía consagrada a ellos. Una hechicera que poseía tal fijación por los huesos era una idea inquietante. Zedd no vio señales de pociones, ni de polvos ni de los habituales fetiches ni de los objetos típicos que sabía que podía esperar de una mujer con su talento mágico. Zedd sabía qué investigaba Adie, pero no por qué.
Normalmente, las hechiceras estaban sólo interesadas en los seres vivos. Pero Adie estudiaba cosas oscuras y peligrosas. Cosas muertas. Por desgracia, eso era exactamente lo que él también hacía. Zedd suponía que si uno quería saber algo sobre el fuego, por ejemplo, tenía que estudiarlo, aunque se corría el riesgo de quemarse. Al mago le disgustó la analogía desde el mismo instante en que se le ocurrió.
— Si no quieres que te entren lapas, Adie, deberías mantener la puerta cerrada —dijo a la hechicera, después de colocar en la pila el último hueso.
Pero su ceñuda expresión, perfectamente adecuada a la ocasión, de nada sirvió, pues Adie siguió colocando la leña de nuevo en el cubo situado al lado de la chimenea.
— La puerta estaba cerrada, y el cerrojo puesto —replicó secamente con su voz áspera, como si pretendiera marchitar el ceño no visto—. Ya es la tercera vez.
»Antes, las lapas nunca se acercaban a mi casa —prosiguió, mientras recogía un hueso escondido detrás de un trozo de leña, se erguía y se lo entregaba al mago—. Ya me ocupaba yo de que no lo hicieran. —La mujer bajó la voz como si pretendiera amenazar a quien pudiera estar escuchándola. Entonces tendió al mago, agachado en el suelo junto al montón, una gruesa costilla blanca—. Pero ahora, desde poco antes del invierno, se acercan. Los huesos ya no los ahuyentan. No sé por qué.
Adie llevaba mucho tiempo viviendo en el paso y nadie como ella conocía sus peligros, sus peculiaridades y sus rarezas. Nadie sabía mejor que ella cómo estar seguro allí, cómo vivir en el límite entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos, al borde mismo del inframundo. Claro que, ahora, el Límite ya no existía, y debería ser un lugar seguro.
Zedd se preguntó qué otras cosas pasaban, pero ella se las ocultaba: las hechiceras nunca revelaban todo lo que sabían. ¿Por qué seguía viviendo allí, pese a las cosas extrañas y peligrosas que sucedían alrededor? Todas las hechiceras eran tercas como mulas, sí señor.
Adie cruzó la habitación iluminada sólo por el fuego. Cojeaba ligeramente.
— ¿Encendemos una luz?
Detrás de ella, Zedd hizo un gesto con la mano hacia la mesa. La lámpara se encendió sola, sumando un suave resplandor al del fuego que ardía en la gran chimenea construida con lisas piedras de río, y que ayudó a iluminar las oscuras paredes de la habitación. En todas ellas se veían huesos blancos. Un estante situado de lado a lado de una pared se desbordaba con los cráneos de peligrosas bestias. Muchos de los huesos habían sido convertidos en objetos ceremoniales, con otros se habían hecho colgantes decorados con plumas y cuentas, y en otros se habían grabado símbolos antiguos. Otros tenían encantamientos trazados en la pared en torno a ellos. Era la colección más extraña que Zedd había visto jamás.
— ¿Por qué cojeas? —le preguntó el mago, señalándole el pie con un huesudo dedo.
Adie lo miró de soslayo mientras se detenía y cogía un cucharón que colgaba de un gancho a un lado de la chimenea.
— El nuevo pie que me diste era demasiado corto.
Zedd apoyó una mano sobre una huesuda cadera, mientras que con los enjutos dedos de la otra se acariciaba el lampiño mentón, observando el pie de Adie. No había notado que no fuese suficientemente largo cuando lo hizo crecer de nuevo y tuvo que marcharse poco después.
— Tal vez podría alargar un poco el tobillo —pensó en voz alta. Retiró una mano del mentón e hizo un florido gesto en el aire—. Serían iguales.
— No, gracias. —Adie lo miró desafiante por encima del hombro mientras removía el guiso.
— ¿No te gustaría tenerlos los dos iguales? —inquirió Zedd, muy extrañado.
— Te agradezco que me dieras de nuevo mi pie. La vida es mucho más sencilla ahora. No me daba cuenta de lo mucho que odiaba la muleta. Pero el pie está bien como está. —La mujer se llevó a los labios el cucharón llenó de estofado caliente y sopló.
— Aún sería más sencilla la vida si fuesen iguales.
— He dicho que no. —Adie probó el guiso.
— Cáspita, mujer, ¿Por qué no?
Adie golpeó repetidamente el cucharón contra el borde de la olla de hierro, y a continuación volvió a colgarlo de su gancho, tras lo cual cogió una lata abollada que estaba situada en la repisa de la chimenea y la abrió.
— No quiero revivir de nuevo ese dolor —respondió en voz baja y menos áspera de lo habitual—. De haber sabido lo que me esperaba, hubiese preferido vivir el resto de mi vida con un solo pie. —La mujer metió la mano dentro de la lata, cogió un puñado de una mezcla de cinco especias y lo espolvoreó sobre el estofado.
Zedd se tironeaba la oreja. Tal vez Adie tenía razón. Casi la había matado al darle de nuevo el pie. Zedd no había esperado lo que ocurriría; cómo reaccionaría Adie a toda la magia que usó con ella. No obstante, había tenido éxito y logró quitarle el dolor de los recuerdos, pese a no saber aún sobre qué versaban esos recuerdos. Pero debería haber contado con que Adie seguramente tenía recuerdos muy dolorosos.
Debería haberse guiado por la Segunda Norma de un mago, pero lo había cegado el deseo de hacer algo bueno por ella. Así solía suceder con la segunda norma: que uno no era consciente que la estaba violando.
— Adie, tú conoces el precio de la magia casi tan bien como un mago. Además, te compensé, por el dolor me refiero. —Zedd sabía que no sería necesaria tanta magia para alargar un poco el tobillo como había sido necesaria para que el pie volviera a crecer, pero, después de lo que había sufrido, comprendía su renuencia—. Tal vez tienes tú razón. Tal vez ya he hecho bastante.
— ¿Qué te trae por aquí, mago? —le preguntó, posando de nuevo en él sus ojos blancos.
— Quería verte —repuso Zedd, con una sonrisa de pícaro—. Eres una mujer que no es fácil olvidar. Y quería explicarte cómo Richard había vencido a Rahl el Oscuro. Que habíamos vencido. —Dándose cuenta de que no la convencía, preguntó—: ¿Por qué crees que las lapas chupasangre se acercan a tu casa?
— No lo sé —repuso Adie, con un suspiro—. Das tantos rodeos como un borracho que anda en todas direcciones excepto en la que tiene que ir. —Con un rápido gesto de la mano hacia la mesa, indicó que pusiera los cuencos—. Cuando el primer día de invierno llegó y pasó, supe que habíamos ganado. Si Rahl hubiera vencido, no habría tanta paz. Pero debo reconocer que me alegro de volver a ver tus viejos huesos.
»¿Qué te trae por aquí, mago? —repitió, con voz más baja y más áspera aún si cabe.
Zedd se encaminó tranquilamente hacia la mesa, contento de eludir por un momento el escrutinio de esos ojos blancos.
— No has contestado todavía, Adie. ¿Por qué crees que las lapas se acercan a tu casa?
— Creo que vienen por la misma razón que tú: para causar problemas a una pobre vieja. —La voz de Adie sonaba más profunda, áspera y dura, casi enfadada.
— Mis ojos no ven a ninguna vieja; sólo a una mujer muy hermosa.
Adie contempló la amplia sonrisa del mago, sacudiendo impotente la cabeza.
— Me temo que tienes una lengua más peligrosa que una lapa chupasangre.
— ¿Se habían acercado tanto antes? —preguntó Zedd, tendiéndole un cuenco.