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Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos

Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:

Josephine tiene cuarenta años, está casada y tiene dos hijas, Hortense y Zoé. Es consciente de que su matrimonio ha fracasado, pero sus inseguridades le impiden tomar una decisión. A Antoine, su marido, le despidieron hace un año de la armería de caza donde trabajaba y desde entonces se dedica a languidecer en el apartamento y a engañar a su mujer.
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
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– No me ha herido. Después de todo, soy yo el que empezó a hacer preguntas personales.

Pero si sólo hablamos de generalidades y de la Edad Media, nunca sabremos nada el uno del otro, protestó ella sin decir palabra. Ese verano, hojeando revistas, le había visto de nuevo en anuncios, uno para un perfume masculino; sostenía en sus brazos una larga mujer morena de largos cabellos que reía a carcajadas, dejando adivinar un talle fino y musculoso. Joséphine había observado detenidamente ese anuncio: había en los ojos de Luca una intensidad que ella no conocía todavía. Un deseo grave e imperioso. Los hombres querrán comprar esa colonia para parecerse a él. Se había preguntado si no debería dejarse el pelo largo como la chica morena.

– Le he visto este verano en un anuncio para una colonia, creo -dijo, deseando cambiar de tema.

– No hablemos de eso, ¿quiere?

Su mirada volvió a ser misteriosa, impenetrable. Giró la cabeza hacia el interior del restaurante como si esperase a alguien. El hombre amable, jovial, con el que hablaba hacía unos segundos se había marchado y no quedaba más que un extraño.

– Hace frío, ¿quiere usted que nos vayamos?

En el taxi que los llevaba al hotel, Joséphine le observaba. El se mantenía en una esquina y miraba por la ventanilla.

– Lo siento, no debí hacerle esas preguntas. Estábamos tan bien antes de que yo hablase, me dejé llevar.

La miró con infinita dulzura y con cansancio a la vez, y, atrayéndola hacia él, pasó su brazo alrededor de su cintura.

– Es usted encantadora, Joséphine. No sabe hasta qué punto me conmueve. No cambie nunca, por favor, no cambie nunca.

Había pronunciado estas últimas palabras como una súplica. Joséphine se sorprendió de la intensidad que había en su voz.

Él le levantó la cabeza, colocó un dedo bajo su mentón y, forzándola a mirarle a los ojos, añadió:

– Soy yo el que soy imposible. Me siento mejor cuando está a mi lado. Me calma, me gusta hablar con usted.

Ella apoyó la cabeza sobre su hombro y se dejó llevar. Respiraba su olor, intentando identificar la verbena y el limón, la madera de sándalo y la corteza de naranja, preguntándose si era el mismo perfume del anuncio. Las farolas de las avenidas desfilaban por la ventana; ella deseaba que el paseo nocturno no terminase nunca. El brazo de Luca en torno a su cintura, el silencio de la noche, el traqueteo regular del coche y de los delgados árboles que se erguían pálidos a la luz de los faros. Se abandonó sin pensar cuando le besó. Un largo beso suave, tierno, que sólo se interrumpió cuando el taxi se detuvo ante el hotel.

Cogieron sus llaves en silencio, subieron al tercer piso en el que se encontraban sus habitaciones y cuando Luca, en el umbral de su habitación, extendió el brazo para entrar, ella le dejó hacer.

Ella le dejó hacer cuando él apoyó sus manos sobre sus hombros y volvió a besarla.

Ella le dejó hacer cuando él levantó su jersey para acariciarla.

Ella le dejó hacer…

Pero, justo cuando ella estaba a punto de abandonarse contra él, la imagen de la mujer morena del anuncio vino a interponerse entre Luca y ella. Vio su fino talle, su vientre bronceado, musculoso, sus brazos delicados echados hacia atrás; apretó los dientes, contrajo su vientre, lo aspiró con todas sus fuerzas para que él no sintiese los michelines de su cintura, estoy gorda, soy fea, va a desnudarme, se va a dar cuenta… Se imaginó desnuda junto a éclass="underline" una madre de familia con cabellos finos y lacios, granitos en la espalda, una gruesa cintura, unas bragas enormes de algodón blanco…

Ella le rechazó y murmuró «no, no, no, por favor, no».

El se irguió extrañado. Se recuperó. Se disculpó y, hablando con tono ligero, declaró:

– No volveré a importunarla. No hablemos más de ello. ¿Nos vemos mañana en el desayuno?

Ella asintió con la cabeza, acongojada, y le vio desaparecer.

* * *

– ¡Idiota, Shirley! Me comporté como una idiota. El estaba allí contra mí, me besaba, me gustaba tanto, tanto, y yo no pensé más que en mis michelines, en mis bragas de algodón blanco… Se fue y lloré, lloré… Al día siguiente, en el desayuno, nos comportamos como si nada hubiese pasado. El muy amable, muy dulce, pasándome la cesta de los cruasanes, preguntándome si había dormido bien, a qué hora era mi tren. Y yo, negándome a comer un solo cruasán por puro odio al michelín invasor. Ese hombre es el sueño de mi vida ¡y yo lo rechazo! Estoy loca, creo que estoy loca… Se acabó, no pasará nada nunca más. Mi vida está acabada.

Shirley dejó que terminara su perorata y después, extendiendo con un rodillo de pastelería la masa de tarta blanca y elástica sobre la mesa, declaró:

– Tu vida no está acabada, apenas ha comenzado. El único problema es que tú no lo sabes. Acabas de escribir un libro que está triunfando…

– No gracias a mí.

– ¿No eres tú la que ha escrito el libro?

– Sí, pero…

– Tú y nadie más -replicó Shirley, apuntando con el rodillo de pastelería a Joséphine con gesto amenazante.

– Sí, pero…

– Pero tú no sabías que podías escribir. Así que seamos positivas, tu hermana te ha hecho un favor… No lo habrías escrito si no te lo hubiese pedido y, además, vas a ganar mucho dinero.

– Eso seguro.

– Gracias a ella, sabes que puedes hacerlo. Punto para ti. Ahora, hazme un favor y olvídate de ese libro. Olvida ese libro y continúa con tu vida tranquila… Escribe, ¡escribe para ti! Trabaja por tu cuenta. Deseas a un hombre y lo rechazas, deseas escribir y dudas, joder, Jo, espabila un poco, eres exasperante con tus vacilaciones y tus dudas. Y, sobre todo, sobre todo, ¡deja de pensar que eres fea y gorda! No lo eres.

– ¿Entonces por qué me veo así? ¿Puedes explicármelo?

– Audrey Hepburn estaba convencida de que era fea, acuérdate. ¡Todas creemos que somos feas!

– ¡Tú, no!

– Digamos que yo he recibido más amor que tú al principio. Mi madre me amaba con locura, aunque tuviera que esconderse para amarme, pero me amaba con locura. ¡Y mi padre también!

– ¿Y cómo era tu madre?

Shirley dudó un instante, agujereó la pasta extendida con un tenedor y después dijo:

– Nunca decía nada, no demostraba gran cosa, pero bastaba con que yo entrase en la habitación en la que se encontraba para que su rostro se iluminase, su frente se relajase y que todas sus preocupaciones desapareciesen. No me estrechaba en sus brazos, no me besaba, pero me dedicaba una mirada de amor tal que yo la recibía cerrando los ojos de felicidad. Lo sentía tan fuerte que, a veces, volvía a entrar adrede en la habitación en la que se encontraba sólo para leer de nuevo la alegría en su rostro. Me construyó sin una palabra, sin un gesto; me dio una base tan sólida que no tengo las mismas dudas que tú…

– ¿Y tu padre? -preguntó Joséphine, sorprendida de que Shirley se pusiese a hablar de su infancia y con la intención de aprovecharlo al máximo.

– Mi padre también. Tan silencioso y discreto como mi madre. Ni un gesto en público, ni un beso ni una caricia. No podía. Pero estaba allí, siempre. Los dos. Siempre han estado allí, y puedo asegurarte que no era fácil para ellos… Tú no tuviste eso; creciste sola, sin una base sólida. Todavía caminas torpemente, pero ya lo conseguirás, Jo, ya lo conseguirás.

– ¿Tú crees? Después de lo que pasó la última noche con Luca no tengo muchas esperanzas…

– Ha sido un accidente. Pero no se ha acabado. Y si no es con él, será con otro…

Joséphine suspiró y contó las rodajas de manzana que Shirley desplegaba ahora sobre la pasta.

– ¿Por qué las cortas tan finas?

– Porque es mejor… Más crujiente.

– ¿Dónde aprendiste a cocinar?

– En la cocina…

– ¡Qué graciosa!

– Se acabaron las confidencias por hoy, guapa. Ya te he contado mucho… ¿Sabes que te estás volviendo astuta?

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