El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
—Diles que se sienten —dijo calmosamente.
Con los ojos muy abiertos Kahlan miró a los ancianos y tradujo las palabras de Richard. Éstos volvieron a sentarse con aire vacilante. Entonces Richard se inclinó hacia atrás y se volvió hacia ellos con toda tranquilidad y gesto de inocencia.
—Sabéis, de allí donde vengo, en el valle del Corzo, en la Tierra Occidental, las comemos todo el tiempo. —Dio unos cuantos mordiscos más. La gente barro lo miraba con ojos que se les querían salir de las órbitas—. Lo hacemos desde tiempo inmemorial. Las comen tanto hombres como mujeres y tenemos niños sanos. —Dio otro bocado a la manzana, se volvió y miró a Kahlan mientras traducía. Masticaba lentamente para prolongar la tensión. Miró al Hombre Pájaro por encima del hombro y agregó—: Claro está que, para una mujer de la Tierra Central, la simiente de un hombre de la Tierra Occidental puede que sea venenosa. Que yo sepa, hasta ahora nadie lo ha probado.
El joven posó de nuevo los ojos en Kahlan y dio otro mordisco a la fruta, mientras dejaba que los ancianos asimilaran sus palabras. La muchacha sentada a su lado se estaba poniendo nerviosa y los ancianos también. El Hombre Pájaro se mostraba impasible. Richard mantenía los brazos medio cruzados, con un codo apoyado en la otra mano de modo que pudiera sostener la manzana cerca de la boca, donde todos pudieran verla. Iba a darle otro bocado cuando se detuvo y se la ofreció a la sobrina del Hombre Pájaro. La joven apartó la cabeza. Richard volvió a mirar a los ancianos.
—Yo las encuentro muy sabrosas, de verdad. —Se encogió de hombros y añadió—: Claro está que podrían envenenar mi simiente, pero no quiero que penséis que no deseo intentarlo. Lo que pasa es que creí que deberíais saberlo, eso es todo. No quiero que se diga que me niego a cumplir las obligaciones que comporta ser un hombre barro, al contrario. —Acarició con el dorso de un dedo la línea la mejilla de la joven—. Os aseguro que sería un honor. Esta bella joven sería una madre espléndida para mi hijo, estoy segura. Si sobrevive, claro está —añadió con un suspiro, y dio otro mordisco a la manzana.
Los ancianos intercambiaron miradas temerosas. Nadie dijo nada. La atmósfera en la plataforma había cambiado. Ya no eran ellos quienes controlaban la situación sino Richard. Había ocurrido en un abrirycerrar de ojos. Ahora tenían miedo de mover algo más que los ojos. Sin mirarlos, Richard prosiguió:
—Desde luego, la decisión es vuestra. Por mí, encantado de probarlo, pero me pareció que debería poneros al corriente de esta costumbre de mi tierra natal. No habría estado bien ocultárosla. —Richard se volvió hacia ellos con las cejas fruncidas en gesto torvo y la voz ligeramente amenazante—. Así pues, si los ancianos, en su sabiduría, desean pedirme que no cumpla este deber, lo comprenderé y, aunque me pese, me doblegaré ante sus deseos.
El joven no apartó de ellos su dura mirada. Savidlin sonrió abiertamente. A los otros cinco ni se les pasaba por la cabeza desafiarlo y se volvieron hacia el Hombre Pájaro, para que les dijera qué hacer. Éste permanecía inmóvil, pero una gota de sudor le corría por la curtida piel del cuello. El cabello plateado le caía lacio y sin vida sobre los hombros de su túnica de gamuza. El hombre sostuvo la mirada a Richard brevemente, sus labios esbozaron una ligera sonrisa, que también se reflejó en sus ojos, e hizo un pequeño gesto de asentimiento dirigido a sí mismo.
—Richard, el del genio pronto—dijo con voz calmada y fuerte, para que no sólo los ancianos lo oyeran sino también la multitud congregada alrededor de la plataforma—,puesto que procedes de una tierra distinta y tu simiente podría resultar venenosa para esta joven...—Aquí enarcó una ceja y se inclinó casi imperceptiblemente hacia adelante—,para mi sobrina—miró a la joven y después de nuevo a Richard—,te pedimos que no sigas la tradición y que no tomes a esta joven por esposa. Lamento tener que pedirte algo así. Sé que tú deseabas darnos un hijo.
—Sí, lo deseaba. —Richard asintió gravemente—. Pero tendré que aprender a vivir con este fracaso e intentar que la gente barro, mi gente, esté orgullosa de mí de otras formas. —Cerraba el trato con una condición: que ahora ya no podían echarse atrás, que era un hombre barro y que lo ocurrido no lo cambiaría.
Los demás ancianos soltaron un suspiro de alivio y todos asintieron, satisfechos de haber resuelto el asunto al agrado del Buscador. La muchacha dirigió una sonrisa de alivio a su tío y se marchó. Richard miró a Kahlan con cara inexpresiva.
—¿Hay otras condiciones que no conozca?
—No. —Kahlan se sentía confundida. No sabía si alegrarse de que Richard se hubiera librado de tomar esposa o si tenía el corazón partido porque él creía que lo había traicionado.
—¿Puedo retirarme? —preguntó Richard a los ancianos.
Los cinco le dieron gustosos la venia. Savidlin parecía un poco decepcionado. El Hombre Pájaro dijo que el Buscador había sido un gran salvador de su gente, que había cumplido sus deberes con honor y que, si se encontraba cansado por los esfuerzos del día, deberían excusarlo.
Richard se levantó lentamente y miró a Kahlan desde arriba. La mujer veía sus botas y sabía que la estaba mirando, pero mantenía la vista clavada en el suelo.
—Voy a darte un consejo —le dijo Richard con una voz que la sorprendió por su amabilidad—, ya que nunca antes has tenido un amigo. Un amigo no juega con los derechos de otro amigo; ni con su corazón.
Kahlan no pudo mirarlo a los ojos.
El joven dejó caer en su regazo el corazón de la manzana y se perdió entre la multitud.
Kahlan se quedó sentada en la plataforma de los ancianos, contemplándose los dedos, que le temblaban, y envuelta en un velo de soledad. Los otros observaban a los bailarines. Haciendo un supremo esfuerzo la mujer se dedicó a contar los golpes de tambor para tratar de controlar la respiración y no echarse a llorar. El Hombre Pájarofuea sentarse junto a ella. Kahlan se dio cuenta de que su compañía la animaba.
—Algún día—le dijo el Hombre Pájaro, enarcando una ceja e inclinándose hacia ella—,algún día me gustaría conocer al mago que designó a Richard. Me gustaría saber de dónde saca tales Buscadores.
Kahlan se sorprendió de ser capaz de reír.
—Algún día—respondió con una sonrisa—,si sigo con vida y vencemos, te prometo que lo traeré aquí para que lo conozcas. En muchos aspectos es tan extraordinario como Richard.
—Enese caso tendré que aguzar el ingenio para defenderme—comentó el Hombre Pájaro, alzando una ceja.
Kahlan recostó la cabeza contra él y rió hasta romper a llorar. Él le pasó el brazo sobre los hombros en actitud protectora.
—Debí haberte hecho caso—sollozó Kahlan—.Debí haberle consultado. No tenía derecho a hacer lo que he hecho.
—El deseo que sentías de detener a Rahl el Oscuro te impulsó a hacer lo que creíste necesario. A veces, tomar una decisión y equivocarse es mejor que no tomar ninguna. Tú tienes el coraje de seguir adelante y eso es poco habitual. Una persona que se queda en una bifurcación, incapaz de decidir qué camino tomar, nunca llegará a ninguna parte.
—¡Pero me hace tanto daño que se haya enfadado conmigo!
—Voy a decirte un secreto que es posible que no averigües hasta que seas demasiado mayor para que te sirva de algo.—Los húmedos ojos de la mujer se quedaron prendidos en la sonrisa del Hombre Pájaro—.A él le duele tanto como a ti haberse enfadado contigo.
—¿De veras?
El Hombre Pájaro rió silenciosamente y asintió.
—Confía en mí, muchacha.
—No tenía ningún derecho. Debería haberlo comprendido antes. Lamento tanto lo que he hecho...
—No me lo digas a mí sino a él.
Kahlan se apartó de él y contempló la curtida faz del Hombre Pájaro.
—Creo que voy a hacerlo. Te doy las gracias, honorable anciano.