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Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos

Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:

Josephine tiene cuarenta años, está casada y tiene dos hijas, Hortense y Zoé. Es consciente de que su matrimonio ha fracasado, pero sus inseguridades le impiden tomar una decisión. A Antoine, su marido, le despidieron hace un año de la armería de caza donde trabajaba y desde entonces se dedica a languidecer en el apartamento y a engañar a su mujer.
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
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Shirley metió en el horno la tarta de manzana, ajustó el minutero y propuso a Joséphine abrir una buena botella de vino para celebrar su nueva vida.

– ¿Mi nueva vida o mi último fracaso?

– Your new life, stupid! [15] Estaban brindando por la audacia de la nueva Joséphine, cuando Gary entró en la cocina seguido de Hortense. El llevaba un casco de moto bajo el brazo y tenía el pelo de punta. Besó a su madre en la cabeza.

– ¿Has terminado tus tartas, mummy querida? Si quieres, puedo ir a entregarlas. Tengo la moto de un colega…

– No quiero que montes en moto. ¡Es demasiado peligroso! -gritó Shirley golpeando la mesa con la palma de la mano-. ¡Te lo he dicho cien veces!

– Pero yo iré con él y le vigilaré -dijo Hortense.

– ¡Eso! El conducirá mirándote a ti y tendréis un accidente. ¡No! Me las arreglaré sola o Jo me acompañará.

Jo asintió. Los dos adolescentes se miraron suspirando.

– ¿No queda un trozo de tarta? Me muero de hambre -masculló Gary.

– Vocaliza cuando hablas, no entiendo nada. Puedes coger ese trozo, está demasiado cocido… ¿Tú quieres también, Hortense?

Hortense atrapó unas migas de pasta humedeciéndose la punta de sus dedos.

– La tarta engorda…

– Tú no corres ningún riesgo -dijo Joséphine sonriéndole.

– Mamá, si quieres seguir delgada, hay que tener cuidado todo el tiempo.

– Mira, de hecho, tengo noticias de Max -siguió Gary, con la boca llena-. Ha vuelto a París y vive con su madre… ¡Se había hartado de las cabras!

– ¿Ha vuelto al colegio?

– No. Tiene más de dieciséis años, ya no está obligado a ir…

– Pero ¿qué hace entonces? -preguntó Joséphine inquieta.

– Anda por ahí… Se pasó por el instituto.

– Va a acabar mal -pronosticó Hortense-. Trafica con costo y juega al póquer con su madre en Internet.

– ¿Y la señora Barthillet? -preguntó Joséphine.

– Parece ser que la mantiene un cojo. Es así como le llama Max… El cojo.

– Max podría haber sido tan majo -suspiró Joséphine-. Quizás debería haber dejado que se quedase…

– Con Max en casa, ¡yo me hubiese largado! -protestó Hortense-. ¿Vienes, Gary? Vamos a probar la moto… Te lo prometo, Shirley, no haremos locuras.

– ¿Adonde vais?

– Iris nos ha propuesto ir a verla en el estudio Pin-up. Va a hacer una sesión de fotos para Elle. Empieza en algo menos de una hora. Gary me lleva y nos quedamos un rato. Iris quiere que le dé mi opinión sobre la ropa. Me ha pedido que le haga un look. Vamos a ir a hacer compras juntas la semana que viene.

– No me gusta, no me gusta -gruñó Shirley-. Ten cuidado, Gary, ¿me lo prometes? ¡Y ponte el casco! ¡Y volvéis aquí para cenar!

Gary besó la frente de su madre, Hortense hizo un gesto con la mano a Joséphine, y salieron empujándose.

– No me gusta que vaya en moto, no me gusta… Y, además, no me gusta tampoco que Hortense revolotee a su alrededor. Este verano, en Escocia, la había olvidado. Me gustaría que no volviese a obsesionarse con ella…

– Yo he tirado la toalla con Hortense. Qué quieres: va a cumplir dieciséis años, es la primera de la clase, los profesores cantan alabanzas. No tengo nada que reprocharle… Y de todas formas, no tengo medios para enfrentarme a ella. Es cada vez más independiente. Es curioso, cuando pienso que hace apenas dos años era una niña…

– Hortense nunca ha sido una niña. Siento decirte esto, pero tu hija siempre ha sido una zorra.

– Cambiemos de tema o nos vamos a pelear. Nunca te ha gustado.

– Sí. Hace mucho tiempo. Pero no me gusta cómo trata a la gente. Manipula a unos, explota a los otros, no tiene ni un gramo de corazón.

– A ti, en cuanto se toca a tu hijo…

– ¡Me rindo! Lo dejamos. ¿Vienes conmigo a entregar los pasteles?

* * *

Marcel Grobz, arrebujado en un abrigo de tweed y una bufanda escocesa amarilla, estaba sentado sobre un banco, bajo la enredadera del patio, y miraba con cansancio los sarmientos retorcidos y secos perlados de gotas de lluvia. Josiane se había ido. Había desaparecido desde hacía quince días. Se había inclinado, había empuñado su bolso de viaje y, clic, clac, con sus pequeños tacones de punta, había cruzado el umbral de la puerta y había salido. Clic, clac sobre las baldosas del patio, clic, clac al abrir la verja. No había tenido fuerzas para correr detrás de ella. Hundido por la pena, había seguido el ruido de los tacones y se había dejado caer en la silla ante la mesa de Josiane. Desde entonces, se sentaba donde podía, en cuanto tenía un momento de reposo, y oía el ruido seco y resuelto de los tacones de Josiane. Eso le encogía el corazón.

Una hoja seca se separó de un árbol y cayó revoloteando a sus pies. Se agachó, la recogió y la frotó entre sus dedos. Sin Josiane ya no tenía ganas de luchar. Y Dios sabía que en ese momento necesitaba de todas sus fuerzas. Estaba librando la batalla más dura de su carrera. Para ella, para ellos, para ese bebé del que no dejaban de hablar y que se hacía de rogar.

Ginette le vio por la ventana del taller, aparcó su toro elevador y fue a su encuentro sobre el banco. Se secó las manos en su peto y, dándole una palmada en la espalda, se sentó a su lado.

– Vamos cuesta abajo, ¿eh, Viejo?

– Sí. Sin ella se me quitan las ganas…

– No tenías que haberla dejado marchar. Presionas, Marcel, ¡presionas! Yo la entiendo… La chavala ya está harta de esperar.

– ¿Y tú crees que me gusta hacerla esperar?

– Sólo de ti depende que las cosas se arreglen. ¿Cuánto tiempo hace que lo dices y no haces nada? Ella piensa que hay gato encerrado. No tienes más que pedir el divorcio y todo se arreglará.

– No puedo pedir el divorcio en este momento, estoy metido en un asunto enorme. No se lo digas a nadie, Ginette, ¿me lo prometes? Ni siquiera a René…

– Te lo prometo. Ya me conoces, soy tan chismosa como una lápida.

* * *

– Estoy a punto de comprar la empresa de muebles y artículos del hogar más grande de Asia. Es enorme, ¡enorme! He hipotecado todo lo que tengo, estoy en pelotas y no puedo permitirme el lujo de una separación de Henriette; ella me pediría inmediatamente aquello a lo que tiene derecho, ¡la mitad de mi fortuna! Hace año y medio que el asunto está en marcha. Nadie lo sabe. Debo actuar en el mayor de los secretos. Se alarga, se alarga, he contratado un batallón de abogados y aunque intento que la cosa se acelere, no lo consigo. ¿Por qué te crees que acabo de pasar todo un mes en China? ¿Por placer?

– ¿Por qué no se lo has dicho?

Marcel hizo una mueca y se hundió dentro de su abrigo.

– Desde el asunto de Chaval, confío menos en ella. No es que la quiera menos, no, pero desconfío. Yo soy viejo, ella es joven, puede volver a caer en los brazos de Chaval por ganas de carne fresca. Es un viejo instinto que me viene de la infancia. He aprendido a pensar en lo peor, a buscar la traición. Así que prefiero que me tome por un pusilánime.

– No hay duda de que piensa que eres un cagado y que no dejarás nunca a la del sombrerito.

– Cuando haya firmado todo, tendré las manos libres. Me las he arreglado para que ella no tenga nada que ver en la nueva organización, ni la menor participación en los beneficios ni en la gestión, le pasaré una cómoda renta hasta el fin de sus días, le dejaré el piso, no le faltará nada, no me portaré como un cerdo, te lo aseguro…

– Lo sé, Marcel. Eres un tío estupendo…

– Pero si Josiane se va, ¿de qué sirve todo eso? De nada…

Recogió otra hoja seca, jugó un momento haciéndola girar entre sus dedos y después la volvió a tirar.

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[15] ¡Tu nueva vida, boba!

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