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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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Al notar el contacto de la mano, instantáneamente la cabeza del joven se alzó y la espada giró rauda hacia ella, deteniéndose ante su cara. Kahlan saltó por la sorpresa. En los grandes ojos de Richard relucía la furia.

—Richard —dijo la mujer, asombrada—, sólo soy yo. La lucha ha terminado. No quería asustarte.

El joven relajó los músculos y se dejó caer de lado en el lodo.

—Lo siento —logró decir, aún jadeando—. Cuando me has tocado... supongo que creí que era una sombra.

De pronto se vieron rodeados por una pared de piernas. Kahlan levantó la vista. Ahí estaba el Hombre Pájaro, así como Savidlin y Weselan. Ésta sollozaba. Kahlan se levantó y le tendió a su hijo. A su vez, Weselan se lo dio a su marido y se abrazó a Kahlan, llenándole la cara de besos.

—Gracias, Madre Confesora, gracias por salvar a mi niño—gritó—.Gracias, Kahlan, muchas gracias.

—Calma, calma. Ya ha pasado todo—la tranquilizó Kahlan, devolviéndole el abrazo.

Bañada en lágrimas Weselan se volvió para coger a Siddin en brazos. Kahlan se fijó en Toffalar, que yacía muerto en el suelo. Entonces se dejó caer en el barro, exhausta, dobló las rodillas y se las rodeó con los brazos.

Con la cara contra las rodillas perdió el control y se echó a llorar. No lloraba por haber matado a Toffalar, sino por haber dudado. Su vacilación había estado a punto de costarle la vida a ella, a Richard, a Siddin... a todo el mundo. Había estado a punto de servir la victoria a Rahl en bandeja de plata sólo por impedir que Richard viera qué iba a hacer. Era lo más estúpido que había hecho en su vida, además de no revelar a Richard que era una Confesora. La mujer vertió lágrimas de frustración mientras lloraba desconsoladamente.

Una mano la cogió por el brazo sano y tiró de ella para ponerla de pie. Era el Hombre Pájaro. Kahlan se mordió el tembloroso labio y se obligó a dejar de llorar. No podía permitirse mostrar debilidad ante aquellas personas. Era una Confesora.

—Buen trabajo, Madre Confesora—la felicitó el Hombre Pájaro, al tiempo que le vendaba la herida del brazo con un pedazo de tela que le tendió uno de sus hombres.

—Gracias, honorable anciano—repuso con la cabeza alta.

—Esta herida necesita puntos. Me encargaré de que el mejor de nuestros curanderos haga el trabajo.

Kahlan dejó que le vendara el profundo corte, lo que le causaba oleadas de dolor y le hacía sentirse como atontada. El Hombre Pájaro miró entonces a Richard, que parecía satisfecho de yacer de espaldas en el barro como si en el mundo no hubiera lecho más cómodo. El hombre enarcó una ceja en dirección a Kahlan y señaló con un movimiento de cabeza al Buscador.

—Diste en el blanco al advertirme que no debíamos dar al Buscador motivos para desenvainar la espada enfurecido—.Hubo un breve destello en los penetrantes ojos marrones del hombre, y sus labios esbozaron una sonrisa—.No has estado nada mal, Richard, el del genio pronto. Es una suerte que los malos espíritus todavía no hayan aprendido a llevar espada.

—¿Qué ha dicho? —quiso saber Richard.

Kahlan tradujo y el joven sonrió de oreja a oreja por la broma que sólo ellos tres comprendían, al tiempo que se ponía de pie y guardaba la espada. Acto seguido cogió la bolsa de manos de Kahlan. Ésta ni siquiera se había dado cuenta que la continuaba agarrando con fuerza. Richard se la metió en el bolsillo y comentó:

—Ojalá que nunca nos topemos con espíritus armados con espadas.

El Hombre Pájaro asintió y agregó:

—Y ahora tenemos cosas de las que ocuparnos.

Inclinándose asió la piel de coyote que cubría a Toffalar y tiró de ella. El cuerpo rodó en el barro.

—Enterradlo—ordenó a los cazadores con ojos entrecerrados—.Todo el cuerpo.

—Anciano, ¿te refieres a todo menos la cabeza?—Los hombres se miraban indecisos.

—Ya me habéis oído. ¡Todo! Sólo conservamos los cráneos de los ancianos honorables para recordar su sabiduría. Pero los cráneos de los estúpidos los enterramos.

La multitud se estremeció. Eso era lo peor que se podía hacer a un anciano, el peor deshonor de todos. Significaba que esa persona había vivido en vano. Los cazadores asintieron. Nadie alzó la voz para defender a Toffalar, ni siquiera los otros cinco ancianos.

—Ahora nos falta un sexto anciano—anunció el Hombre Pájaro. Se volvió y lentamente escrutó los ojos de todos los congregados, tras lo cual enderezó la espalda y arrojó la piel de coyote al pecho de Savidlin—.Te elijo a ti.

Savidlin cogió la embarrada piel con la misma reverencia que mostraría hacia una corona de oro. El nuevo anciano sonrió levemente con orgullo y dirigió una inclinación de cabeza al Hombre Pájaro.

—¿Tienes algo que decir a nuestra gente como su nuevo anciano?—No era una pregunta sino una orden.

Savidlin fue a situarse entre Kahlan y Richard, de cara a la multitud. Entonces se cubrió los hombros con la piel de coyote, sonrió con orgullo a Weselan y tomó la palabra. Kahlan miró y se dio cuenta de que todos los habitantes de la aldea estaban presentes.

—Escuchadme, los más honorables entre nosotros—empezó, dirigiéndose al Hombre Pájaro—,estas dos personas han actuado desinteresadamente para defender a la gente barro. Nunca había presenciado algo igual en toda mi vida. Podrían habernos abandonado a nuestra suerte cuando, estúpidos de nosotros, les dimos la espalda. Pero, en vez de eso, nos demostraron el tipo de personas que son. Valen tanto como los mejores de nosotros. —Casi todo el mundo asintió—.Pido que sean nombrados gente barro.

El Hombre Pájaro sonrió levemente, pero su sonrisa se evaporó al dirigirse a los otros cinco ancianos. Aunque lo ocultaba bien, Kahlan se daba cuenta que la cólera centelleaba en los ojos del hombre.

—Dad un paso adelante. —Los ancianos intercambiaron miradas de soslayo, pero finalmente obedecieron—.Savidlin ha hecho una petición extraordinaria y debe ser unánime. ¿Apoyáis su petición?

Savidlin se acercó a los arqueros y le arrebató a uno de ellos su arco. Entonces colocó una flecha en el arco sin dejar de observar a los ancianos con ojos entornados. Estiró la cuerda del arco, lo mantuvo tenso y fue a situarse ante los ancianos.

—Apoyad la petición o elegiremos a otros cinco que sí lo harán.

Los ancianos se lo quedaron mirando con gesto adusto. El Hombre Pájaro no intervino. Se hizo un largo silencio. La multitud aguardaba, hipnotizada. Finalmente, Caldus dio un paso adelante, puso una mano sobre el arco de Savidlin y suavemente lo bajó de modo que la flecha apuntara al suelo.

—Por favor, Savidlin, permite que hablemos con el corazón y no bajo la amenaza de una flecha.

—Hablad pues.

Caldus se aproximó a Richard, se detuvo frente a él y lo miró a los ojos.

—No hay nada más difícil para un hombre, especialmente si es anciano, que admitir que ha actuado de modo estúpido y egoísta—dijo en voz baja, y esperó que Kahlan tradujera—.Pero tú no has actuado ni de modo estúpido ni egoísta. Los dos habéis dado a los niños un ejemplo de lo que es la gente barro, mucho mejor que yo. Así pues, pido al Hombre Pájaro que os nombre gente barro. Por favor, Richard, el del genio pronto, y Madre Confesora, nuestra gente os necesita.—El anciano extendió las manos con las palmas hacia arriba—.Si me consideráis indigno de presentar tal petición en vuestro favor, por favor, matadme para que alguien mejor que yo la haga.

Caldus inclinó la cabeza e hinco las rodillas en el barro ante Richard y Kahlan. Ésta tradujo sus palabras, omitiendo sólo su título. Los otros cuatros ancianos se arrodillaron ante ellos, sumándose sinceramente a la petición de Caldus. Kahlan suspiró aliviada. Al fin tenían lo que querían y necesitaban.

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