La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— No. —La mujer se volvió y empezó a servir el estofado—. Cuando el Límite aún existía, las lapas permanecían en el paso junto con otras bestias. Cuando cayó dejé de verlas durante un tiempo, pero con la llegada del invierno volvieron. No es normal. Creo que algo va mal.
Zedd le cambió el cuenco vacío por el lleno, que se acercó a la nariz para inhalar su aroma.
— Es posible que, cuando el Límite cayó para siempre, ya no hubiera nada que las retuviera y simplemente cruzaron el paso.
— Es posible, sí. Cuando el Límite desapareció, la mayoría de las bestias desaparecieron con él de regreso al inframundo. Otras quedaron libres y escaparon a nuestro mundo. No vi lapa alguna hasta que llegó el invierno, hace casi un mes. Me temo que ha ocurrido algo que las ha traído de vuelta.
Zedd sabía perfectamente qué había ocurrido, pero se lo calló. En vez de eso, preguntó:
— Adie, ¿por qué no te marchas? Ven conmigo a Aydindril. Podríamos…
— ¡No! —Adie enmudeció de pronto, como sorprendida por su propia voz. Entonces se alisó la túnica, esperó hasta que la ira hubiera desaparecido de su rostro, cogió de nuevo el cucharón y siguió sirviendo—. No. Éste es mi hogar.
Zedd la contempló en silencio afanarse sobre la olla. Cuando acabó, llevó su cuenco a la mesa, lo dejó y fue a buscar una hogaza de pan oculta tras una cortina a rayas azules y blancas encima del mostrador de la cocina. Con el pan señaló la otra silla vacía. Zedd dejó su cuenco sobre la mesa y se sentó, remangándose primero la túnica y doblando las piernas bajo él. Adie se sentó en la otra silla, frente a él, y le cortó una gruesa rebanada de pan que empujó en su dirección con la punta del cuchillo. Sólo entonces lo miró a los ojos.
— Por favor, Zedd, no me pidas que abandone mi hogar.
— Sólo estoy preocupado por ti, Adie.
— Mentira —declaró la mujer, mientras sumergía un pedazo de pan en su cuenco.
Zedd la miró bajo sus pobladas cejas y cogió la rebanada de pan que le correspondía.
— No es ninguna mentira.
— «Sólo» es mentira. —Adie comía con la cabeza gacha.
Zedd empezó a comer con ganas el estofado.
— Hmmm. Está francamente delicioso —masculló con un pedazo de carne demasiado caliente en la boca. Adie le agradeció el cumplido con una inclinación de cabeza. Zedd comió hasta acabarse el cuenco, y luego él mismo fue a la chimenea a servirse más.
Al regresar a la mesa, abarcó con un gesto de la mano toda la habitación, señalando con la cuchara.
— Tienes un hogar muy agradable, Adie. Realmente agradable, sí señor. —Se sentó, aceptó la rebanada de pan que Adie le ofrecía y luego apoyó los codos encima de la mesa, con lo que las mangas se le bajaron, y partió el pan en dos—. Pero creo que no deberías vivir aquí tú sola. No con todas esas lapas que rondan la casa. ¿Por qué no vienes conmigo a Aydindril? —sugirió, señalando al norte con el pan—. Es un lugar precioso. Te gustaría. Y hay mucho espacio. Kahlan te permitiría vivir donde tu quisieras. Vaya, podrías incluso vivir en el alcázar.
— No —repuso Adie, con los ojos clavados en la comida.
— ¿Por qué no? Nos lo pasaríamos muy bien. Una hechicera puede pasárselo en grande en el alcázar. Hay libros y…
— He dicho que no.
Zedd la observó comerse el estofado. Entonces se arremangó más, y la imitó. Pero no pudo comer mucho rato. Casi enseguida dejó la cuchara dentro del cuenco y la miró.
— Adie, hay más. No te lo he contado todo.
— Supongo que no esperarás que finja sorpresa. No finjo nada bien —replicó Adie, y siguió comiendo.
— Adie, el velo está rasgado.
La mano de la mujer se quedó inmóvil a medio camino de la boca. Pero no lo miró.
— Bah. ¿Qué sabrás tú del velo? No tienes ni idea de lo que hablas. —La cuchara completó el trayecto.
— Sé que está rasgado.
Adie pescó del cuenco el último trozo de patata.
— Hablas de cosas imposibles, mago. El velo no puede estar rasgado. Cálmate, mago —le dijo, levantándose y cogiendo su cuenco vacío—. Si el velo estuviera rasgado, habría muchas más lapas chupasangre de las que preocuparnos.
Zedd se volvió, colocó una mano en el respaldo de la silla y observó cómo Adie cojeaba hacia la olla que colgaba encima del fuego en la chimenea.
— La piedra de Lágrimas está en este mundo —anunció en voz baja.
Adie se detuvo. El cuenco cayó al suelo, su repiqueteo resonó en el completo silencio, y luego rodó lejos. La hechicera sostenía las manos ante ella como si aún lo aguantara. Tenía la espalda rígida.
— No digas tal cosa en voz alta a no ser que estés completamente seguro —susurró—. A no ser que estés dispuesto a jurarlo por tu honor de Primer Mago. A no ser que estés dispuesto a ofrecer tu alma al Custodio en caso de que mientas.
— Que el Custodio se lleve mi alma ahora mismo, si miento. La piedra de Lágrimas está en este mundo; la he visto —afirmó Zedd, clavando en ella sus intensos ojos color avellana.
— Que los espíritus nos protejan —susurró débilmente Adie, que seguía inmóvil—. Cuéntame qué estupidez has hecho, mago.
— Adie, ven y siéntate. Primero quiero que me digas qué estás haciendo aquí, viviendo en el paso, o lo que antes era el paso. ¿Qué has estado haciendo tanto tiempo viviendo en la frontera del inframundo y por qué te niegas a marcharte?
— Eso no es cosa tuya —replicó la hechicera, dando bruscamente media vuelta para mirarlo. Con una mano se agarraba la falda de la túnica.
Zedd se puso de pie apoyándose con una mano en el respaldo de la silla.
— Adie, debo saberlo. Es muy importante. Debo saber qué has estado haciendo por si puedo serte de alguna ayuda. Sé perfectamente el dolor con el que vives. Lo he visto, ¿recuerdas? No sé qué lo causó, pero sí sé que es muy profundo. Te pido que compartas esa historia conmigo. Te pido, como amigo, que confíes en mí. Por favor, no me obligues a ordenártelo como Primer Mago.
Adie alzó los ojos hacia los suyos al oír esta última frase. El destello de ira se apagó y, finalmente, asintió.
— Muy bien. Tal vez me lo he guardado sólo para mí durante demasiado tiempo. Tal vez será un alivio poder compartirlo con alguien… con un amigo. Tal vez, después de lo que oirás, ya no querrás que te ayude. Pero, si aún lo quieres, espero que me cuentes todo lo ocurrido. Todo —insistió, amenazándolo con un dedo.
— Lo prometo —dijo Zedd, con una leve sonrisa de aliento.
Adie cojeó hasta su silla. Justo cuando se sentaba, el cráneo más grande de los colocados en el estante de pronto se cayó al suelo. Ambos se quedaron mirándolo. Zedd lo recogió con ambas manos. Con sus delgados dedos acarició unos colmillos afilados y curvos, tan largos como su mano. Por la base era plano, o sea que no podía haber rodado del estante. Mientras Adie miraba, Zedd volvió a colocarlo en su sitio.
— Últimamente parece que los huesos sólo quieren estar en el suelo —comentó Adie, con su áspera voz.
Zedd regresó a su silla después de examinar ceñudo el cráneo.
— Dime por qué tienes tantos huesos y qué haces con ellos; todo. Empieza por el principio.
— Todo. —Adie cruzó los brazos sobre el regazo y, por un momento, pareció a punto de salir corriendo por la puerta—. Es una historia muy triste.
— Jamás repetiré ni una sola palabra que me digas, Adie.
22
La mujer inspiró hondo y empezó a contar.
— Nací en Choora, una ciudad situada en Nicobarese. Mi madre no poseía el don de la hechicería, pero mi abuela sí. Mi madre daba gracias a los espíritus de que el don hubiera saltado una generación, pero al mismo tiempo sentía amargura hacia ellos por habérmelo dado a mí.
»En Nicobarese todos los poseedores del don eran objeto de odio y desconfianza. Se creía que el don era aliado no sólo de los flujos de poder del Creador, sino también del Custodio. Incluso quienes usaban su poder para hacer el bien eran sospechosos de ser poseídos. Sabes qué son, ¿verdad?