Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
– Hortense, hace tres meses que me das largas. La paciencia tiene sus límites.
– Yo no tengo ningún límite, figúrate. Es parte de mi encanto y por lo que te interesas por mí.
Chaval posó las manos sobre el volante de su descapotable Alfa Romeo y gruñó:
– Estoy harto de que juegues a las vírgenes asustadas.
– Me acostaré contigo cuando decida que quiero y, por el momento, no quiero para nada. ¿Está claro?
– Por lo menos, tienes el mérito de ser directa.
Ella abrió la puerta, exhibió una larga pierna nerviosa y fina, que posó delicadamente sobre la acera, y, subiéndose la falda hasta la ingle, dibujó su mayor sonrisa para decirle adiós.
– ¿Nos llamamos?
– Nos llamamos.
Cogió el gran bolso blanco marca Colette del asiento trasero y salió. Avanzaba paseándose como una modelo sobre la pasarela y la vio alejarse soltando un insulto. ¡La muy puta! ¡Le estaba volviendo loco! Sólo con sentir sus labios suaves y elásticos sobre los suyos le hervía la sangre. Y su lengüecita bailoteando entre sus labios… Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Se la ponía dura como un asno y le toreaba como a una vaquilla. Ya no puedo más, ¡a esa me la tengo que pasar por la piedra!
La historia duraba desde el mes de junio. Y desde el mes de junio, ella seguía dándole esperanzas: pasar una noche entera con ella, dejar que la desnudase suavemente, acariciarla… Había pasado todos los fines de semana de julio en Deauville por ella. Le había pagado todos sus caprichos, invitado a todos sus amigos, y el juego del ratón y el gato había continuado en París. Cuando creía tenerla, se escapaba con un corte de manga. Se amonestó: gilipollas, el rey de los gilipollas, se está quedando contigo, eso es. Tocándote la mandolina cuando se trata de pasar por caja. ¿Qué has obtenido de ella? ¡Nada! Aparte de besitos en la boca y dos o tres magreos. En cuanto mi mano baja demasiado, empieza a protestar en plan talibán. Le gusta mostrarse conmigo en los restaurantes de moda, desvalijar tiendas, comer helados, tumbarse en la butaca del cine, pero lo demás, ¡puerta blindada! Un poco escaso como recompensa. Si a eso le añado la ropa que me hace comprar, los móviles que le gusta dejarse por ahí, los aparatos de los que se cansa y tira a la papelera porque no tiene ganas de leerse las instrucciones, ¡estoy invirtiendo a fondo perdido! Ninguna chica me ha tratado antes así. ¡Ninguna! Normalmente me lamen la suela de las botas. Ella, ella se limpia los zapatos con el bajo de mis pantalones, me mancha los asientos del coche de carmín, deja su chicle pegado en la guantera y da golpes sobre el capó con su bolso Dior cuando no está contenta.
Se miró en el retrovisor y se preguntó qué había hecho para merecer eso. No eres el hijo de Frankenstein, no hueles a moho, tienes sangre en las venas y ella ni siquiera te mira. Suspiró y arrancó el motor.
Como si hubiese seguido el curso de sus pensamientos, Hortense se volvió y, antes de desaparecer por la esquina de la calle, le lanzó un beso balanceando un grueso mechón de su pelo. Él respondió con un fogonazo de sus faros y desapareció imprimiendo su furia con la goma de sus ruedas.
¡Qué fácil es manejar a los tíos! ¡La estupidez del deseo erótico! ¡La tiranía del sentimiento! Penetran en ella como en una cueva amenazante y después presumen de ello. Hasta los viejos como Chaval. Mendiga mi placer, tiembla, implora. Y, sin embargo, ya tiene treinta y cinco años, pensó Hortense. Debería tener experiencia. Pues bien, nada de eso. Se funde como un hielo al sol. Bastaba con que ella le prometiese un vago placer o con que se subiese un poco la falda sobre los muslos para que empezase a ronronear como un viejo verde desdentado. ¿Me voy a acostar con él o no? No tengo muchas ganas, pero corro el riesgo de que se canse. Y entonces habría que cerrar el chiringuito. Me gustaría hacerlo con un poco de romanticismo. Sobre todo, la primera vez. Con Chaval corro el riesgo de que sea puramente mercantil. Y, además, es tan pegajoso, no son nada sexy las lapas.
Tenía que cambiarse antes de entrar en casa. En el cuartito donde se guardaban los productos de limpieza del edificio. Se quitó la minifalda, se puso los vaqueros, un jersey gordo que escondía la camiseta que enseñaba el ombligo, se frotó la cara para borrar el maquillaje y volvió a ser la niñita de su mamá. Qué idiota es, ¡no sospecha nada! Desplazó un bidón de producto de encerar para esconder su ropa y percibió una revista desplegada en la que aparecía en primera página el rostro de su tía: «Antes y después: el nacimiento de una estrella», decía el título. Justo debajo, una foto de Iris con su pelo largo y otra con su corte a lo Juana de Arco y estas palabras: «No he hecho más que seguir los consejos de André Gide a un joven escritor…». La boca de Hortense se abrió y dejó escapar un silbido de admiración.
Iba a subir a su casa cuando se dio cuenta de que llevaba el saco blanco de Colette en la mano. ¡Y la chaqueta de Prada!
Se lo pensó un momento, decidió arrancar la etiqueta y contar que se la había comprado en el mercadillo de Colombes el fin de semana pasado.
Antoine observaba el cocodrilo que tomaba el sol ante ellos. Se habían detenido a la sombra de una gran acacia y su mirada contemplaba el animal que se calentaba al sol con los ojos entornados. Enorme, repugnante, brillante. ¿Qué eres tú? Rumió molesto. ¿Un recuerdo de dinosaurio? ¿Un tronco con dos ranuras amarillas? ¿Un futuro bolso de mano? ¿Por qué me observas con tus ojos a medio cerrar? ¿No te basta con joderme todos los días que envía Dios?
– ¡Oh! Qué rico es -dijo Mylène a su lado-. Está tomando el sol, tiene un aspecto tan tranquilo. Me gustaría cogerle entre mis brazos.
– Y te detrozaría con sus ochenta colmillos.
– Que no… También él nos observa. Siente curiosidad por nosotros. He aprendido a quererlos, sabes. Ya no les tengo miedo…
Pues yo los odio, pensó Antoine disparando al aire para hacerle huir. El animal no se inmutó y pareció que, en efecto, le sonreía. Desde la rebelión de los cocodrilos y la muerte de los dos chinos, Antoine sólo salía armado. Llevaba su fusil bajo el brazo y llenaba los bolsillos de su bermudas con cartuchos. Eso le recordaba los buenos tiempos en Gunman and Co., cuando todo marchaba bien y las bestias salvajes no eran más que apetitosas dianas para millonarios ociosos.
Míster Wei le pagaba regularmente. Cada fin de mes recibía su ingreso. Un auténtico reloj de cuco suizo, reía Antoine abriendo el sobre donde se detallaba su paga. Creyó que iba a tomarme el pelo, pero he resistido más que él. También yo sé mostrar mis dientes.
Sin embargo, los problemas de Antoine no hacían más que crecer. Había tenido que recibir a un equipo de científicos que habían venido a investigar la sangre de los cocodrilos con vistas a fabricar nuevos antibióticos. Esas malditas bestias lo resistían todo. Cuando se herían, en lugar de desarrollar infecciones o una septicemia, cicatrizaban y se largaban más campantes que nunca. Una molécula en la sangre que les inmuniza. Tuvo que alojar y alimentar a los científicos y poner locales a su disposición. Más problemas para Antoine, un ingreso más para míster Wei. Estoy harto de que todo vaya en el mismo sentido, gruñó Antoine disparando una nueva salva.
– ¡Para! -protestó Mylène-, no te han hecho nada las pobres bestias.
Porque el chino le sacaba el jugo a todo. Había llamado a Mylène cuando se había enterado de la naturaleza de su actividad. Le había propuesto asociarse con él y lanzar una línea de productos de belleza, «Belles de Paris». Quería fabricar los envases en Francia para conseguir la etiqueta «Made in France» grabada en los botes. Eso aseguraría el éxito de los cosméticos en el mercado chino. Además, tiene suerte el tío, rabió Antoine recargando su fusil. En cuanto toca algo, se convierte en oro.
No era ese su caso.