Juego Del Destino
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:
Para su sorpresa, los periódicos locales hacían poco caso del resultado en Ipswich, pues afirmaban que Chelsea, con un padrón electoral de más de once mil personas, ofrecería un indicador mucho más claro de las opiniones del público sobre los dos hombres que lo que habían decidido un puñado de caciques locales. Nat, desde luego, se sintió mucho más a gusto y relajado en las calles, en los centros comerciales, en las puertas de las fábricas, en las escuelas y clubes que en las habitaciones llenas de humo, obligado a escuchar a unas personas que se creían con el «derecho divino» de designar al candidato.
Después de un par de semanas de estrechar manos a diestro y siniestro, Nat le comentó a Tom que se sentía muy animado al comprobar cuántas eran las personas que prometían votarle. En cualquier caso, no dejaba de preguntarse si Elliot estaba recibiendo la misma respuesta.
– No tengo la menor idea -contestó Tom, mientras salían para asistir a otro mitin-, pero sí te puedo decir que se nos está acabando el dinero. Si mañana nos dan una paliza, habremos participado en la campaña más corta de la historia. Claro que siempre podríamos hacer público el respaldo de Bush, porque eso seguramente nos aportaría algunos votos.
– De ninguna manera -replicó Nat con mucha firmeza-. Se trató de una llamada personal, no de un respaldo oficial.
– Sin embargo, Elliot no deja de hablar de su visita a la Casa Blanca y su encuentro con su viejo amigo George, como si hubiese sido una cena para dos.
– ¿Tú cómo crees que se sienten al respecto los demás miembros de la delegación republicana?
– Eso es demasiado sutil para el votante medio -señaló Tom.
– Nunca lo subestimes -declaró Nat.
Nat no recordaba gran cosa del día en que se celebraron las elecciones primarias en Chelsea; solo sabía que había estado en constante movimiento. Cuando se anunció minutos después de la medianoche que Elliot había obtenido 6.109 votos frente a los 5.302 de Cartwright, la única pregunta de Nat fue:
– ¿Podemos permitirnos continuar ahora que Elliot cuenta con veintisiete delegados contra diez nuestros?
– El enfermo todavía respira -replicó Tom-, aunque muy débilmente, así que nos queda Hartford; si Elliot gana allí también, no podremos impedir que nos arrolle. Da gracias de que aún tienes un empleo al que volver -añadió con una sonrisa.
La señora Hunter, que solo había conseguido dos votos para el colegio electoral, admitió la derrota, dijo que se retiraba de la campaña y que anunciaría en breve a cuál de los dos candidatos daría su apoyo.
Nat agradeció retornar a su ciudad natal, donde la gente en la calle lo trataba como a un amigo. Tom sabía el tremendo esfuerzo que debían hacer en Hartford, no solo porque representaba la última oportunidad, sino que además, al ser la capital del estado, tenía el mayor número de votos electorales, diecinueve en total, que de acuerdo con la regla prehistórica de que el ganador se lo llevaba todo, permitiría que si Nat se proclamaba ganador, se situara en cabeza con veintinueve delegados contra veintisiete. Si perdía, podría deshacer las maletas y marcharse a casa.
Durante la campaña, los candidatos fueron invitados a participar juntos en diversos actos, pero cada vez que asistían, en contadas ocasiones hacían caso el uno del otro; desde luego, nunca se detenían para mantener una charla.
Cuando solo faltaban tres días para la celebración de las primarias, la encuesta sobre intención de voto publicada por el Hartford Courant situaba a Nat con dos puntos de ventaja sobre su rival; también publicaron la noticia de que la señora Barbara Hunter daba todo su apoyo a Cartwright. Este era exactamente el impulso que necesitaba la campaña de Nat. A la mañana siguiente, advirtió que eran muchos menos los trabajadores que le apoyaban en la calle y que en cambio aumentaban sensiblemente las personas que se acercaban para estrecharle la mano.
Se encontraba en el centro comercial Robinson cuando recibió un mensaje de Murray Goldblatz: «Necesito hablar con usted urgentemente». Murray no era un hombre aficionado a utilizar la palabra urgente a menos que quisiera decir eso en el más estricto sentido literal. Nat dejó a su equipo para que continuara con su tarea propagandística y les aseguró que no tardaría en volver. No volvieron a verlo en todo el día.
Cuando Nat llegó al banco, la recepcionista le informó de que el presidente se encontraba en la sala de juntas con el señor y la señora Russell. Nat entró en la sala y ocupó su sitio habitual enfrente de Murray, pero por las expresiones que vio en los rostros de los tres comprendió que las noticias no eran buenas. Murray fue directamente al grano.
– Tengo entendido que esta noche habrá un acto donde participarán usted y Ralph Elliot.
– Así es -asintió Nat-. Es el último acto de la campaña antes de los comicios de mañana.
– Tengo una espía en el equipo de Elliot -prosiguió Murray-; me ha dicho que le tienen preparada una pregunta para esta noche que podría dar al traste con toda su campaña. No ha podido averiguar de qué se trata y no se ha atrevido a insistir, para no despertar sospechas. ¿Tiene alguna idea de lo que podría ser?
– No, no se me ocurre nada -respondió Nat.
– Quizá descubrió el asunto de Julia -señaló Tom en voz baja.
– ¿Julia? -repitió Murray, intrigado.
– No, no me refiero a mi esposa -le aclaró Tom-. A la primera señora Kirkbridge.
– No tenía idea de que existiera una primera señora Kirkbridge -manifestó el presidente.
– No había ninguna razón para que lo supiera -declaró Tom-. Pero siempre he temido que algún día acabarían por descubrir la verdad.
Murray escuchó atentamente mientras Tom le relataba cómo había conocido a la mujer que se hacía pasar por Julia Kirkbridge y cómo la impostora había firmado el cheque bancario y acto seguido retiró todo el dinero de la cuenta.
– ¿Dónde está ahora el cheque? -preguntó Goldblatz.
– Supongo que en algún lugar de las catacumbas del ayuntamiento.
– Entonces debemos dar por hecho que ahora está en manos de Elliot. ¿Quebrantaron ustedes técnicamente alguna ley?
– No, pero no cumplimos con nuestro acuerdo escrito con el ayuntamiento -dijo Tom.
– Por otro lado, el proyecto de Cedar Wood fue un gran éxito, todos los que han participado en él han obtenido pingües beneficios -concluyó Nat.
– En consecuencia -apuntó Murray-, solo nos queda una alternativa. Puede preparar una declaración con todos los hechos y hacerla pública esta misma tarde, o de lo contrario, esperar a que estalle la bomba esta noche y tener respuesta para todas las preguntas que se formulen.
– ¿Cuál es su recomendación? -quiso saber Nat.
– Yo no haría nada. En primer lugar, mi espía puede estar equivocada; en segundo lugar, el proyecto de Cedar Wood puede no ser una fruta envenenada, en tal caso habría abierto la caja de los truenos sin ninguna necesidad.
– ¿Qué otra cosa podría ser? -preguntó Nat.
– ¿Rebecca? -propuso Tom.
– ¿A qué te refieres? -replicó Nat.
– Que después de dejarla embarazada, la obligaste a someterse a un aborto.
– Eso no es ningún delito -opinó Murray.
– A menos que ella declare que fue una violación.
Nat se echó a reír al escuchar estas palabras.
– Elliot jamás sacará el tema, porque es muy probable que él fuese el padre y el aborto está excluido de su intención de presentarse como un santo.
– ¿No ha considerado la posibilidad de tomar la iniciativa en el ataque? -le preguntó Murray.
– ¿Qué se le ha ocurrido esta vez? -dijo Nat.