La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
»De pie en el porche observaba con los ojos del don cómo rompían filas ante mí con precisión perfecta, como si actuaran delante del mismo rey. A una leve señal del comandante, todos los caballos se detuvieron formando una línea perfecta. Estaban desplegados ante mí, prestos, ansiosos por ejecutar su truculento trabajo. Mathrin esperaba detrás de ellos, mirando. El comandante me gritó: “Estás arrestada bajo la acusación de ser una poseída, y serás ejecutada por ello”.
»Entonces pensé en Pell, en mi Pell. —Adie alzó la cabeza, ahuyentando los espectros de la memoria, y sus ojos se posaron en los de Zedd. Su expresión se endureció para añadir:
»Ninguna espada abandonó su funda, ninguna lanza fue alzada, ningún pie tocó el suelo antes de morir. Los abatí a todos, de izquierda a derecha, uno a uno, hombres y caballos, rápida como un pensamiento. Bum, bum, bum. Los maté a todos excepto al comandante. Inmóvil sobre su caballo blanco y con expresión impenetrable, fue viendo cómo todos sus hombres caían al suelo a ambos lados.
»Al acabar, cuando el último escudo dejó de repiquetear, lo miré a los ojos y le dije: “Las armaduras de nada sirven contra una verdadera poseída. Ni contra una hechicera. Sólo sirven contra gente inocente”. Luego le di un mensaje para que se lo transmitiera al rey de parte de una hechicera llamada Adie. En tono firme y sereno, me preguntó qué mensaje era ése. “Dile que si envía a alguien más de la Sangre de la Virtud para prenderme, será la última orden que dé en su vida”, le dije. El comandante me miró un momento sin asomo de emoción en sus fríos ojos, tras lo cual dio media vuelta al caballo y se marchó sin mirar atrás.
»Mi abuela me dio la espalda —dijo, bajando la mirada hacia la mesa—. Me dijo que abandonara su hogar y que nunca más regresara.
Zedd no pudo evitar estremecerse al pensar que Adie era una hechicera con el poder suficiente para matar a tantos hombres de ese modo. Era insólito que una hechicera poseyera un don tan poderoso.
— ¿Y Mathrin? ¿Lo mataste?
— No —respondió con una leve sonrisa desprovista de humos—. Me lo llevé conmigo.
— ¿Que te lo llevaste?
— Lo uní a mí. Uní su vida a la mía de modo que siempre supiera dónde me hallaba y cada luna nueva se viera impelido en contra de su voluntad a presentarse ante mí. Así pues, debía seguirme para poder llegar hasta mí cada luna nueva.
Zedd estudió con el entrecejo fruncido los posos del té.
— En una ocasión conocí a un mendigo en Winstead, la capital de Kelton y residencia real. Se llamaba Mathrin. Recuerdo que le faltaban los dedos de una mano y estaba ciego. Sus ojos habían sido… —Zedd fijó de pronto la mirada en los ojos de Adie. La mujer lo observaba—. Le habían arrancado los ojos.
— Así es. —De nuevo, la faz de la mujer era una máscara de hierro—. En cada luna nueva se presentaba ante mí, y yo le cortaba algo. Quería que sus gritos llenaran el vacío que sentía dentro.
— Así pues, ¿te estableciste en Kelton? —Zedd agarró con fuerza el tablero de la mesa. Hierro, sin duda.
— No. No me establecí en lugar alguno. Iba de un lado para otro en busca de mujeres con el don, hechiceras que me ayudaran en mis estudios. No encontré a ninguna que poseyera un conocimiento profundo de lo que a mí me interesaba, pero cada una sabía algo que las demás ignoraban.
»Mathrin me seguía, y cada nueva luna venía a mí, y yo lo mutilaba. Deseaba que viviera para siempre para que su sufrimiento no tuviera fin. Él era quien me había golpeado con los puños en el vientre y me había hecho perder el hijo de Pell. Él era quien había matado a Pell. Él era quien me había dejado ciega.
Sus ojos blancos brillaban a la luz de la lámpara. De nuevo, su mirada se perdió en la nada.
— Él era quien hizo creer a Pell que lo había traicionado. Quería que Mathrin Galliene sufriera para siempre.
— ¿Cuánto… —Zedd hizo un vago gesto con la mano—… duró?
— No lo suficiente y demasiado —suspiró Adie. Zedd frunció el entrecejo—. Un día se me ocurrió algo: nunca había usado el don para impedir a Mathrin que se suicidara. ¿Por qué seguía viniendo a mí? ¿Por qué permitía que lo hiciera sufrir de un modo tan atroz? ¿Por qué no ponía fin a todo eso? Así pues, la próxima vez que vino y le corté algo más, también corté el vínculo que nos unía. Ya nada lo obligaba a presentarse ante mí. Pero lo hice de modo que no se diera cuenta, para que simplemente me olvidara, si quería.
— ¿Y no lo volviste a ver nunca más?
— Ojalá. Creí que nunca más volvería a verlo, pero a la siguiente luna nueva regresó. Regresó, aunque no tenía por qué hacerlo. Me quedé helada mientras me preguntaba por qué. Decidí que había llegado el momento de que pagara con su vida lo que me había hecho a mí, a Pell y a tantos otros. Pero, antes de morir, tendría que darme algunas respuestas.
»En el curso de mis viajes había aprendido muchas cosas. Cosas que pensaba que nunca llegaría a utilizar. Pero esa noche las utilicé. Las usé para averiguar cuál era la tortura que Mathrin más temía. Era un truco que permitía averiguar los temores, pero no otros secretos. Contra su voluntad, las palabras escaparon de su boca, revelándome sus más arraigados miedos.
»Esa noche y todo el día siguiente, lo dejé con el alma en vilo, mientras iba a buscar las cosas que necesitaba, aquello que más temía. Cuando al fin regresé con ello, casi se volvió loco de terror. Sus temores estaban bien fundados. Le exigí que confesara su secreto, pero se negó.
»Vacié el saco y coloqué las jaulas y las otras cosas frente a él, desnudo y desvalido como estaba en el suelo. Las levanté una a una, las sostuve delante de su rostro ciego y se las fui describiendo; le fui diciendo qué contenía cada pequeña jaula, cesta o tarro… Una vez más, le pedí que confesara. Mathrin sudaba, jadeaba y temblaba, pero dijo que no. Creía que me echaba un farol, que me faltaban arrestos. Se equivocó.
»Me armé de valor y le hice vivir sus peores pesadillas.
Zedd frunció la frente. Finalmente, la curiosidad pudo al temor.
— ¿Qué le hiciste?
— Eso es algo que no pienso decirte. De todos modos, no es importante —replicó Adie, que alzó la cabeza para mirarlo a los ojos—. Mathrin se negó a confesar y sufrió tanto que estuve a punto de dejarlo varias veces. Pero entonces recordaba la última cosa que mis ojos habían visto antes de que me dejara ciega: cómo Mathrin sostenía ante mí la cabeza de Pell. —La hechicera tragó saliva, y su voz se hizo tan baja que Zedd apenas podía oírla—. Y también recordaba las últimas palabras de Pelclass="underline" «No la acusaré en vano para salvar la vida, ni siquiera aunque me haya traicionado».
Adie cerró por un momento los ojos. Cuando los abrió, prosiguió:
— Mathrin estaba al borde de la muerte, y yo creía que ya no iba a confesar por qué se había mantenido cerca de mí. Pero justo antes de morir se serenó, pese a lo que le había hecho. Y entonces dijo que confesaría, porque iba a morir y porque ése había sido su plan. Yo le pregunté una vez más por qué regresaba siempre a mí.
»Él se inclinó hacia mí y me dijo: “¿No lo sospechas, Adie? ¿No tienes ni idea de lo que soy? Soy un poseído. Durante todo este tiempo, lo he sido en tus propias narices. Todo este tiempo me has mantenido cerca de ti, y así el Custodio sabía siempre dónde estabas. El Custodio codicia a los poseedores del don por encima de cualquier otra cosa”. A mí ya se me había ocurrido alguna vez la posibilidad de que fuese un poseído. Le dije que había fracasado, que su plan no había servido de nada, porque al fin iba a morir por sus crímenes.