El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
Richard contemplaba de brazos cruzados las coronillas de los cinco hombres sin decir nada. Kahlan no comprendía por qué no aceptaba de una vez y los invitaba a levantarse. Nadie se movía. ¿Qué se proponía? Lo habían logrado. ¿Por qué no aceptaba su arrepentimiento?
Kahlan veía que un músculo de la mandíbula de Richard se contraía y relajaba. La mujer se quedó helada; conocía esa mirada, la furia. Esos hombres se habían pasado de la raya con él y con ella. Kahlan recordó el modo en que se había guardado la espada la última vez que los tuvo ante sí ese mismo día. Había sido algo definitivo. Richard no se había tirado ningún farol. Ahora no pensaba, su única idea era matar.
El joven descruzó los brazos y su mano se dirigió a la empuñadura. La espada se deslizó fuera de su vaina lenta y suavemente, como la última vez que la desenvainó por ellos. El agudo sonido metálico anunció la llegada del acero en el aire en silencio. Kahlan sintió un doloroso estremecimiento en los hombros y también en la nuca. Richard respiraba agitadamente.
La Confesora lanzó una furtiva mirada al Hombre Pájaro; no se movía y no parecía que tuviera intención de hacerlo. Richard no lo sabía pero, según la ley de la gente barro, podía matar a aquellos ancianos si lo deseaba. Habían sido sinceros al poner su vida en sus manos. Savidlin tampoco había faroleado; los habría matado sin dudar. Para la gente barro fuerza significaba fuerza para matar al adversario. Esos hombres ya estaban muertos a los ojos de la aldea y sólo Richard podía devolverles la vida.
No obstante, la ley de la gente barro no venía al caso, pues el Buscador era una ley en sí mismo y, en último término, no debía rendir cuentas ante nadie. Ninguno de los presentes podría detenerlo.
Richard sostenía laEspada de la Verdadsobre la cabeza de los ancianos con ambas manos, agarrándola con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Kahlan podía ver la cólera que se iba acumulando en él, la ardiente necesidad, la furia. Le parecía estar viviendo un sueño al que ella asistía impotente sin poder hacer nada por detenerlo.
La mujer recordó a todos los que ya habían muerto, tanto inocentes como quienes habían dado su vida para tratar de detener a Rahl el Oscuro: Dennee, todas las demás Confesoras, los magos, el geniecillo nocturno Shar y tal vez Zedd y Chase.
Entonces comprendió.
Richard no estaba decidiendo si debía matarlos, sino si podía arriesgarse a que siguieran con vida.
¿Podía confiar a aquellos hombres su oportunidad de detener a Rahl? ¿Podía confiar en su sinceridad? ¿Podía confiarles la vida? ¿O debería elegir a un nuevo consejo de ancianos, más dispuesto a ayudarlo?
Si no podía confiar en que aquellos hombres lo enviaran en la dirección correcta contra Rahl tendría que matarlos y nombrar a otros que estuvieran de su lado. Lo único que importaba era detener a Rahl. Si existía la posibilidad de que aquellos hombres hicieran peligrar su triunfo, sus vidas tendrían que ser sacrificadas. Kahlan sabía que Richard hacía lo correcto. Era, ni más ni menos, lo que ella misma haría y lo que el Buscador debía hacer.
La mujer lo observó, de pie, con los ancianos arrodillados ante él. La lluvia había cesado. El sudor corría a Richard por la cara. Kahlan recordó el dolor que sintió el joven al matar al último hombre de la cuadrilla y observó la furia que se iba acumulando, esperando al mismo tiempo que fuera suficiente para protegerlo de lo que estaba a punto de hacer.
Kahlan comprendió entonces por qué los Buscadores eran tan temidos. Richard no bromeaba sino que iba muy en serio. Estaba absorto dentro de sí mismo y de la magia. Si en ese instante alguien tratara de detenerlo, también lo mataría. Claro que primero tendrían que pasar por encima de ella.
Richard elevó la hoja de la espada frente a su cara, inclinó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Temblaba de cólera. Los cinco ancianos permanecían inmóviles, arrodillados frente al Buscador.
Kahlan recordó al hombre que Richard había matado, recordó cómo la espada explotó atravesándole la cabeza, y la sangre por todas partes. Richard lo mató porque representaba una amenaza directa. Matar o morir; daba igual que la amenaza fuera dirigida contra Kahlan y no contra él.
Pero esto era una amenaza indirecta, un modo de matar distinto. Muy distinto. Se trataba de una ejecución y Richard era al mismo tiempo juez y verdugo.
El Buscador bajó de nuevo la espada y fulminó con la mirada a los ancianos. Entonces cerró el puño y, lentamente, se pasó la hoja por la cara interior del antebrazo izquierdo. Al completar la pasada dio la vuelta a la hoja e hizo lo propio con la otra cara, hasta que la sangre corrió por el acero y de la punta cayeron gotas.
Kahlan echó un rápido vistazo a su alrededor. La gente barro miraba fijamente, cautivada por el drama mortal que se desarrollaba ante sus ojos, incapaces de apartar la vista aunque lo desearan. Nadie habló. Nadie se movió. Nadie parpadeó siquiera.
Todos los ojos siguieron a Richard, que volvió a levantar la espada y se la llevó a la frente.
—Espada, haz hoy honor a tu nombre —musitó.
La sangre le brillaba en la mano izquierda. Kahlan se dio cuenta de que Richard temblaba por la necesidad que lo embargaba. La espada refulgía allí donde la sangre no la cubría. El Buscador bajó la mirada hacia los ancianos.
—Mírame —ordenó a Caldus. Éste no se movió—. ¡Te digo que me mires! —chilló ¡Mírame a los ojos! —Pero Caldus continuaba inmóvil.
—Richard —dijo Kahlan. El joven le dirigió una iracunda mirada. Sus ojos la miraban desde un mundo distinto; la magia revoloteaba en ellos. La mujer mantuvo un tono de voz sereno sin demostrar ninguna emoción—. No te entiende.
—¡Pues díselo tú!
—Caldus.—El anciano alzó la vista hacia la impasible cara de la mujer—.El Buscador quiere que lo mires a los ojos.
El anciano no respondió, simplemente miró a Richard y su mirada quedó prendida en los ojos del Buscador.
Richard inspiró bruscamente mientras la espada se alzaba rauda en el aire. Kahlan contempló la punta cuando se detuvo un solo instante. Algunas personas se volvieron y otras taparon los ojos a sus hijos. Kahlan contuvo la respiración y se apartó ligeramente, esperando una lluvia de fragmentos.
El Buscador lanzó un grito mientras descargaba laEspada de la Verdad.La punta del arma silbó en el aire. La multitud ahogó una exclamación.
La espada se detuvo en el aire a muy pocos centímetros del rostro de Caldus, del mismo modo que se detuvo la primera vez que Richard la usó, cuando Zedd le ordenó que cortara el árbol.
Richard permaneció inmóvil durante lo que pareció una eternidad, con los músculos de los brazos tensos y duros como el acero. Finalmente se relajaron y el joven apartó de Caldus tanto la hoja como su abrasadora mirada.
—¿Cómo se dice «os devuelvo la vida y el honor» en su idioma? —preguntó a Kahlan sin mirarla.
Ella contestó en voz baja.
—Caldus, Surin, Arbrin, Breginderin, Hanjalet—anunció Richard en un tono suficientemente alto para que todos lo oyeran—,os devuelvo la vida y el honor.
Hubo un instante de silencio, tras el cual la gente barro prorrumpió en ruidosos vítores. Richard deslizó de nuevo la espada en la funda y luego ayudó a los ancianos a levantarse. Éstos le sonrieron, pálidos pero complacidos por haberse salvado y también muy aliviados. Entonces se volvieron hacia el Hombre Pájaro.
—Muy honorable anciano, te hacemos una petición unánime. ¿Qué respondes?
El Hombre Pájaro miró primero a los ancianos y después a Richard y Kahlan con los brazos cruzados. En sus ojos se leía la tensión de la dura prueba que acababa de presenciar. Dejó caer los brazos a ambos lados y se aproximó a Richard. El Buscador parecía agotado y sin fuerzas. El Hombre Pájaro les pasó a ambos un brazo alrededor de los hombros como si quisiera felicitarlos por su valor, tras lo cual fue poniendo una mano sobre los hombros de los cinco ancianos, para que supieran que todo estaba olvidado. Entonces dio media vuelta y empezó a caminar, esperando que lo siguieran. Kahlan y Richard caminaban tras él, seguidos por Savidlin y los demás ancianos; una escolta real.