Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
Sus sueños de millonario en bolsos y latas de carne naufragaban. Los cocodrilos se revelaban una materia aleatoria: obesos, impotentes, exigentes. Sólo podían comer pollo o carne humana. Lo que no era de su gusto dejaban que se pudriese al sol. Se diría que han sido criados en un hotel cinco estrellas, protestaba Antoine mientras hacía derramar toneles de arroz aromatizado con una mezcla especial de ostras y algas que hacía traer de Sao Paulo. Ni lo tocaban. Ni al pato ni a los trozos de pescado. Exigían pollo. Cuando se les presentaba el paté, volvían la cabeza.
– ¡Esto es una pesadilla! -se lamentaba Antoine-. Están tan gordos que ni siquiera pueden montar a las hembras, ¿has visto eso? Ya pueden acosarlos a caricias, apenas si levantan los párpados.
– Se ríen al ver cómo te enfadas tú solo. Saben muy bien que tienen todas las de ganar…
– No van a ganar mucho tiempo si continúan engordando así.
– ¡Puah! Tú llevarás años muerto y ellos seguirán allí, bien plantados sobre sus patas. Esas bestias pueden vivir hasta cien años.
– A menos que me los cargue a todos.
– ¿Y tú te crees que eso sería una solución?
– No hay solución, Mylène, ¡me la han jugado bien! A Wei le da igual, siempre saldrá a flote, pero yo… He invertido en un parque de ovíparos obesos e impotentes.
Además, Antoine se había dado cuenta de que las hembras enviadas por los tailandeses tenían casi todas la menopausia. Había llamado al director de la granja, el mismo que había llenado el Boeing con setenta cocodrilos, y se había quejado. El tailandés le había asegurado: «Forty eggs a day! Forty eggs a day!». «Zero egg a day», había gritado Antoine al aparato. «Ah -había concluido el tailandés-, they must be grandmothers then! You are not lucky, we put the wrong ones in the plane, we didn't know…». [9]
¡Cocodrilos con menopausia! Y con eso tenía que aumentar la natalidad. La fábrica había ralentizado la fabricación de marroquinería y la tasa de llenado de conservas se había dividido por dos. Al final, lo que va a funcionar va a ser la industrialización de antibióticos, pero para eso no tengo contrato. ¡Qué suerte tengo! ¡Qué asco de reptiles!
Disparó de nuevo al aire. El cocodrilo levantó una pestaña.
Mylène se encogió de hombros y decidió volver a su despacho. Tenía correos que releer antes de enviarlos a París para realizar nuevos pedidos. El maquillaje se vendía mucho mejor que las cremas, más caras y más difíciles de conservar a altas temperaturas. ¡Tanto mejor! Los maquillajes los compro al por mayor en el pasaje de l’Industrie en París y saco cuatro veces lo que pago. Mis clientes no se enteran de nada… Nunca discuten el precio. Adoran las barras de labios o el colorete y se cortarían las venas para iluminarse la cara.
El producto estrella: mi fondo blanco. ¡Lo adoran! Se transforman en muñequitas redondas y pálidas. Apenas la coloco en los estantes, la mercancía desaparece entre sus pequeñas y ávidas manos. Míster Wei me ha propuesto asociarnos. Mitad y mitad. Yo aporto mi savoir faire, la filosofía, el espíritu, el buen gusto francés, y él se ocupa de la fabricación y de la venta. Dice que no costará nada producirlo. Tengo que hablar de ello con Antoine. Tiene tantas preocupaciones que tengo miedo de sobrecargarle con mis proyectos.
Esa misma noche, mientras Pong les servía en silencio, Mylène anunció que había enviado un proyecto de contrato a míster Wei y que estaba pensando asociarse con él.
– ¿Lo has firmado?
– No, todavía no, pero está casi hecho…
– ¡No me habías dicho nada!
– Sí, cariño, te hablé de ello, pero no me escuchaste. Pensabas que era una diversión de niña pequeña. Hay mucho dinero en juego, sabes.
– ¿Has pedido consejo a alguien antes de firmar?
– He hecho redactar un contrato muy simple, con el monto de las inversiones, el de los porcentajes, un depósito de licencia a mi nombre pagado por Wei… Algo muy claro y que yo pueda entender.
Soltó una risita ahogada para demostrar a Antoine que no era víctima de su inexperiencia.
– ¿Has empezado estudios de derecho? -preguntó Antoine en tono socarrón-. Pásame la sal, quieres… ¿Esto es un guisado de qué? ¡No sabe a nada!
– Antílope…
– Pues está asqueroso.
– Ahora no tengo mucho tiempo de cocinar.
– Pues, vaya, prefería cuando tenías tiempo. Habrías hecho mejor abriendo un restaurante.
– ¿Ves? No se puede hablar en serio contigo.
– Vamos, te escucho.
– Bien: en mi último viaje a París fui a ver a un abogado especializado. En los Campos Elíseos…
– ¿Y quién te dio su nombre?
– Llamé a la secretaria de tu suegro. Se llama Josiane. Muy amable. Nos hemos caído bien. Le dije que llamaba de tu parte, que necesitaba una información, el nombre de un buen abogado, uno bien astuto acostumbrado a pelearse con los tiburones más duros del planeta.
– ¿Y?
– No fue difíciclass="underline" me dio un nombre, un teléfono, y llamé. Como llamaba de parte de Marcel Grobz, fue muy amable y aceptó ocuparse de mi asunto. Incluso me invitó a cenar; fuimos a un callaré ruso al lado de su despacho.
– ¿Hiciste eso? ¿Te serviste de las relaciones de Chef cuando ni siquiera le conocías? Y eso que puede que él te deteste.
– ¿Y por qué iba él a detestarme? No le he hecho nada…
– Te recuerdo que, por culpa tuya, dejé a mi mujer y a mis dos hijas. Me parece que olvidas…
– Yo no te pedí que te fueras. Fuiste tú el que te marchaste solo… Tú el que me embarcaste en esta aventura.
– ¿Porque ahora te arrepientes?
– No. No me arrepiento de nada. No sirve de nada arrepentirse. Intento arreglármelas, eso es todo. No tienes por qué enfadarte conmigo por eso…
Discutían en voz baja para no despertar las sospechas de Pong. Discutían sonriendo, pero cada palabra susurrada era una flecha envenenada. ¿Cómo empezó esto? Se preguntó Antoine volviendo a servirse vino. Le doy demasiadas vueltas a las cosas. Debería hacer como todo el mundo y dejar de pensar. Ganar dinero pero, sobre todo, dejar de pensar. Es en África donde he sido más feliz y creí que, al volver, sería feliz de nuevo. Empezar de nuevo aquí. Y me traje a esta adorable zorrita que decía que iba a cuidar de mí. ¡Tonterías! Sólo yo puedo cuidar de mí mismo y me saboteo con método y encarnizamiento. ¿Por qué reprochárselo? No es culpa suya. Me he vestido con ropa demasiado grande para mí. Jo tiene razón. Todas tienen razón. Lanzó una sonrisa irónica, una sonrisa que se reía de sí mismo, pero Mylène la confundió.
– ¡Oh! ¡No te enfades! Te quiero tanto. Lo he dejado todo para seguirte. Habría ido a cualquier sitio… Sólo quiero dedicarme a algo. No estoy acostumbrada a no hacer nada. Siempre he trabajado, desde que era pequeña…
Redondeaba la boca como una niña a la que hubiesen sorprendido diciendo una gran mentira y que defiende su inocencia. Sus grandes ojos azules le miraban con un candor que le irritó.
– ¿Y no intentó seducirte en el cabaré?
– Ves el mal por todas partes.
– Eres temible, Mylène, temible… Y todo eso sin decirme nada.
– Quería darte una sorpresa… Y, además, cada vez que intentaba hablarte, cambiabas de tema. Así que renuncié. Pero no debes enfadarte, cariño, es sólo para entretenerme, sabes… Si no funciona, míster Wei perderá lo que ha puesto y yo no habré invertido nada de nada. Y si funciona, me lleno los bolsillos y tú te conviertes en el director general de mi pequeña empresa.
Antoine la contempló estupefacto. Estaba pensando en contratarle. Debía de estar calculando su salario y la suma de su prima anual. Un chorro de sudor recorrió su espalda y después sus axilas, sus brazos, su torso… No, ¡eso no! ¡Eso no! Apretó los dientes.
[9] ¡Cuarenta huevos al día! ¡Cuarenta huevos al día! Cero huevos al día (…) ¡Ah, deben de ser abuelas! Qué mala suerte. Nos equivocamos al subirlas al avión.