Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
– ¿Es que ha escrito un libro?
– Incluso mi madre lo ha comprado ¡y le ha encantado!
– Joder, pues sí que voy a oír hablar del tema. Y si no…
– Si no, nada. He ido a hacer la revisión del coche como me había pedido. Todo en regla. ¿Adónde vamos?
– A la oficina.
– ¿No pasa antes por su casa?
– Al despacho he dicho…
A ver a Josiane. Cada vez que he hablado con ella por teléfono, ha estado fría. Apenas audible, apenas amable. Sí, no, no sé, ya veré, hablaremos a la vuelta. ¡A ver si ha vuelto a ver a ese espárrago de Chaval! Ese tío tiene el vicio en el cuerpo.
– ¿Tienes noticias de Chaval?
Su chofer, Gilles Larmoyer, era amigo de Chaval. Gilíes y Chaval salían juntos a menudo a la discoteca. Gilíes le contaba sus noches agitadas, los clubs de intercambios, «un culo a la derecha, un culo a la izquierda, con Chaval se lo pasa uno bien», las mañanas en las que se vestían, Chaval para ir a trabajar, Gilíes para conducir el coche. Gilíes no tenía ambición alguna. Marcel había intentado echarle una mano, pero a Gilíes sólo le gustaba una cosa: los coches. Para complacerle, Marcel cambiaba de coche cada dos años.
– ¡Ah! ¿No lo sabe?
Marcel se examinaba en el espejo del parasol. No son bolsas lo que tengo bajo los ojos, sino baúles de tamaño natural.
– ¿Saber qué?
– Chaval. Se ha vuelto loco de atar por su sobrina…
– ¿La pequeña Hortense?
– ¡La misma! ¡Bebe los vientos! Ni se imagina… ¡Le hace caminar a cuatro patas! Se comería el sombrero si llevara. Debe de hacer seis meses que intenta tirársela y cero. Termina el trabajo en su casa, a mano, todas las noches. Completamente loco por ella.
Marcel se echó a reír aliviado. No era pues Chaval el que tenía cabreada a Josiane. Sacó su móvil y llamó al despacho.
– Bomboncito, soy yo. Estoy en el coche, ya llego… ¿Qué tal?
– Muy bien.
– ¿No estás contenta de verme?
– ¡Estoy que salto de alegría!
Y colgó.
– ¿Algún problema, jefe?
– Josiane. Me está templando en frío. Me ha enviado a paseo.
– Ay, las mujeres… Basta con que tengan su día malo para que se pongan de morros sin saber por qué.
– Pues esta lleva un mes malo. Y no es el morro el que me va a poner, sino el cerdo entero.
Se hundió en el asiento del coche y decidió echar una cabezada.
– Despiértame antes de llegar para que tenga tiempo de espabilarme.
Cuando le vio entrar, Josiane seguía irritada. Ni siquiera levantó la cabeza de su mesa. El abrió los brazos para estrecharla, y ella le rechazó.
– Te espera el correo en tu despacho. También la lista de llamadas. Lo he ordenado todo.
Abrió la puerta de su despacho, se instaló y descubrió sobre el montón de cartas una foto colocada bien a la vista: la chica del Lido con los dos ojos agujereados. La cogió y salió riéndose.
– ¿Es por culpa de esto, bomboncito, por lo que estás enfadada conmigo desde hace semanas?
– No le veo la gracia. En fin, a mí, eso, no me hace reír.
– Pero no tienes ni idea. ¡Ni idea! ¡Esto era para quedarme con Henriette! Me había enterado por René que había venido a darse una vuelta un día, un día en el que no había nadie y con razón, ¡era el Primero de Mayo! Entonces me dijo que aquello olía raro, revisé todos mis papeles y me di cuenta de un sobre que había sido abierto y seguramente fotocopiado: el de los gastos del ucraniano. ¡Pobre malvada! Creyó que había descubierto la existencia de una amante con abuso de bien social, además. ¡Cree tenerme agarrado! Decidí, pues, contraatacar. Dejé a la vista en mi habitación esa foto que me hice una noche en el Lido con un gran cliente, hace lustros, una noche que no quisiste acompañarme. Me inventé un nombre y ¡hala! ¡Busca, Henriette, busca! Y funcionó. Y tú ¿has estado sulfurada durante un mes por culpa de eso?
Josiane le contemplaba desconfiada.
– ¿Y tú te crees que me voy a tragar eso?
– ¿Por qué iba a mentirte, bomboncito? A esa chica no la conozco. Me puse así para la foto, de broma, eso es todo… Acuérdate, fue una noche que no quisiste salir, hace por lo menos un año y medio, estabas cansada.
Una noche en la que yo tenía cita con Chaval, recordó Josiane. ¡Pobre gordito! Tiene razón. Había pretextado una migraña y le había dejado ir solo a tomar copas con sus clientes.
Él se acercó a la mesa de Josiane y tropezó con un bolso de viaje.
– ¿Qué es ese bolso?
– Tenía la intención de largarme. Esperaba explicaciones para ahuecar el ala…
– Pero ¡estás loca! ¡Te patina el cerebro!
– Soy frágil, no es lo mismo.
– No confías seriamente en mí.
– No es un artículo que me hayan ofrecido mucho ese de la confianza…
– Pues bien, vas a tener que acostumbrarte. Porque estoy aquí y aquí me quedo. Y sólo por ti, cariñín. Eres toda mi vida.
El la había tomado en sus brazos y la arrullaba murmurando «qué tontita eres, pero qué tontita, y yo que he pasado las de Caín durante un mes por culpa de tus silencios al teléfono».
Ella se abandonaba a él, esperando a que hubiese terminado su ronroneo para anunciarle la buena noticia, confirmada por la muerte súbita de una rana en el laboratorio. Una emoción primero, luego otra, se decía, le dejo que aterrice y, apenas ha tocado el suelo con la punta de los pies, le envío directo al cielo anunciándole la llegada del pequeño Grobz.
– Sobre todo que, bomboncito, con lo de la foto yo ganaba por partida doble. La embaucaba y, además, alejaba de mí toda sospecha. Lo entiendes, en el caso de que te empiece a crecer la barriga… ¡No se enteraría de nada! Estaría pensando en la Natacha y no en ti. Engordarías tranquila ante sus ojos mientras ella seguiría la pista falsa.
Josiane se separó suavemente. No le gustaba mucho lo que acababa de escuchar.
– Así que ¿no piensas decírselo el día que me quede embarazada? ¿Cuentas con dejar flotar la duda?
Marcel enrojeció violentamente, cogido en flagrante delito de cobardía.
– Que no, bomboncito, que no… Sólo que debo tener tiempo para organizarme. Estoy atado de pies y manos a ella.
– Oye, y desde el tiempo que hace que hablamos de ese niño, ¿todavía no te has organizado, como dices?
– No voy a mentirte, bomboncito, los tengo de corbata. No sé cómo arreglarlo, cómo librarme de ella sin que se vengue y me haga las peores animaladas.
– ¿No has ido a ver al notario?
– No me atrevo a decírselo, por miedo a que la prevenga. Están muy unidos, sabes, ella va a visitarle a menudo.
– ¿Así que no has hecho nada? ¿Nada de nada? Tú me tocas el violín todo el día hablándome del querubín y te quedas parado con tu culo en el sofá.
– Pero lo haré, bomboncito, lo haré el día que sea necesario. Te lo prometo, estaré a la altura.
– ¿A la altura de tu pequeñez? No te molestes, ya estás. ¡A ras de suelo!
Josiane se levantó, se colocó el vestido, ajustó el cuello, cogió su bolso de mano y, señalando a su mesa y a la habitación con un gesto teatral, declaró:
– Mírame bien, Marcel Grobz, porque ya no volverás a verme. Tiro la toalla, me evaporo, me desvanezco en la atmósfera. No te molestes en seguirme, ¡me largo para siempre! Decir que estoy harta sería demasiado suave, me das asco de lo cobarde que eres.
– Bomboncito, te prometo…
– Desde que te conozco me estoy tragando tus promesas. Desde que te conozco no hago más que eso. Las tengo atragantadas en el esófago. Tengo ganas de vomitar. Ya no te creo, Marcel…
Se agachó para empuñar su bolsa de viaje y, haciendo sonar sus tacones con aire decidido, abandonó la empresa de Marcel Grobz el 22 de octubre a las once horas cincuenta y ocho exactamente.
No se detuvo a saludar a René.
No se detuvo a besar a Ginette.
No suspiró delante de la enredadera. No se volvió tras haber franqueado el portal. Si ralentizaba el paso, pensó mirando hacia delante, no se marcharía nunca.