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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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Bajo los tejados de hierba los músicos tocaban tambores y boldas, tubos largos y huecos con forma de campana y ondulaciones talladas sobre las que se pasaba una especie de lengüeta. Las misteriosas melodías, con las que se invitaba a los espíritus de los antepasados al banquete, resonaban por la llanura. Enfrente, al aire libre, había otro grupo de músicos. Los sonidos de ambos a veces se confundían y otras se separaban, estableciendo un inquietante diálogo de golpes y redobles de tambor que en algunos momentos se volvía frenético. Hombres disfrazados de animales o pintados como estilizados cazadores, brincaban y danzaban, representando leyendas de la gente barro. Los rodeaban exultantes niños, que los imitaban y golpeaban en el suelo con los pies al ritmo de los tambores. Las parejas jóvenes contemplaban toda aquella actividad un poco apartadas e intercambiaban arrumacos en los rincones más oscuros. Kahlan nunca se había sentido tan sola.

Savidlin, con la piel de coyote limpia alrededor de los hombros, dio con ellos y los arrastró hasta donde estaban sentados los ancianos sin dejar de dar palmaditas a Richard en la espalda. El Hombre Pájaro iba vestido con su habitual sencillez —pantalones y túnica de gamuza—; era lo suficientemente importante para permitírselo. Weselan estaba allí, al igual que las esposas de los demás ancianos, y fue a sentarse al lado de Kahlan, la cogió de la mano y le preguntó con sincera preocupación cómo tenía el brazo. Kahlan no estaba acostumbrada a que la gente se preocupara por ella. Era bonito formar parte de la gente barro, aunque no fuera más que teatro, porque ella era una Confesora y, por mucho que lo deseara, nadie podría cambiarlo. Así pues, hizo lo que aprendió de niña; poner a un lado sus emociones y pensar en la tarea que tenían por delante, en Rahl el Oscuro y en el poco tiempo que les quedaba. Y también en Dennee.

Richard, resignado a esperar un día más antes de la reunión, trataba de pasárselo bien, sonriendo y haciendo gestos de asentimiento ante los consejos que la gente barro le ofrecía y que él no comprendía. Los habitantes de la aldea desfilaban ante los ancianos en una procesión constante, para saludar con cariñosos cachetes a los últimos incorporados a la gente barro. Para ser sincera Kahlan tuvo que admitir que le prestaban tanta atención como a Richard. Algunas personas decidían quedarse junto a ellos un rato.

Sentados como estaban con las piernas cruzadas, depositaron ante ellos bandejas de junco y cuencos de cerámica llenos de diversos tipos de comida. Richard lo probó casi todo, recordando que debía usar la mano derecha, pero Kahlan se limitó a mordisquear un pedazo de pan de tava para no hacerles un feo.

—Esto está buenísimo —comentó Richard, al tiempo que cogía otra costilla—. Creo que es cerdo.

—Es jabalí —le corrigió Kahlan, mirando a los bailarines.

—Y la carne de venado también está muy sabrosa. Toma, prueba un poco. —El joven trató de darle un poco.

—No, gracias.

—¿Te pasa algo?

—No, no. Es sólo que no tengo hambre.

—No has comido nada de carne desde que estamos con la gente barro.

—No tengo hambre, eso es todo.

Richard se encogió de hombros y siguió comiendo la carne de venado.

Después de un rato la riada de personas que los saludaban fue menguando, dedicadas ya a otras actividades. Por el rabillo del ojo Kahlan vio que el Hombre Pájaro levantaba una mano para avisar a alguien. La mujer puso freno a sus sentimientos y adoptó una expresión que no revelaba el esfuerzo que hacía, tal como su madre le había enseñado; su cara de Confesora.

Entonces se acercaron con paso vacilante cuatro mujeres jóvenes, todas ellas sonriendo tímidamente y con el pelo embadurnado de barro. Richard las saludó con sonrisas, asentimientos y suaves cachetes, como al resto de la gente. Las jóvenes se daban codazos, se reían tontamente y comentaban en voz baja lo apuesto que era. Kahlan volvió la vista hacia el Hombre Pájaro, que hizo un gesto de asentimiento.

—¿Por qué se quedan? —preguntó Richard entre dientes—. ¿Qué quieren?

—Son para ti —contestó Kahlan en tono sereno.

La parpadeante luz del fuego iluminó el rostro del joven, que miraba a las muchachas sin entender nada.

—¿Para mí? ¿Y qué se supone que debo hacer con ellas?

Kahlan respiró hondo y clavó los ojos en los fuegos un instante.

—Yo sólo soy tu guía, Richard. Si necesitas que alguien te dé instrucciones para esto búscate a otro.

Hubo un momento de silencio.

—¿Las cuatro? ¿Para mí?

Kahlan lo miró y vio que Richard sonreía de oreja a oreja con gesto travieso. La mujer encontró su sonrisa irritante.

—No, tienes que escoger a una.

—¿Escoger a una? —repitió con aquella estúpida sonrisa aún en su rostro.

Kahlan se consoló pensando que, al menos, no iba a protestar sobre esa parte. Richard miró a las muchachas una por una.

—Elegir a una. Caray, será complicado. ¿Cuánto tiempo tengo para decidirme?

Kahlan clavó de nuevo la vista en el fuego y cerró los ojos un momento, tras lo cual se volvió al Hombre Pájaro.

—El Buscador pregunta cuándo debe decidir qué mujer elige.

—Antes de irse a la cama—repuso el Hombre Pájaro, un tanto sorprendido por la pregunta—.Entonces deberá elegir a una y dar a la gente barro un hijo. De este modo quedará unido a nosotros por lazos de sangre.

Kahlan se lo tradujo.

—Sabia costumbre —afirmó Richard tras ponderar la respuesta—. El Hombre Pájaro es muy sabio —dijo, volviendo la vista al Hombre Pájaro y asintiendo.

—El Buscador dice que eres muy sabio—le tradujo Kahlan, tratando de controlar la voz.

Tanto el Hombre Pájaro como los demás ancianos parecieron complacidos. Todo estaba saliendo a pedir de boca.

—Bueno, me temo que será una decisión difícil. Tendré que pensarlo con calma. No quisiera precipitarme.

Kahlan se apartó unos mechones de pelo de la cara y dijo a las muchachas:

—Al Buscador le cuesta decidirse.

Richard dirigió a las cuatro una amplia sonrisa y les indicó con un gesto impaciente que subieran a la plataforma. Dos se sentaron a un lado del joven y las otras dos se apretaron entre él y Kahlan, obligando a ésta a apartarse. Entonces se recostaron contra él, le pusieron las manos sobre los brazos y le palparon los músculos, riendo tontamente. Acto seguido comentaron con Kahlan lo fornido que era y que sus hijos serían muy robustos. También quisieron saber si Richard las encontraba atractivas y le pidieron que se lo preguntara.

—Quieren saber si las encuentras atractivas —tradujo Kahlan tras hacer otra profunda inspiración.

—¡Claro que sí! ¡Son muy hermosas! Las cuatro. Por eso me cuesta tanto decidirme. ¿A ti no te parecen hermosas?

Kahlan no respondió sino que aseguró a las jóvenes que el Buscador las encontraba muy atractivas. Ellas rieron con su habitual timidez. El Hombre Pájaro y los ancianos parecían satisfechos y se deshacían en sonrisas. Kahlan asistía como atontada a la celebración y miraba a los bailarines, pero sin verlos.

Las cuatro muchachas ofrecían comida a Richard con los dedos y se reían como bobas. El joven dijo a Kahlan que aquél era el mejor banquete de su vida y le preguntó si ella no opinaba lo mismo. La mujer tragó el nudo que tenía en la garganta y convino con él en que era maravilloso, aunque apartó la vista y la fijó en las ardientes chispas que revoloteaban en la oscuridad.

Después de lo que parecieron horas, una anciana se aproximó a la plataforma con la cabeza inclinada, llevando una gran bandeja de junco en la que se habían dispuesto cuidadosamente oscuras tiras de carne seca.

La interrupción hizo regresar a Kahlan a la realidad.

Con la cabeza aún inclinada la anciana se acercó respetuosamente a los ancianos y les fue ofreciendo la bandeja uno a uno, silenciosamente. El Hombre Pájaro fue el primero y empezó a arrancar pedazos de una tira con los dientes mientras los demás ancianos también se servían. Algunas esposas también aceptaron, pero Weselan, sentada junto a su marido, no.

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