El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
De sus labios se escapó un leve sonido, los latidos del corazón le resonaban en los oídos y el corazón le subía y bajaba. La mujer le acarició el mentón, el cuello, el pecho, deslizando sus húmedos dedos sobre los símbolos pintados, resiguiéndolos, sintiendo sus colinas y valles.
Poniéndose de rodillas encima de él trazó un círculo con la yema de un dedo alrededor de uno de sus pezones, que se puso duro, le acarició con firmeza el pecho y cerró unos momentos los ojos, apretando los dientes. Suavemente, pero con energía, lo empujó hacia el suelo. Richard se tumbó de espaldas sin protestar. Kahlan se inclinó sobre él, con la mano aún sobre su pecho para apoyarse. Le sorprendió notar su cuerpo; la rígida dureza de sus músculos revestidos de una piel suave como el terciopelo y blanda, la humedad de su sudor, la aspereza de sus cabellos, el calor. El pecho de Richard subía y bajaba con sus jadeos, con la vida que habitaba en su interior.
Kahlan dejó una rodilla cerca de la cadera del joven y colocó la otra entre sus piernas, con la mirada prendida en él. Su espesa melena le cayó en cascada alrededor del rostro mientras seguía apoyándose en su pecho. No quería retirar la mano de allí y perder el contacto con la húmeda piel de Richard. Aquella cálida conexión la estaba inflamando.
Richard tensó los músculos del muslo entre sus rodillas, lo que aceleró aún más los latidos del corazón de Kahlan. Ésta tuvo que abrir la boca para poder respirar y se perdió en los ojos del joven, unos ojos que parecían explorarle el alma y dejarla al descubierto. Unos ojos que encendían en ella el fuego de la pasión.
Con la otra mano se fue desabrochando lentamente la camisa y se soltó los faldones.
Entonces puso la mano en la poderosa nuca de Richard y se mantuvo en aquella posición, con la otra mano sobre el pecho del joven. Kahlan deslizó los dedos en el húmedo cabello de Richard, cogió un puñado de ellos y le impidió levantar la cabeza.
Una mano grande y fuerte se abrió paso bajo la camisa de la mujer hasta llegar a la parte inferior de la espalda, acariciándola en pequeños círculos y después, lentamente, subiendo por la columna y haciendo que se estremeciera, hasta detenerse entre los omoplatos. Kahlan dobló la espalda contra su mano, entrecerrando los ojos, deseando que la atrajera hacia sí. Respiraba tan rápidamente que casi jadeaba.
Entonces fue subiendo con la rodilla por la pierna de Richard tan arriba como pudo. Con la respiración se le escapaban leves sonidos. El pecho del joven subía y bajaba contra su mano. A Kahlan nunca le había parecido tan grande como ahora, tumbado debajo de ella.
—Te deseo —le dijo Kahlan en un susurro casi sin aliento.
La mujer inclinó la cabeza y sus labios rozaron los de Richard. Por los ojos de éste pareció cruzar una mirada de dolor.
—Si me dijeras primero qué eres.
Las palabras se clavaron en Kahlan, que abrió los ojos de repente. Retiró un poco la cabeza. Pero lo estaba tocando. Richard no podía detenerla, pensó, y ella no quería que la detuviera. Apenas controlaba ya el poder y se le escapaba por momentos. Lo notaba. Volvió a acercar sus labios a los de Richard y se le escapó otro gemido al respirar.
La mano de Richard en su espalda se movió hacia arriba, por debajo de la camisa, le cogió un puñado de cabello y le apartó la cabeza.
—Kahlan, lo digo en serio. Dime antes qué eres.
La razón regresó de nuevo a su mente y recorrió todo su cuerpo en una fría oleada que apagó su pasión. Nunca había querido tanto a alguien. ¿Cómo podía tocarlo con su poder? ¿Cómo podía soportar verlo? Se retiró. ¿Qué estaba haciendo? ¿En qué estaba pensando?
Kahlan se sentó sobre los talones, retiró la mano del pecho de Richard y se tapó la boca con ella. El mundo se hizo pedazos a su alrededor. ¿Cómo decírselo? La odiaría, lo perdería. La cabeza le daba vueltas y tenía una sensación de náusea.
—Kahlan —dijo suavemente Richard, incorporándose y poniendo una mano sobre un hombro de la mujer. Ésta lo miró asustada—, no tienes que decírmelo si no quieres. Sólo si quieres que sigamos adelante.
Kahlan frunció las cejas tratando de contener el llanto.
—Por favor. —Apenas podía hablar—. Abrázame, ¿quieres?
Richard la atrajo tiernamente hacia él, con la cabeza de la mujer sobre su hombro. Dolor, el dolor de lo que era hundía sus gélidas garras en Kahlan. Con el otro brazo Richard la envolvió con gesto protector y la apretó con fuerza mientras la acunaba.
—Para esto están los amigos —le musitó al oído.
Kahlan se sentía demasiado agotada incluso para llorar.
—Te lo prometo, Richard. Te lo diré, pero no esta noche. Esta noche sólo abrázame, te lo ruego.
Lentamente Richard volvió a tumbarse en el suelo, ciñéndola con sus poderosos brazos, mientras ella se mordía un nudillo y se agarraba a él con la otra mano.
—Cuando quieras. No antes —le prometió Richard.
El horror de lo que era la envolvía en un frío abrazo que la hacía temblar. Sus ojos se negaban a permanecer cerrados mucho tiempo, hasta que finalmente se durmió. Sus últimos pensamientos fueron para él.
28
—Inténtalo una vez más—dijo el Hombre Pájaro—.Y deja de pensar en el pájaro que quieres con esto.—El hombre le dio golpecitos en la cabeza con los nudillos—.¡Piensa con esto!—añadió, clavándole un dedo en el abdomen.
Richard asintió al escuchar la traducción de Kahlan y se llevó el silbato a los labios. Sus mejillas se hincharon al soplar. Como de costumbre no se oyó ningún sonido. El Hombre Pájaro, Richard y Kahlan otearon la llanura. Los cazadores que los habían escoltado hasta allí, y que se apoyaban en las lanzas clavadas en la hierba, volvieron nerviosos la cabeza.
Salidos como de la nada miles de estorninos, gorriones y pequeñas aves de campo descendieron sobre la pequeña compañía. Los cazadores se morían de risa, como lo habían hecho todo el día. El aire se llenó de pequeñas aves que revoloteaban frenéticamente, cubriendo el cielo por completo. Los cazadores se tiraron al suelo, se cubrieron la cabeza y rieron histéricamente. Richard se quedó estupefacto. Kahlan tuvo que volver la cara para que no la viera reír. El Hombre Pájaro se apresuró a llevarse su propio silbato a los labios y sopló una y otra vez. El cabello plateado le ondeaba mientras trataba desesperadamente de ahuyentar a tanto pájaro. Finalmente, éstos escucharon sus llamadas y se desvanecieron. La llanura recuperó la calma, exceptuando claro está a los cazadores, que aún se retorcían de risa en el suelo.
El Hombre Pájaro hizo una profunda inspiración y puso los brazos en jarras.
—Me rindo. Lo he intentado todo el día y no has mejorado nada. Richard, el del genio pronto, nunca he visto a nadie con menos talento para usar un reclamo de pájaros. Un niño podría aprender en tres intentos, pero me temo que tú te quedarías sin aliento y no lo lograrías, ni aunque lo siguieras intentando el resto de tu vida. Es inútil. Lo único que dice tu silbato es: «Venid, aquí hay comida».
—Pero yo pensaba en un halcón, de veras. He pensado con todas mis fuerzas en todos los pájaros que me has dicho.
Cuando Kahlan tradujo las risas de los cazadores aumentaron. Richard los contempló ceñudo, pero ellos siguieron riendo. El Hombre Pájaro se cruzó de brazos con un suspiro.
—Es inútil. Pronto anochecerá y esta noche tenemos la reunión. De todos modos, quédate con el silbato. Es un regalo.—El hombre pasó un brazo alrededor de los hombros del frustrado Buscador—.Aunque nunca te sirva de ayuda te recordará que, aunque eres mejor que la mayoría en algunas cosas, en esto incluso un niño lo haría mejor que tú.