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Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:

En un futuro no muy lejano, las armas y los chalecos antibalas son algo habitual. Tal vez la excepción sea una comunidad de EE. UU que dice garantizar la protección de sus habitantes gracias al control que ejercen los agentes del Servicio de Seguridad del Estado, el futuro estado 51.
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
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Las suelas de sus zapatos repiqueteaban sobre el suelo pulido mientras se dirigía hacia el despacho del director de seguridad. «¿Qué ofrecen ellos? -se preguntó-. La respuesta: seguridad. Obediencia a las reglas del estado cincuenta y uno. La ilusión de la normalidad, lo mismo para lo que se nos utilizó a nosotros en el pasado.» ¿Qué más? Tenía la certeza de que su padre estaba decidido a impedir que lo traicionasen de nuevo, como lo había traicionado su madre. Por tanto, Jeffrey tendía a pensar que la persona reclutada por su padre, fuera quien fuese, interpretaba un papel activo en la planificación y ejecución de sus perversiones.

«Una mujer con problemas graves -pensó-, pero eficiente.

»Una sádica, como él. Una asesina, como él.

»Pero no una persona independiente, ni creativa. No una persona capaz de poner en tela de juicio los deseos de mi padre ni por un momento.

»Una mujer leal y abnegada.

«Encontró a una persona así y la trajo consigo para iniciar una nueva vida juntos», decidió. Como un par de peregrinos diabólicos que hubiesen desembarcado en Massachusetts cuatrocientos años atrás.

Pero ¿dónde la había encontrado?

Esta última pregunta intrigó a Jeffrey. Sabía que su padre, como muchos otros asesinos en serie, tendría un sexto sentido a la hora de elegir a sus víctimas en medio de una multitud, y que se sentiría atraído con una precisión perversa hacia las débiles, indecisas y vulnerables. Pero elegir a una compañera… eso era harina de otro costal. Y algo que valía la pena examinar.

Jeffrey interrumpió sus pensamientos. «¿Y qué es lo que han creado?», se preguntó.

Abrió la puerta que daba al enorme laberinto de cubículos del Servicio de Seguridad y contempló el hervidero de actividad incesante. Entonces sonrió, porque se le había ocurrido una idea.

Cruzó la sala a paso veloz, saludando animadamente a alguna que otra secretaria o técnico informático que alzaba la vista y lo reconocía.

Se detuvo frente al despacho del director, y la secretaria-recepcionista le hizo señas de que entrase.

– Lleva una hora esperándole -le informó-. Pase directamente.

Jeffrey asintió, dio un solo paso al frente y, como si le hubiera venido algo a la cabeza, se volvió hacia la secretaria.

– Oiga -dijo con toda naturalidad-, quería pedirle un pequeño favor. Necesito un documento para esta reunión con el director, pero no he tenido tiempo de conseguirlo. ¿Podría imprimirme uno desde su ordenador?

La secretaria sonrió.

– Por supuesto, profesor Clayton. ¿De qué se trata?

– Quiero una lista de todos los empleados del Servicio de Seguridad, con la dirección del domicilio de cada uno.

La secretaria pareció arredrarse.

– Señor Clayton, son casi diez mil personas en todo el estado. ¿Quiere los datos de los que trabajan en todas las subcomisarías y oficinas del Servicio de Seguridad? ¿Y los empleados de seguridad que trabajan para Inmigración? ¿También quiere una lista de ellos? Porque eso sería más…

– Oh -la cortó Jeffrey, sin dejar de sonreír-. Lo siento. Sólo de las mujeres, por favor. Y únicamente aquellas con acceso a las claves de los ordenadores. Eso seguramente reducirá la lista.

– Más del cuarenta por ciento de los empleados del Servicio de Seguridad son mujeres -señaló la secretaria-, y casi todas conocen algunas de las contraseñas y códigos de los ordenadores.

– Aun así, necesito la lista.

– Eso tardará un tiempo, incluso en la impresora de alta velocidad…

Jeffrey se quedó pensando.

– ¿Cuántos niveles diferentes de claves de seguridad existen? Es decir, conforme aumenta el grado de confidencialidad de la información del Servicio de Seguridad, ¿cuántos controles hay?

– Doce, desde los códigos de entrada, que sólo permiten consultar información rutinaria de la red de seguridad, hasta los más altos, que dan acceso a los ordenadores de todo el mundo, el de mi jefe incluido. Pero en los dos niveles superiores se requieren claves y códigos individuales, para proteger los documentos reservados.

– Muy bien, pues. Imprima sólo los nombres de las mujeres con autorización para los tres niveles más altos. No, que sean cuatro. En principio, alguien de esa categoría debe tener conocimientos avanzados de informática, ¿no?

– Sí, sin duda alguna.

– Bien. Ésos son los nombres que me interesan.

– A pesar de todo, me llevará un rato. Y una petición de ese tipo… bueno, seguramente no pasará inadvertida. Es probable que las personas cuyo nombre figura en esa lista se enteren de que un ordenador de esta oficina ha solicitado su nombre y dirección. ¿Es algo secreto? ¿Tiene algo que ver con el motivo por el que está usted aquí?

– La respuesta es tal vez. Procure que la recopilación de los datos parezca lo más rutinaria posible, ¿de acuerdo?

La secretaria asintió, con los ojos muy abiertos, al percatarse de las implicaciones de lo que Jeffrey le estaba pidiendo.

– ¿Cree que alguien de dentro del Servicio de Seguridad…? -empezó, pero él la cortó.

– Yo no sé nada. Sólo tengo mis sospechas. Y ésta es una de ellas.

– Tendré que decírselo a mi jefe.

– Espere al fin de nuestra reunión. No conviene darle más esperanzas de la cuenta.

– ¿Y si solicito los nombres tanto de hombres como de mujeres? -preguntó ella-. Tal vez eso llamaría menos la atención, ¿no? Puedo añadir a la petición una nota diciendo que el Servicio de Seguridad, concretamente la oficina del director, está contemplando la posibilidad de mejorar uno de los niveles de acceso. Es algo que hacemos de vez en cuando…

– Eso estaría bien. Una gestión que parezca lo más normal y corriente posible. De lo contrario… bueno, más vale ni pensar en lo que pasaría. Se lo agradecería mucho. Y también que el asunto no salga de este despacho.

La secretaria lo miró como si estuviera loco por insinuar que ella podía revelar información sobre su trabajo o el de su jefe a nadie, incluido su marido, amante o mascota. Sacudió la cabeza e hizo un gesto hacia la puerta del director.

– Hace rato que le espera -dijo con brusquedad.

Dentro del despacho, Manson volvía a estar sentado en su silla giratoria, de cara a su ventanal panorámico.

– ¿Sabe? Es curioso, profesor Clayton -dijo el director sin volverse-, pero a los poetas les encantan el alba y el ocaso. A los pintores les gusta el atardecer. A los amantes les gusta la noche. Son las horas románticas del día. En cambio, a mí me gusta el mediodía. El resplandor del sol. El momento en que el mundo está en plena actividad, y uno ve cómo se construye, ladrillo a ladrillo… -apartó la vista de la ventana- o idea a idea.

Extendió el brazo por encima de su escritorio, cogió un vaso de una bandeja, y lo llenó de agua con una jarra de metal reluciente. No le ofreció a Jeffrey.

– ¿Y a usted, profesor? ¿Qué parte del día le gusta más?

Jeffrey reflexionó por un momento.

– Las altas horas de la noche. Poco antes del alba.

El director sonrió.

– Curiosa elección. ¿Por qué?

– Es cuando todo está más tranquilo. Una hora secreta. La que se adelanta a todas las cosas que empiezan a cobrar forma con la claridad de la mañana.

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