Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
Cuando Iris volvió aquella tarde, blandía un número de l'Express.
– ¡Número cuatro en la lista de ventas! En quince días. He llamado a Serrurier, sacan cuatro mil quinientos ejemplares diarios, además de la tirada inicial. ¿Te das cuenta? Cada día cuatro mil quinientas personas compran el libro de Iris Dupin. Entro en los primeros puestos. La próxima semana, te apuesto que estoy en el número uno. Y tú que te preguntabas si era necesario dejarme cortar el pelo en público.
Se echó a reír y besó la revista.
– Hay que vivir conforme a nuestra época, querido. Ya no estamos en los tiempos de los trovadores, eso seguro. Carmen, deprisa, deprisa, a la mesa, tengo un hambre de lobo.
Sus ojos brillaban con una llama dorada y dura que quemaba la revista que sostenía entre sus manos. La bajó, se giró hacia él extrañada por su silencio, le dirigió una gran sonrisa e inclinó la cabeza esperando que la felicitase. El se inclinó educadamente y la felicitó.
Joséphine se frotó los ojos y se dijo que no estaba soñando: la mujer, sentada frente a ella en el autobús 163, leía su novela. La leía hambrienta, metida en el libro, pasando las páginas con cuidado, devorando cada línea como si no quisiera perderse ni una miga. A su alrededor, la gente se movía, hablaba por teléfono, tosía, se hablaba, ella no se movía. Leía.
Joséphine la miró de arriba abajo asombrada. ¡Una reina tan humilde en el 163!
Así que era verdad lo que escribían en los periódicos: su libro se vendía. Como rosquillas. Al principio no se lo creía. Había llegado a decirse que debía de ser Philippe el que los compraba todos. Pero ver Una reina tan humilde en el 163 le demostraba que el éxito era real.
Cada vez que leía una buena crítica, tenía ganas de lanzar gritos de victoria, de reír hasta llorar, de dar saltos de canguro. Corría a casa de Shirley. Era el único sitio donde podía dejar libre curso a su alegría. «Funciona, Shirley, funciona, ¡he escrito un best seller! Te das cuenta, yo, la pequeña investigadora oscura, con un salario de miseria, conferencias polvorientas, ¡el patito feo que no entiende nada de la vida! En mi primer intento, ¡doy un golpe maestro!». Shirley gritaba Olé y bailaban un flamenco endiablado. Gary las había sorprendido una vez rojas y sin aliento.
Después, con el paso del tiempo, la invadió una sensación de enorme vacío. La sensación de haber sido robada, engañada, utilizada. Ensuciada. Iris estaba en todas partes. Iris sonreía en todos lados. Los ojos azules de Iris la sorprendían en todos los quioscos de periódicos. Iris hablaba de la angustia de escribir, de la soledad, del siglo XII, de san Benito. ¿Cómo se le había ocurrido su historia? Al entrar en el Sacré-Coeur, una noche de melancolía. Al mirar la estatua de una santa tan hermosa, de rostro tan dulce que le había escrito una historia a medida. ¿La idea de llamarla Florine? Estaba haciendo un pastel para mi hijo y vertí harina marca Francine en el molde. Francine-Florine-Francine-¡Florine! Joséphine escuchaba anonadada: ¿pero de dónde saca todo eso? Un día la escuchó incluso evocar a Dios y a la inspiración divina para explicar la fluidez de su escritura, «no soy yo la que escribe, me lo dictan». Joséphine se había caído de golpe sobre el taburete cerca de la pila. «¡Eso sí que es tener cara!», repetía.
Abrió la cristalera que daba al balcón y miró a las estrellas. Esto es demasiado, ¡ya no puedo más! Ya es bastante duro verla posar, apropiarse de Florine, pero si, además, se apropia de ella misma también. ¿Qué me queda? ¿Hacer el zángano? ¡Los zánganos son feos! ¿Y cómo sabe ella que os hablo? Nunca se lo he dicho o sí, quizás una vez… ¡Se sirve de todo! Es un vampiro.
Esa noche, tras haber sorprendido a una lectora en el autobús, llamó a la puerta de Shirley. No había nadie. Volvió a su casa, encontró una nota de Zoé que decía: «Mamá, voy a dormir en casa de Alexandre, Carmen viene a buscarme. Hortense me ha dicho que te diga que salía esta noche, que volvería tarde, que no te preocupases, te quiero, Zoé».
Estaba sola. Se recalentó un resto de quiche, añadió dos hojas de lechuga y vio caer la noche. Triste, tan triste.
Cuando anocheció, abrió la cristalera que daba al balcón y miró las estrellas.
– ¿Papá? -intentó-. ¿Papá? ¿Me oyes?
Y añadió con una vocecita de niña:
No es justo… ¿Por qué es ella la que siempre está en primera fila, dime? Una vez más, me han borrado. Cuando éramos pequeñas y nos hacía una foto, mamá insistía para que se viese bien a Iris. Los ojos de Iris, el peinado de Iris, apártate un poco, Jo, no veo el bajo del vestido de Iris.
«Criminal, eres una criminal», escuchaba la voz de su padre. Sus brazos en torno a ella, el gusto de su piel salada o de sus lágrimas, sus grandes zancadas. La llevaba como si la salvara. Estaban en la playa, era verano, yo salía del agua, los ojos me picaban, lloraba, lloraba… Después, recuerdo, no volvió a dormir en la misma habitación que mamá. Después, se refugió en sus crucigramas, sus malos juegos de palabras, fumando su pipa. Después, murió. Expiró. Lanzó una pequeña risa a su padre. ¡Esta te hubiese gustado! Papá, mi papá, canturreó en la oscuridad bajo las estrellas. Un día encontraré las piezas del rompecabezas que me faltan. Un día llegaré a comprender. Mientras espero, papaíto, gracias por este éxito. Me ha dado cierta comodidad. Y, además, ya no tengo miedo. Eso es importante. Ya no me siento amenazada. Todavía no estoy muy segura de mí, pero ya no tengo miedo. Debes de estar orgulloso de mí, tú que sabes que soy yo la que ha escrito ese libro.
Suspiró, todavía tengo muchas cosas que aprender, eso seguro. Creemos haber ganado porque hemos conseguido una victoria, pero siempre hay otra batalla que librar. Mi vida era tan sencilla antes. Cuanto más avanzo en la vida, más complicada me parece. Quizás es que antes no vivía…
Levantó la cabeza. Su enfado había desaparecido.
Extendió los brazos hacia el cielo y envió todo su amor, toda su alegría hacia las estrellas. Ya no envidiaba a Iris. Iris sabe que el libro lo he escrito yo. Lo sabe. Su gloria se sustenta sobre una mentira.
La invadió una dulzura tranquila. Le quedaba su tesis para dirigir trabajos de investigación. Tenía que trabajar. Voy a volver a la biblioteca, a encontrarme con los viejos grimorios, los libros de historia.
Y después, un día, escribiré otro libro.
Un libro que será mío, sólo mío.
¿Qué me decís, estrellas?
Marcel Grobz salió del aeropuerto y subió al coche al lado de su chofer, después de haber metido las maletas en el maletero.
– Estoy agotado, Gilíes. Tengo demasiados años para hacer largos viajes en avión.
– Eso seguro, jefe. Un mes de gira con todos esos cambios de hotel y de horario no es lo mejor para la salud.
– ¡Hace un frío que pela! Estamos a finales de octubre y ya se anuncian heladas. Allí, al menos, los cerezos sonreían. ¿No tengo un aspecto demasiado birria?
Gilíes lanzó un vistazo rápido a Marcel Grobz y concluyó que no, el patrón tenía el aspecto de un roble.
– ¡Qué majo eres! El roble tiene unos cuantos michelines mal puestos. Ya puedo matarme a correr, que no se mueven de su sitio. Bueno, ¿qué novedades hay? ¿Me has comprado los periódicos?
– Están en el asiento de atrás. Su hijastra, la señora Dupin, ha montado una revolución con su libro…