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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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— Bueno, sí, pero…

— Pues se equivoca. Las dos se equivocan.

Verna se volvió hacia ella.

— ¿Tú crees?

— Pues claro. Hermana Phoebe —la hermana Dulcinia miró a su compañera—, nosotras dos podríamos leer, ordenar, valorar y despachar todos esos informes en una sola semana o dos, ¿verdad?

— Incluso en menos de una semana —repuso Phoebe con altivez—. Nadie sabe mejor que nosotras cómo revisarlos. Quiero decir… —se sonrojó y miró a Verna— excepto vos, Prelada.

— ¿Estáis seguras? Es una enorme responsabilidad. Por nada del mundo deseo que os pilléis los dedos con esto. Lleváis muy poco tiempo en el puesto. ¿De veras creéis que ya estáis preparadas?

— Sin duda —resopló Dulcinia. Muy decidida fue hasta el escritorio y cogió una enorme pila de informes—. Nosotras nos ocupamos. Vos sólo tenéis que revisar nuestro trabajo y no veréis ninguna diferencia entre nuestras decisiones y las vuestras. Sabemos lo que tenemos entre manos. Ya veréis. Y esas dos también lo verán —añadió, ceñuda.

— Bueno, si realmente os veis capaces… os daré una oportunidad. Después de todo sois mis administradoras.

— De eso no hay duda. Phoebe —dijo a su compañera, ladeando la cabeza hacia el escritorio—, coge una pila.

Phoebe cogió un alto montón de informes y retrocedió un paso, tambaleante, tratando de que no se le cayeran.

— Estoy segura que la Prelada tiene asuntos más importantes que atender que hacer un trabajo que sus administradoras podemos despachar fácilmente —comentó.

Verna cruzó las manos sobre el cinturón.

— Bueno, os nombré mis administradoras porque confío en vuestras capacidades. Supongo que es justo que os dé la oportunidad de demostrarlas. Después de todo, las administradoras de la Prelada son de vital importancia en el gobierno de palacio.

Dulcinia esbozó una astuta sonrisa.

— Ya veréis lo vitales que somos, Prelada. Y también lo verán vuestras consejeras.

— Debo decir que me habéis impresionado, Hermanas. Bueno, tengo que atender algunos asuntos. Estaba tan ocupada revisando informes que no he tenido tiempo de comprobar que mis consejeras cumplen como es debido con sus responsabilidades. Ya es hora de que lo haga.

— Muy bien dicho, Prelada —dijo Dulcinia mientras salía del despacho tras Phoebe—. Es una medida muy prudente.

Cuando la puerta se cerró Verna dejó escapar un enorme suspiro. Creía que nunca podría librarse de aquellos malditos informes. Mentalmente dio las gracias a la prelada Annalina. Al darse cuenta de que sonreía, enseguida puso cara seria.

Warren no respondió a la llamada a la puerta, y cuando Verna asomó la cabeza en su cuarto vio que no había dormido en su cama. Con una punzada de remordimiento recordó que le había ordenado que no saliera de las criptas hasta que no desentrañara la profecía. ¡Pobre Warren! Seguramente se lo habría tomado al pie de la letra y se habría quedado dormido sobre los libros. Verna se avergonzaba del modo en que le había hablado después de ver al sepulturero. Saber que la Prelada y Nathan seguían vivos la llenaba de júbilo, pero en esos momentos estaba furiosa y Warren había pagado el pato.

Para no causar ningún revuelo bajó la escalera y recorrió los pasillos sin enviar por delante una escolta que vaciara las criptas. Sería más seguro fingir que se trataba de una inspección rutinaria y avisar discretamente a Warren de que se reuniera con ella en su habitual lugar de encuentro, junto al río. Lo que debía comunicarle era demasiado importante para arriesgarse a decírselo en las criptas.

Tal vez a Warren se le ocurriría un modo de desenmascarar a las Hermanas de las Tinieblas. En ocasiones, la inteligencia de Warren la sorprendía. Verna se besó el anillo para disipar la angustia que sentía al recordar que debería alejarlo de palacio. Debía marcharse cuanto antes.

Con una triste sonrisa pensó que tal vez, lejos de palacio, a Warren le saldrían algunas arrugas en ese rostro suyo de apariencia tan joven, y que al regresar harían mejor pareja.

La hermana Becky, en avanzado estado de gestación, impartía a un grupo de novicias mayores una lección sobre los aspectos más complejos de las profecías. En esos momentos hablaba del peligro de una falsa profecía como resultado de las bifurcaciones seguidas en el pasado. Una vez que ocurría un acontecimiento anunciado en un profecía, si ese acontecimiento llevaba consigo una bifurcación disyuntiva —tipo «A o B»— los hechos habían resuelto esa profecía; una rama de la bifurcación había resultado ser verdadera y la otra se demostraba que era una profecía falsa.

La dificultad estribaba en que de cada rama colgaban otras profecías pero que, en el momento de dictar la profecía, aún no se sabía qué bifurcación seguirían los acontecimientos. Una vez resuelta, cualquier profecía vinculada a la rama muerta se convertía en una profecía falsa, pero muchas veces era imposible determinar con exactitud de qué bifurcación dependían las profecías, por lo que las criptas estaban atestadas de papel mojado.

Verna se dirigió a la pared del fondo y escuchó un rato las preguntas de las novicias. Se sentían frustradas por todos los problemas que implicaba la interpretación de las profecías, y porque muchas de sus preguntas no tuvieran respuesta. Por lo que Warren le había dicho, Verna sabía que las Hermanas sabían menos de profecías de lo que ellas creían.

En realidad, las profecías debían ser interpretadas por un mago dotado con un don de naturaleza profética. En los últimos miles de años Nathan había sido el único mago profeta. Verna sabía que Nathan comprendía las profecías de un modo que estaba lejos del alcance de cualquier Hermana, excepto quizá de la prelada Annalina. También Warren poseía un talento oculto para las profecías.

Mientras la hermana Becky pasaba a explicar los enlaces a través de sucesos clave y la cronología, Verna se dirigió en silencio hacia las cámaras del fondo, donde Warren solía trabajar. Pero no había nadie y todos los libros habían sido devueltos a sus correspondientes estantes. Desconcertada, Verna no sabía dónde buscarlo. Hasta entonces había sido fácil dar con Warren, pero eso era porque casi siempre estaba trabajando en las criptas.

Mientras regresaba caminando por los pasillos que quedaban entre las largas estanterías llenas de libros, se encontró con la hermana Leoma. Su administradora la saludó con una cálida sonrisa e inclinó la cabeza. Se había sujetado a la espalda la larga y lacia melena de pelo blanco con un lazo dorado. En las arrugas de su rostro Verna detectó un aire de preocupación.

— Buenos días, Prelada. Que el Creador os bendiga en este nuevo día.

Verna le devolvió la sonrisa.

— Gracias, Hermana. Hace un día espléndido. ¿Cómo va con las novicias?

Leoma lanzó un vistazo a la mesa alrededor de la cual las muchachas estaban sentadas, muy concentradas.

— Serán unas excelentes Hermanas. He estado observando sus lecciones y todas ellas están siempre muy atentas. —Sin posar su mirada en Verna, le preguntó—: ¿Buscabais a Warren?

— Pues sí. —Verna retorció el anillo en su dedo—. Iba pedirle que comprobara unos datos. ¿Lo has visto por aquí?

Cuando, finalmente, Leoma posó en ella sus ojos, su rostro surcado por arrugas reflejaba auténtica preocupación.

— Verna, me temo que Warren no está aquí.

— Ya lo veo. Bueno, ¿sabes dónde puedo encontrarlo?

Leoma lanzó un profundo suspiro.

— No. Lo que quiero decir es que Warren se ha marchado.

— ¿Marchado? ¿Cómo que marchado?

La mirada de la hermana Leoma se desvió hacia las sombras que se formaban entre los estantes.

— Ha abandonado palacio. Se ha ido.

— ¿Estás segura? —Verna no se lo podía creer—. Tienes que estar equivocada. Tal vez…

Leoma se apartó un mechón de blancos cabellos.

— Verna, anteanoche vino a verme y me anunció que se marchaba.

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