Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
Salieron del ropero sin hacer ruido y entraron en la habitación de Alexandre donde los encontró Philippe, sentados en el suelo, leyendo tebeos.
– ¿Qué tal niños?
Se miraron incómodos.
– ¿Os he asustado? ¿Queréis que veamos una película juntos? Mañana no hay colegio, podéis acostaros tarde.
Aceptaron aliviados y se pelearon por elegir la película. Alexandre quería ver Matrix y Zoé, La bella durmiente, Philippe los reconcilió proponiendo ver El asesino vive en el 21.
– Así, Zoé, estarás contenta. Sentirás un poco de miedo, pero sabes que terminará bien.
Se acomodaron delante de la tele y, mientras Philippe ponía la película, los dos niños se lanzaron una mirada de complicidad.
Había sido Luca el que se lo había comentado seis meses antes: «En octubre próximo habrá un coloquio sobre lo sagrado en la Edad Media, en Montpellier, yo participo, debería usted venir e intervenir. Una publicación más le vendría muy bien». Iba a encontrarse con él en Montpellier. Hablaría el viernes. Ella estaba inscrita para el sábado por la tarde.
Había vuelto después de haber desaparecido todo el verano. Sin explicación. Un buen día se lo había cruzado en la biblioteca. Ella no se había atrevido a hacer preguntas. El había preguntado: «¿Ha pasado usted un buen verano? Tiene usted buena cara, ha adelgazado, le sienta bien… Me he comprado un móvil, detesto la idea de tener uno, pero debo reconocer que es práctico. No sabía cómo contactar con usted este verano, no sabía su número. Los dos estamos pasados de moda de verdad».
Ella había sonreído, conmovida al oírle decir «los dos», conmovida de que él se comparase con ella. Después se había repuesto y había presumido de los encantos del verano, Deauville, París en el mes de agosto, la biblioteca casi vacía, la circulación fácil, las orillas del Sena, París Playa.
Vino a buscarla a la estación. Con su eterna parka, la sonrisa en los labios, una barba de tres días que sombreaba sus hundidas mejillas. Parecía feliz de que ella estuviese allí. Cogió su bolso y la condujo hasta la salida apoyando ligeramente la mano en su hombro. Ella caminaba mirando a uno y otro lado para ver si la gente la miraba acompañada de un hombre tan guapo. Eso le elevaba su autoestima.
– Yo también me he comprado un móvil.
– ¡Ah! Muy bien… Ya me dará el número.
Pasaron delante de un quiosco: en el escaparate se presentaba una larga fila de ejemplares de Una reina tan humilde. Joséphine sintió un sobresalto.
– ¿Ha visto eso? -dijo Luca-. ¡Qué éxito! Lo compré después de toda la publicidad que hicieron y no está nada mal. Nunca leo novelas recientes, pero esta, por la época en la que se desarrollaba, tuve ganas de leerla. La devoré. Muy bien escrita. ¿La ha leído usted?
Joséphine balbuceó que sí y, cambiando de tema de conversación, le preguntó qué tal iban las conferencias. Sí, los conferenciantes eran interesantes, sí, su intervención había ido bien, sí, habría una publicación.
– Y esta noche, si no tiene usted inconveniente, la invito a cenar. He reservado una mesa en un restaurante al borde del mar. Me han hablado muy bien…
La tarde pasó rápido. Ella habló durante veinte minutos con voz clara y segura en un anfiteatro, ante una treintena de personas. Se mantuvo derecha y se sorprendió de su nueva seguridad. Algunos colegas vinieron a felicitarla. Uno de ellos hizo alusión al éxito de Una reina tan humilde, congratulándose de que el siglo XII fuese por fin destacado y liberado de sus tópicos. «Hermosa obra, hermoso trabajo», concluyó al dejarla. Joséphine se preguntó si hablaba de su conferencia o de la novela, y luego se recuperó diciéndose que las había escrito la misma persona. ¡Voy a acabar por olvidarlo! Se dijo guardando sus papeles.
Se encontró con Luca en el hotel. Cogieron un taxi para ir al restaurante en la playa de Carnon y ocuparon una mesa al borde del mar.
– ¿No tiene usted frío? -preguntó él desplegando el menú.
– No. Con la calefacción exterior gratinándome los hombros bastará -respondió ella, riéndose, indicando con el mentón el brasero que servía de calefacción auxiliar.
– Va usted a acabar asada. Y la pondrán en el menú.
Rio y eso le transformó. Tenía un aspecto más joven y más ligero, liberado de las sombras que habitualmente le rodeaban.
Ella se sentía de buen humor, desenvuelta. Echó un vistazo al menú y decidió pedir lo mismo que Luca. El pidió vino con aire serio. Es la primera vez que le veo tan relajado, quizás, después de todo, se sienta feliz en mi compañía.
Le hizo preguntas sobre sus hijas, le preguntó si siempre había tenido ganas de tener hijos o si Hortense y Zoé habían sido los frutos del azar conyugal. Ella le miró extrañada. Nunca se había planteado esa cuestión.
– De hecho, sabe, antes yo no pensaba demasiado. Fue después de mi separación de Antoine cuando la vida se hizo más complicada. También más interesante… Antes, dejaba pasar la vida, seguía mi pequeño camino trazado: me casé, tuve hijos y hubiese envejecido con mi marido, para después convertirme en abuela. Una vida pequeña sin historia. Es la separación la que me ha despertado…
– ¿Y el despertar fue duro?
– Bastante duro, sí.
– ¿Recuerda usted cuando fuimos al cine, la primera vez?, me dijo que estaba escribiendo un libro y después se corrigió, me gustaría saber si fue un error de lenguaje o…
– ¿Yo dije eso? -preguntó Joséphine para ganar tiempo.
– Sí. Debería usted escribir, tiene una forma muy seductora de hablar de historia antigua. La he estado escuchando esta tarde.
– ¿Y usted? ¿Por qué no escribe?
– Porque para escribir tiene que ser uno su propio jefe, tener un punto de vista, saber quién es… Y eso todavía no lo sé.
– Y, sin embargo, da usted una impresión completamente diferente.
– ¿Ah, sí?
Había levantado una ceja y jugaba con su vaso de vino.
– Entonces diremos que las apariencias engañan… De hecho, las apariencias engañan casi siempre. Sabe, tenemos algo en común, los dos somos unos solitarios… La observo en la biblioteca, no habla con nadie, me siento muy halagado de que se haya interesado por mí.
Ella se sonrojó y balbuceó:
– ¡Se burla usted de mí!
– No, hablo en serio. Trabaja con los ojos hundidos en sus libros y se marcha como un ratoncito. ¡Salvo cuando deja caer los libros!
Joséphine se echó a reír.
Reinaba una atmósfera irreal en torno a aquella cena. No se podía creer que fuera ella la que estaba sentada frente a él en esa terraza al borde del mar. Su timidez la abandonaba, tenía ganas de confiarse, de hablar. El restaurante se había llenado y un fuerte murmullo había reemplazado a la calma del principio de la velada. Estaban obligados a acercarse el uno al otro para hablar, y eso reforzaba su intimidad.
– Luca, me gustaría hacerle una pregunta muy personal.
Atribuyó su atrevimiento al vino, a la brisa marina de ese final de verano que todavía se sentía en los manteles blancos, en las faldas cortas de las mujeres. Se sentía bien. Todo lo que la rodeaba parecía repleto del mismo bienestar. El vaho de la noche dibujaba guirnaldas sobre el parqué de madera, y Joséphine leía en ello un mensaje de aliento. Tenía la impresión, inhabitual en ella, de estar acorde con el decorado. Sentía que la felicidad estaba al alcance de su mano y no quería dejarla pasar.
– ¿Por qué no se ha casado usted nunca? ¿Nunca ha tenido ganas de tener hijos?
No respondió. Se ensombreció, sus ojos se fijaron en el horizonte y sus labios se convirtieron en dos trazos cerrados, amargos.
– Preferiría no contestar, Joséphine…
Sintió de nuevo esa penosa sensación de haber cometido una torpeza.
– Lo siento, no quería herirle.