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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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La Prelada habría contestado las innumerables preguntas que Verna le formuló sobre la administración, cómo funcionaban las cosas y cómo manejar a consejeras, administradoras y a las demás Hermanas. Las lecciones de Ann habían sido reveladoras.

Verna nunca había sido consciente del pleno alcance de la política interna, que gobernaba casi todos los aspectos de la vida en el Palacio de los Profetas y de sus leyes. El poder de una Prelada dependía, en parte, de formar las alianzas correctas y usar los deberes y el poder, cuidadosamente asignados, para controlar la oposición. A las Hermanas más influyentes, divididas en facciones y responsables de su propio espacio, se les daba amplia libertad en áreas muy restringidas de modo que no se unieran en su oposición contra la Prelada. La información se daba o se retenía en un proceso cuidadosamente controlado para mantener en equilibrio de influencia y poder a las facciones opositoras. En dicho equilibrio la Prelada era el eje central, y ella controlaba los objetivos de palacio.

Aunque las Hermanas no podían destituir a una Prelada excepto en el caso de traición contra el palacio y el Creador, con sus mezquinas rivalidades y luchas por el poder podían obstaculizar el buen funcionamiento de palacio. Era tarea de la Prelada controlar esa energía y dirigirla hacia objetivos provechosos.

Verna descubrió que para gobernar el palacio y realizar el trabajo del Creador no bastaba con asignar las diferentes tareas, sino que era preciso saber cómo tratar a todo el mundo y no herir la susceptibilidad de sus ayudantes. Verna jamás había imaginado que administrar el palacio fuese eso. Para ella todos formaban una familia feliz que compartían el mismo objetivo de realizar el trabajo del Creador siguiendo los dictados de la Prelada, sin oposiciones. Pero eso era gracias a la habilidad de la prelada Annalina para tratar a las Hermanas. Gracias a ella el palacio funcionaba y todas las Hermanas trabajaban por una misma meta de tal manera que todas estaban satisfechas con la parte que les tocaba, o al menos eso le parecía a Verna.

Después de hablar con Annalina Verna se sentía menos apta que nunca para ocupar el puesto de Prelada, pero al mismo tiempo se sentía más preparada. Era increíble todo lo que la Prelada sabía sobre los asuntos más triviales de palacio. No era de extrañar que la prelada Annalina lo hiciera parecer fácil; era una auténtica maestra en ello, una malabarista capaz de mantener en el aire una docena de pelotas mientras sonreía y daba cariñosas palmaditas en la cabeza a una novicia.

Verna se frotó los ojos y bostezó. Apenas había dormido pero tenía trabajo por hacer y no podía remolonear. Se guardó el libro de viaje —del que había borrado todos los mensajes— en el cinturón y se dirigió a su oficina. A medio camino se detuvo en el estanque para refrescarse la cara.

Dos patos de color verde se acercaron nadando, muy interesados por aquella intrusa que invadía su mundo particular. Después de dar unas cuantas vueltas alrededor decidieron acicalarse las plumas con el pico, satisfechos de que la humana se contentara con un poco de su agua. Pese a la inquietud que le causaba todo lo que había averiguado, Verna también se sentía optimista. Del mismo modo que la luz del nuevo día lo iluminaba todo a su alrededor, también su mente había visto por fin la luz.

Mientras sacudía las manos para secarlas, no podía dejar de pensar en cómo podría descubrir a las Hermanas que se habían entregado al Custodio. El hecho de que la Prelada tuviera fe en ella y se lo hubiera ordenado no significaba necesariamente que pudiera realizar la misión con éxito. Verna suspiró y besó el anillo de Prelada mientras suplicaba al Creador que la ayudara.

Se sentía ansiosa por comunicar a Warren que la prelada Annalina y Nathan seguían vivos, y todo lo que la Prelada le había contado, aunque la entristecía pensar que tendría que pedirle que se ocultara. ¿Cómo se las apañaría sin él? Tal vez si Warren hallaba un escondite cercano y seguro, de vez en cuando podría visitarlo y mitigar así la soledad.

Una vez en su oficina sonrió al ver las tambaleantes pilas de informes que esperaban. Con las puertas del jardín abiertas para que entrara el fresco aire de la mañana y se renovara el aire viciado, empezó a igualar las pilas, a poner todos los documentos en orden y luego alineó los montones en el borde del escritorio. Por primera vez vio algo de la madera del tablero.

Cuando la puerta se abrió alzó la vista. Phoebe y Dulcinia, ambas cargadas con más informes, se sobresaltaron al verla.

— Buenos días —saludó con voz chispeante.

— Disculpadnos, Prelada —respondió Dulcinia. Sus penetrantes ojos azules quedaron prendidos en los informes perfectamente apilados—. No sabíamos que la Prelada ya estaba trabajando tan temprano. No pretendíamos interrumpiros. Ya vemos que tenéis mucho por hacer. Pondremos éstos junto a los otros, si no os importa.

— Oh, sí, os lo ruego —las animó Verna con un gesto—. Leoma y Philippa se alegrarán de que me los hayáis traído.

— ¿Prelada? —La redonda faz de Phoebe reflejaba confusión.

— Oh, ya sabéis a qué me refiero. Naturalmente a mis consejeras les gusta asegurarse de que el palacio funciona como una máquina perfectamente engrasada. Leoma y Philippa se sienten muy inquietas.

— ¿Inquietas por qué? —inquirió Dulcinia poniendo ceño.

— Por los informes, claro está. No creo que quisieran que dos personas tan nuevas en este trabajo, como vosotras, deban asumir tal responsabilidad. Quizá, si continuáis esforzándoos y demostráis vuestra valía, un día os pueda confiar esa tarea. Naturalmente, si mis consejeras lo consideran oportuno.

El ceño de Dulcinia se intensificó.

— ¿Qué ha dicho Philippa, Prelada? ¿Qué aspecto de mi experiencia considera inadecuado?

Verna se encogió de hombros.

— No me malinterpretes, Hermana. Mis consejeras no te han criticado en modo alguno. De hecho, te tienen en alta estima. No obstante, insisten mucho en que los informes son importantes y que, por tanto, debo revisarlos yo personalmente. No obstante, estoy convencida de que dentro de algunos años cambiarán de opinión y os considerarán preparadas.

— ¿Preparadas para qué? —preguntó Phoebe sin entender nada.

Verna agitó una mano hacia las pilas de informes.

— Bueno, es deber de las administradoras de la Prelada leer los informes y decidir sobre ellos. La Prelada simplemente revisa algunos para confirmar que sus administradoras están haciendo un buen trabajo. Puesto que mis consejeras me insistieron que yo misma revisara los informes, di por sentado que ellas… bueno, estoy segura de que no pretendían ofenderos pues siempre hablan maravillas de vosotras dos. —Verna chasqueó la lengua—. No obstante, me siguen recordando que debo ser yo misma quien revise los informes en bien del palacio.

— Nosotras ya hemos leído los informes —replicó Dulcinia, muy tensa e indignada—, todos y cada uno de ellos, para asegurarnos de que están en orden. Nadie los conoce mejor que nosotras. ¡El Creador sabe que incluso los veo en mis sueños! Nos damos cuenta de que algo está mal y os lo indicamos, ¿no es cierto? Y os señalamos las cuentas que no cuadran. No entiendo cómo esas dos os insisten tanto en que los reviséis personalmente.

Verna se acercó tranquilamente a una estantería y fingió buscar un volumen en particular.

— Estoy segura de que ellas sólo tienen en cuenta el bien de palacio, Hermana. Después de todo, sois nuevas en el puesto. Creo que dais una importancia exagerada a sus recomendaciones.

— ¡Tengo la misma edad que Philippa! ¡Y la misma experiencia que ella!

— Hermana, Philippa no te ha acusado de nada —dijo Verna con su tono más humilde, y la miró brevemente de reojo.

— Ella os aconsejó que revisaseis los informes personalmente, ¿no es así?

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