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Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:

En un futuro no muy lejano, las armas y los chalecos antibalas son algo habitual. Tal vez la excepción sea una comunidad de EE. UU que dice garantizar la protección de sus habitantes gracias al control que ejercen los agentes del Servicio de Seguridad del Estado, el futuro estado 51.
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
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Los hermanos estaban sentados ante los terminales de ordenador en el despacho principal, identificando los factores que debían investigar.

– En los planos -dijo Jeffrey- aparecería marcada como sala de música.

– ¿Y por qué no como un estudio, o una sala audiovisual?

– No. Sala de música. Porque habrá querido revestirla de material para insonorizar.

– También lo necesitaría para una audiovisual.

– De acuerdo. Tienes razón. Busquemos eso también.

– Pero la ubicación dentro de la casa es esencial -añadió Susan-. Si alguien toca el piano, por ejemplo, o incluso el violonchelo, querría que ocupase una posición central. En la planta principal, tal vez junto al cuarto de estar o el salón. Algo así. Porque, ¿sabes?, no querría ocultar lo que hace, simplemente contar con un espacio privado. Nosotros buscamos un tipo de separación distinto.

Jeffrey asintió.

– Aislamiento. Una habitación apartada de las zonas de la casa donde se hace más vida. No enterrada, pues debe ser de fácil acceso, pero casi. Y tal vez con algún tipo de salida secreta también.

– ¿Crees que quizá construyó un pabellón de invitados y lo destinó para su música? -preguntó ella.

– No, no necesariamente. Un pabellón de invitados me parece un sitio más vulnerable. Recuerda lo que tu amigo el señor Hart dijo sobre el control del entorno. Y en Hopewell, utilizó el sótano, que estaba apartado pero no separado. Hay otro elemento que influye en esto…

– ¿Cuál?

– La psicología del asesinato. Las muertes que él ha llevado a cabo forman parte de él, de su ser más íntimo. Están próximas a su esencia. El quiere tenerlas cerca en todo momento.

– Pero diseminó los cadáveres por todo el estado…

– Los cadáveres no son más que desechos. Productos residuales. No tienen nada que ver con lo que él es ni con lo que hace. Lo que ocurre en esa habitación…

– Es lo que lo convierte en lo que es -dijo Susan, completando la frase-. Eso lo entiendo. Es más o menos lo que tu amigo Hart dijo. -Suspiró, mirando a su hermano-. Debe de ser doloroso para ti -agregó en voz baja.

– ¿El qué?

– Que te resulte tan fácil pensar en estas cosas.

Como él no contestó de inmediato, ella supuso que le había planteado una pregunta difícil. Finalmente, Jeffrey hizo un gesto de asentimiento.

– Estoy asustado, Susie. Tengo un miedo terrible.

– ¿De él?

Jeffrey sacudió la cabeza.

– No. De ser como él.

Ella se disponía a negarlo rápidamente, pero se obligó a callar, y al hacerlo se le escapó un leve jadeo.

Jeffrey abrió un cajón y sacó despacio una pistola semiautomática de gran tamaño. Pulsó el botón para soltar el cargador, que cayó al suelo, y tiró hacia atrás del cerrojo para hacer saltar de la recámara la bala, que también rebotó con un ruido metálico sobre la mesa antes de caer silenciosamente en la alfombra.

– Tengo varias armas -dijo.

– Todo el mundo las tiene -arguyó su hermana.

– No. Yo soy distinto. Yo no me permito disparar -dijo-. Nunca he apretado un gatillo.

– Pero has participado en tantas detenciones…

– Nunca he disparado. Sí, he apuntado, claro. Y he lanzado amenazas. Pero ¿apretar el gatillo? Nunca. Ni siquiera en prácticas.

– ¿Por qué no?

– Tengo miedo de que me guste. -Se quedó callado durante un rato. Depositó el arma en el borde de la mesa, frente a sí-. Nunca jugueteo con cuchillos -prosiguió-. Son una tentación demasiado obvia. ¿A ti nunca te ha molestado esa sensación?

– Nunca.

– ¿Y no te asaltaría ni una duda? ¿No vacilarías?

– No… -respondió ella, con menos convicción-. Claro que nunca lo había visto desde esa perspectiva.

Jeffrey asintió.

– Da que pensar, ¿no?

– Un poco.

– Susie, si llega el momento, no dudes. Dispara. No me esperes. No confíes en que reaccione, en que actúe con decisión. Tú siempre has sido la impetuosa de los dos…

– Sí, ya -repuso ella con cinismo-. La que se quedó en casa con mamá mientras tú te fuiste a hacer algo con tu vida…

– Pero lo has sido. Siempre. La que corría riesgos. Yo era Don Empollón. Don No Tengo Vida Excepto el Trabajo y los Libros. No cuentes conmigo cuando ya no quede otra salida que pasar a la acción. ¿Entiendes lo que te digo?

Susan movió afirmativamente la cabeza.

– Por supuesto.

Pero interiormente tenía sus dudas.

Los dos guardaron silencio hasta que Jeffrey volvió su silla de cara a la pantalla de ordenador.

– Muy bien -dijo, con una brusquedad que denotaba determinación-. Veamos si todas estas normas y reglas que rigen en este flamante mundo del mañana nos sirven para dar con él.

Pulsó algunas teclas, y al cabo de un momento aparecieron en pantalla las palabras: PROYECTOS ARQUITECTÓNICOS APROBADOS / ESTADO 51.

Revisar los planos de viviendas era una tarea monótona. Habían limitado la búsqueda a casas construidas en zonas azules, porque dudaban que las de barrios más modestos contaran con los mismos elementos de privacidad. Sin embargo, no era una apuesta exenta de riesgo, pues Jeffrey sabía que al asesino le produce cierta satisfacción realizar sus actividades a una distancia peligrosamente próxima a sus vecinos. La bibliografía sobre el asesinato, le recordó a su hermana, estaba repleta de historias de vecinos indolentes que habían oído gritos desgarradores procedentes de una casa contigua y no les habían hecho ningún caso o bien los habían atribuido a alguna causa inocua pero inverosímil como un perro o un gato. El aislamiento, observó, podía ser psicológico, no era necesariamente físico. Aun así, sabían, por el viaje de Jeffrey a Nueva Jersey, que su padre tenía mucho dinero, por lo que se ciñeron a las casas más caras y diseñadas a medida.

En el ordenador había archivos y planos de todos los chalets, apartamentos, casas adosadas, centros comerciales, iglesias, colegios, gimnasios y jefaturas de seguridad construidos en el estado. También contenía información sobre los proyectos de remodelación de los edificios antiguos de acuerdo con la normativa estatal, que se habían puesto en práctica a medida que se incorporaban nuevos territorios al estado. Jeffrey no dedicó mucho tiempo a esta categoría; sospechaba que su padre había llegado al estado cincuenta y uno con un plan muy definido, y había buscado una pizarra en blanco sobre la que empezar a escribir. Estaba seguro de que sería una casa nueva, que dataría del primer o segundo año del estado en ciernes, la época en que empezaba a cobrar forma, impulsado por las fuerzas del dinero y el ansia de seguridad.

El problema era que había casi cuatro mil viviendas de superlujo en el estado. Al descartar todas las casas construidas después de la primera desaparición confirmada de una joven víctima, consiguieron reducir esa cifra hasta setecientas y pico.

A Jeffrey esto le pareció irónico. «Es un hombre calculador -pensó-, y a la vez espontáneo. Es adaptable, pero rígido al mismo tiempo.

»É1 no habría matado a nadie aquí sin antes estar totalmente preparado, sin haber implementado correctamente todas las medidas estructurales de seguridad. Querría que sus conocimientos sobre el estado y su funcionamiento fuesen exhaustivos. Los preparativos de un asesinato deben de ser tan fascinantes y emocionantes como el acto en sí. Y cuando por fin lo llevó a cabo, con soltura y precisión, debió de sentirse eufórico.»

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