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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— Sí —repuso Zedd, mientras se cortaba un pedazo de pan—. Son quienes se entregan al Custodio y le juran fidelidad. Se esconden tanto en la luz como en las sombras, le sirven y trabajan para alcanzar sus fines. Puede ser cualquiera. Algunos le sirven durante años, en secreto, esperando que los llame. Y, cuando eso sucede, cumplen la voluntad del Custodio.

»Son conocidos también por otros nombres, pero todos son agentes del Custodio. Le han prestado juramento. Algunos libros los denominan agentes. Puede ser gente importante, como Rahl el Oscuro, que desempeñan importantes labores. Pero otras veces son personas corrientes, las cuales se ocupan del trabajo sucio. Los poseedores del don, como Rahl el Oscuro, raramente se convierten al Custodio. Y tampoco es sencillo conseguirlo con personas normales, por lo que hay pocos.

— ¿Rahl el Oscuro era un poseído? —inquirió Adie, muy sorprendida.

— Él mismo me lo confesó. Me dijo que era un agente. Las palabras cambian, y yo he oído muchas distintas, pero todos son servidores del Custodio.

— Son unas noticias muy peligrosas.

— Todas las que traigo son por el estilo —replicó el mago, que rebañó con el pan lo que quedaba de estofado—. ¿Qué me decías de tu abuela Lindel?

— Cuando mi abuela era joven, se mataba a las hechiceras por cualquier adversidad del destino: enfermedad, accidentes, niños que nacían muertos, etc. Eran injustamente acusadas de ser poseídas. Algunas poseedoras del don, injustamente perseguidas, lucharon con todas sus fuerzas. Pero eso sólo sirvió para engendrar más odio y para confirmar los temores de muchos habitantes de Nicobarese.

»Al final se firmó una tregua. Los líderes de Nicobarese aceptaron dejar en paz a las hechiceras con la condición de que demostraran que no eran poseídas. Para ello, debían jurar por su alma que jamás usarían su poder sin permiso de las autoridades, por ejemplo, de los representantes del rey en su ciudad. Era un juramento al pueblo de Nicobarese de que no usarían el don y no atraerían así la atención del Custodio.

— ¿Por qué creía esa gente que las hechiceras eran poseídas? —preguntó Zedd, después de tragar un bocado de estofado.

— Porque es más fácil echar la culpa a una mujer por los problemas que admitir la verdad, y es más satisfactorio acusar que maldecir lo desconocido. Los poseedores del don pueden usar su poder para hacer el bien, pero también para hacer el mal. Y, puesto que puede usarse para hacer el mal, muchos creen que, en parte, ese poder procede del Custodio.

— Supersticiones estúpidas —sentenció Zedd.

— Como bien sabes, la superstición no necesita estar anclada en la verdad. Una vez que echa raíces, crece como un árbol fuerte aunque torcido.

Zedd asintió de mala gana.

— Así pues, ¿ninguna hechicera usaba su poder?

— No. A no ser que fuese para el bien común, y siempre que solicitaran antes permiso a los representantes del rey en su ciudad. Todas las hechiceras debían comparecer ante las autoridades y jurar por su alma que se doblegarían a los deseos del pueblo. Era un juramento solemne de que no usarían su poder para nada sin el consentimiento de las autoridades.

Zedd dejó la cuchara en el cuenco, asqueado.

— Pero poseían el don. ¿Cómo podían abstenerse de usarlo?

— Lo usaban, pero sólo en privado. Nunca donde pudieran ser vistas y nunca en otra gente.

Zedd se recostó en la silla y meneó la cabeza en signo de silencioso asombro hacia la Primera Norma de un mago y lo que la gente estaba dispuesta a creer. Adie prosiguió:

— La abuela Lindel era una mujer severa y ya anciana que vivía sola. Siempre se negó a enseñarme cómo usar el don. Su consejo fue que lo olvidara. Y, desde luego, mi madre tampoco podía enseñarme nada. Así pues fui aprendiendo sola a medida que crecía y el don iba creciendo conmigo, aunque era plenamente consciente de estar haciendo algo perverso. Casi cada día me lo repetían. Me decían que usar el don de un modo no permitido equivalía a exponerse a la contaminación del Custodio, y yo lo creía. Tenía miedo de ir en contra de lo que me habían enseñado; era un fruto del árbol de la superstición.

»Un día, cuando tenía ocho o nueve años, estaba con mis padres en la plaza de la ciudad en un día de mercado. Al otro lado de la plaza empezó a arder un edificio. Una niña de mi edad, más o menos, se quedó atrapada por las llamas en el primer piso. La niña gritaba pidiendo socorro. Pero nadie podía llegar hasta ella, pues el edificio estaba en llamas. Yo no podía soportar esos gritos de terror y empecé a llorar. Quería ayudar. —Adie cruzó las manos en el regazo y bajó la vista hacia la mesa—. Apagué el fuego y salvé a la niña.

Zedd se quedó contemplando la plácida expresión de la hechicera, con los ojos clavados en la mesa.

— Supongo que, excepto la niña y sus padres, nadie te dio las gracias.

— Nadie. Todos sabían que poseía el don, por lo que supieron que había sido cosa mía. Mi madre se echó a llorar, y mi padre apartó la mirada de mí. No podía mirarme; a sus ojos, yo era un agente del mal, del Custodio.

»Alguien fue a buscar a la abuela Lindel, que era muy respetada porque jamás había roto su juramento. La abuela vino y me llevó a mí y a la niña ante los representantes del rey. La abuela Lindel le pegó, y la niña gritó un buen rato.

— ¿Golpeó a la niña? Pero ¿por qué? —inquirió Zedd, incrédulo.

— Por permitir que el Custodio la usara para incitarme a usar el don. —Adie suspiró—. Esa niña y yo nos conocíamos y éramos amigas, más o menos. Pero, después de eso, jamás volvió a dirigirme la palabra.

»Luego, la abuela Lindel me desnudó delante de todos esos hombres y me azotó hasta quedar cubierta por verdugones y sangre —siguió contando Adie, abrazándose el abdomen—. Grité más que la niña a la que había salvado del fuego. Después me obligó a desfilar desnuda y ensangrentada por la ciudad hasta su casa. La humillación fue peor que los golpes.

»Al llegar a su casa, le pregunté cómo podía ser tan cruel. Ella me miró con esa arrugada cara suya y, enfadada, me repuso: “¿Cruel? ¿Cruel, niña? No has recibido ni un azote más de los que merecías. Y ni uno menos que los necesarios para impedir que esos hombres te condenaran a muerte”.

»Entonces me hizo jurar: “Juro por mi esperanza de salvación que nunca usaré el don en otro, por ninguna razón, sin el permiso del rey o uno de sus representantes y juro que jamás usaré el don para hacer daño a nadie. Que el Custodio se lleve mi alma si miento”. Luego me afeitó la cabeza, y me mantuvo calva hasta que me hice mujer.

— ¿Calva? ¿Por qué?

— Porque en la Tierra Central, como sabes, la longitud del cabello de una mujer es el símbolo de su posición social. Era un modo de mostrarme a mí, y a todos los demás, que no había nadie más indigno que yo. Había usado el don en público y sin permiso. Mi cabeza calva era un recuerdo constante de la ofensa que había cometido.

»Desde entonces viví con la abuela Lindel y sólo veía a mis padres muy de tarde en tarde. Al principio los eché mucho de menos. La abuela me enseñó a usar el don para que lo conociera bien y supiera qué no debía hacer.

»La verdad es que no me gustaba demasiado la abuela, pues era una mujer muy fría. Pero la respetaba. Era justa, a su manera. Si me castigaba, y lo hacía, era por incumplir sus normas. Me azotaba, pero nunca antes de cometer una infracción y de avisarme de lo que me ocurriría. Me enseñó y fue mi guía con el don, pero nunca tuvo un gesto amable. Era una vida dura, pero aprendí disciplina.

»Y, sobre todo, aprendí a usar el don. Siempre le estaré agradecida por ello, pues el don es mi vida. El don me ha permitido tocar algo más alto y más noble de lo que soy yo.

— Lo siento, Adie. —Aunque ya estaba saciado, Zedd empezó a comer otra vez estofado, ya frío, porque no sabía qué hacer.

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