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Электронная книга - «Juegos de ingenio [State of Mind - es]». Краткое содержание книги:

En un futuro no muy lejano, las armas y los chalecos antibalas son algo habitual. Tal vez la excepción sea una comunidad de EE. UU que dice garantizar la protección de sus habitantes gracias al control que ejercen los agentes del Servicio de Seguridad del Estado, el futuro estado 51.
En este contexto del tiempo, Susan Clayton, que trabaja elaborando pasatiempos para una revista, recibe un mensaje cifrado que parece significar «Te he encontrado». La críptica nota es especialmente siniestra en un momento en que un asesino en serie acecha Florida, un asesino que puede ser el desaparecido padre de Susan y al que piden, a su hermano, ayude a encontrar. Su madre Diana, muer fuerte y, al tiempo con miedo esta con un cáncer terminal pero sabe que juntos deberán enfrentarse a la amenaza.
Su hermano Jeffrey, reputado criminalista y experto en asesinos en serie es reclutado por la policía del nuevo estado para encontrar a un asesino en serie del que piensan es su padre sin embargo, el va mas como cebo que como experto.
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– Ah. -El director asintió-. Debí suponerlo. Es la respuesta de alguien que busca la verdad. -Manson bajó la mirada por un momento para posarla en un papel que descansaba justo en medio del escritorio, ante él. Jugueteó con la esquina de la hoja, pero no compartió su contenido con Jeffrey-. Dígame, señor buscador de la verdad, ¿cuál es la verdad sobre la muerte del agente Martin?

– ¿La verdad? La verdad es que o lo engañaron o lo siguieron hasta una trampa tendida detrás de la que había preparado él creyendo que resolvería el dilema del estado. Estaba allí, en lo alto de ese peñasco, vigilando la casa adosada en la que había instalado a mi madre y a mi hermana, como un pescador pendiente del corcho de su caña. Supongo que no cumplió la orden que le di, respecto a mantener en secreto la presencia y el paradero de ellas dos…

– Es una suposición acertada. Informó de su llegada al Departamento de Inmigración y el Servicio de Seguridad.

– ¿A través de la red de ordenadores?

– Así es como se hacen estas cosas…

– Con su aprobación, imagino…

El director titubeó, y su breve silencio resultó de lo más elocuente.

– No me costaría nada mentir -dijo-. Podría decir que el agente Martin actuaba por su cuenta, lo que, en gran medida, sería una afirmación cierta. También podría decir que sus actos eran iniciativas suyas. Eso también sería verdad.

– Pero no podría esperar que yo me lo creyese del todo.

– Puedo ser muy persuasivo. Quizá sólo sembraría en usted la sombra de una duda.

– Nunca estuvo previsto que el agente Martin me ayudara en la investigación. Sus dotes de inspector eran limitadas. Desde el principio debía ser el hombre que apretara el gatillo cuando llegara el momento. Lo sé desde hace algún tiempo.

– Ah, ya me parecía que se comportaba de un modo demasiado evidente, pero en cambio bordó su interpretación de un erradicador de problemas del estado, por así llamarlo. Era el mejor que teníamos, aunque supongo que el adjetivo «mejor» sería discutible.

– Pero ahora han asesinado a su asesino.

– Sí. -El director vaciló de nuevo, con una sonrisa-. Ahora me temo que tendrá usted que ganarse su sueldo de verdad, pues no cuento con reservas inagotables de agentes Martin…

– ¿No hay más asesinos?

– Yo no diría eso…

Jeffrey miró fijamente al director.

– Entiendo -dijo-. Lo que quiere decir es que el sustituto del agente Martin no será tan destacado. Mientras yo sigo buscando a la presa, alguien me vigilará sin que me dé cuenta.

– Eso sería una suposición razonable, pero confío -dijo Manson con frialdad- en que usted se ocupará de mi problema, tal como yo me ocupo del suyo, porque son el mismo. -El director tomó otro sorbo del vaso de agua sin despegar la vista de Clayton-. Todo esto tiene un regusto medieval fascinante, ¿verdad? O me trae su cabeza o me dice adónde debo ir a buscarla yo mismo. ¿Lo entiende? Estamos hablando de una justicia que funciona aún más rápidamente de lo que es habitual. Esto es lo que debe hacer, profesor. Encuéntrelo. Mátelo. Y si no se ve capaz de hacerlo, simplemente localícelo, y nosotros lo mataremos por usted. -El director bajó de nuevo los ojos. Sonrió, luego alzó la mirada hacia Jeffrey con los párpados entornados y expresión severa-. No nos queda tiempo.

– Tengo algunas ideas. Hipótesis que podrían proporcionarnos pistas.

– No nos queda más tiempo.

– Bueno, creo que…

Manson descargó un manotazo sobre el escritorio que retumbó como un disparo.

– ¡No! ¡No nos queda más tiempo! ¡Encuéntrelo ya! ¡Mátelo de una vez!

Jeffrey guardó silencio por un momento.

– Les advertí -dijo con una serenidad exasperante- de que las investigaciones de este tipo requerían su tiempo…

El labio superior de Manson se curvó hacia arriba, como el de un animal al mostrar los dientes. Sin embargo, moderó la intensidad de su rabia para explicarle lenta, pausadamente:

– Dentro de aproximadamente dos semanas, se votará en el Congreso de Estados Unidos la concesión de la categoría de estado para nosotros. Esperamos que el resultado de esa votación sea mayoritariamente favorable. Contamos con cuantiosos apoyos empresariales. Grandes sumas de dinero han cambiado de manos. Pero este apoyo, pese a la actividad de los grupos de presión, los sobornos y la influencia que hemos podido alcanzar, no deja de ser frágil. Después de todo, se pedirá a los miembros del Congreso que concedan la condición de estado a una región que restringe de facto algunos derechos importantes. «Derechos inalienables», los llamaban nuestros antepasados. Negamos esos derechos porque llevan a la anarquía y la delincuencia que campan por sus respetos en todo el país. Esto pone en una situación difícil a esos idiotas del Congreso. Usted lo entiende, sin duda, ¿no, profesor?

– Sí, entiendo que la situación es delicada.

– No somos un territorio nuevo, profesor. Somos una idea nueva implantada en una parte del territorio viejo.

– Sí.

– Y cuando obtengamos la categoría de estado de forma oficial, en igualdad de condiciones, el país entero dará un paso hacia delante. Un paso irreversible en una dirección clara e importante. Será el inicio del proceso que los llevará a ser como nosotros. No a nosotros a ser como ellos. ¡No sé si me explico con suficiente claridad, profesor!

– Sí, entiendo…

– ¡Así que imagínese cómo afectaría a la votación lo que está pasando ahora! -Manson empujó la hoja de papel, que se deslizó desde el centro del escritorio hacia Jeffrey. El borde se agitó brevemente como si fuera a elevarse en el aire, pero Jeffrey lo atrapó antes de que saliera volando.

El papel era una carta dirigida a Manson.

Mi querido director:

En octubre de 1888, Jack el Destripador le envió a George Lusk, presidente del Comité de Vigilancia de Whitechapel, un pequeño obsequio, a saber, un trozo de un riñón humano. Como parte de su diversión, el Destripador remitió también una misiva a uno de los mejores periódicos de Fleet Street, prometiéndoles una oreja de su próxima víctima. No cumplió su promesa, aunque sin lugar a dudas lo habría hecho, de haber querido.

Tanto su carta al periódico como su regalo para el señor Lusk tuvieron el efecto que cabía esperar. La agitación y el pánico se adueñaron de la ciudad de Londres. En esos días no se hablaba de otra cosa que del Destripador y de lo que haría a continuación.

Interesante, ¿no le parece?

Así que imagínese qué efecto tendrían los siguientes nombres y fechas si los enviara al auténtico Washington Post -no al de mentirijillas que tenemos en Nueva Washington- o al New York Times, y quizás a un par de cadenas de televisión.

Eso es lo que pienso hacer en un futuro muy próximo.

Lo interesante de esta carta es que no contiene amenaza alguna. Tampoco es un intento burdo de hacerle chantaje o extorsionarle. No tiene usted nada que yo quiera. Al menos, nada con lo que pueda comprarme. Ésta es sólo mi manera de demostrarle su absoluta impotencia.

Quizá sepa, también, que nunca capturaron al Destripador. Pero todo el mundo recuerda quién es.

Debajo de la última frase había escritos diecinueve nombres de mujeres jóvenes, seguidos de un mes, un día y un lugar. Con un vistazo rápido, Jeffrey comprobó que estos datos se correspondían con las fechas de desaparición de las chicas y el lugar donde alguien aparte del asesino las vio vivas por última vez. Pero antes de que acabara de examinar todos los nombres de la lista, sus ojos se fijaron en la última línea. Al final de la lista figuraba el vigésimo nombre, en negrita: PROFESOR JEFFREY CLAYTON DE LA UNIVERSIDAD DE MASSACHUSETTS. Estaba marcado con un asterisco, que remitía a una sarcástica nota al pie: FECHA Y LUGAR POR CONFIRMAR.

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