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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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—Cuando te disculpes, hazlo también en mi nombre.

—¿Por qué?—inquirió Kahlan poniendo ceño.

—Serviejo, ser anciano no le salva a uno de abrigar ideas estúpidas—repuso el Hombre Pájaro con un suspiro—.Hoy también yo he cometido un error, con Richard y con mi sobrina. Tampoco yo tenía ningún derecho. Dale las gracias en mi nombre por evitar que le obligara a hacer algo que debería haberle consultado antes.—El hombre se quitó el silbato que llevaba al cuello y añadió—:Entrégale este regalo con mi agradecimiento por haberme abierto los ojos. Espero que le sea útil. Mañana le enseñaré a usarlo.

—Pero lo necesitas para llamar a los pájaros.

—Tengo otros—dijo el hombre, sonriendo—.Vamos, vete ya.

Kahlan cogió el silbato y lo apretó fuerte en una mano. Se secó las lágrimas de la cara y dijo:

—En toda mi vida apenas he llorado, pero desde que cayó el Límite de D’Hara parece que no hago otra cosa.

—Tú y todos, muchacha. Vete ya.

Kahlan le plantó un rápido beso en la mejilla y se marchó. Buscó en las zonas abiertas pero no había ni rastro de Richard. En vano preguntó a la gente si lo había visto. Fue andando en círculos, buscando. ¿Dónde se había metido? Los niños trataban de incluirla en sus bailes, los adultos le ofrecían comida o querían entablar conversación con ella. Pero Kahlan se disculpaba amablemente.

Finalmente se encaminó a la casa de Savidlin, segura de que lo encontraría allí. Pero la casa estaba vacía. La mujer se sentó en el suelo y se puso a pensar. ¿Sería capaz de haberse ido sin ella? El corazón le dio un vuelco y sus ojos examinaron frenéticamente el suelo. No. Su mochila seguía allí, donde ella misma la había dejado al ir a buscar la manzana. Además, Richard nunca se marcharía antes de la reunión.

De pronto se le ocurrió; sabía adónde había ido. Kahlan sonrió para sus adentros, cogió una manzana de la mochila y se dirigió a la casa de los espíritus por los oscuros callejones que se abrían entre los edificios de la aldea.

Súbitamente una luz centelleó en la oscuridad, iluminando los muros que la rodeaban. En un primer momento no comprendió lo que era pero entonces miró hacia el horizonte entre los edificios y vio relámpagos. Había relámpagos por todas partes, en todas direcciones, envolviendo el cielo con sus airados dedos, atravesando las negras nubes e iluminándolas por dentro con ardientes colores. No se oía ningún trueno. De pronto desaparecieron y entonces la oscuridad reinó de nuevo.

¿Es que nunca acabaría aquel tiempo?, se preguntó Kahlan. ¿Vería otra vez las estrellas o el sol? «Los magos y sus nubes», pensó, sacudiendo la cabeza. Se preguntó si volvería a ver a Zedd. Al menos las nubes protegían a Richard de Rahl el Oscuro.

La casa de los espíritus estaba envuelta en la oscuridad y apartada de los sonidos y el bullicio del banquete. Cuidadosamente Kahlan tiró de la puerta para entrar. Richard estaba sentado en el suelo frente al fuego, con la espada envainada a su lado. No se volvió al oír el sonido.

—Tu guía desea hablar contigo —dijo Kahlan en tono contrito.

La puerta se cerró con un chirrido tras ella. Kahlan se arrodilló y se sentó sobre los talones junto a él; el corazón le palpitaba.

—¿Y qué tiene que decirme mi guía? —A Kahlan le pareció que Richard sonreía a su pesar.

—Que ha cometido un error —contestó en voz baja, tirando de un hilo de los pantalones—. Y que lo lamenta mucho, de verdad. No sólo lo que ha hecho sino, sobre todo, no haber confiado en ti.

El joven se abrazaba las rodillas con los brazos, con las manos entrelazadas. Entonces la miró y el cálido y rojo resplandor del fuego se reflejó en sus amables ojos.

—Tenía preparado un discurso pero ahora no recuerdo ni media palabra. Tal es el efecto que causas en mí. —Richard sonrió de nuevo—. Disculpas aceptadas.

Una sensación de alivio invadió a Kahlan. Notaba como si los pedazos del corazón se le volvieran a juntar. Entonces alzó la vista hacia él e inquirió:

—¿Era un buen discurso?

—A mí me lo parecía pero ahora ya no estoy tan seguro —contestó con una sonrisa más amplia.

—No se te da nada mal pronunciar discursos. Diste un susto de muerte a los ancianos, incluido el Hombre Pájaro. —Con estas palabras Kahlan le puso el colgante con el silbato alrededor del cuello.

—¿Y esto? —El joven separó las manos y tocó el silbato con los dedos.

—Es un obsequio del Hombre Pájaro con sus disculpas por lo que trató de obligarte a hacer. Quiere que te diga que tampoco él tenía ningún derecho y, con este regalo, desea darte las gracias por haberle abierto los ojos del corazón. Mañana te enseñará a usarlo. —Kahlan volvió a sentarse, dando la espalda al fuego frente a Richard y muy cerca de él. Era una noche muy cálida y Richard brillaba de sudor por el calor de fuego. Los símbolos que le decoraban todo el pecho y la parte superior de los brazos le daban una apariencia salvaje—. Sabes cómo abrir los ojos de la gente —dijo Kahlan con timidez—. Creo que debes de haber usado magia.

—Tal vez lo hice. Zedd dice que a veces un truco es la mejor magia.

El sonido de su voz hacía vibrar una profunda cuerda en el interior de la mujer, que se sentía desfallecer.

—Y Adie dijo que tenías la magia de la lengua —susurró.

La mirada de los ojos grises del joven la penetró, atravesándola con su poder y acelerándole la respiración. Los inquietantes sonidos de las boldas que se oían a los lejos se sumaban al chisporroteo del fuego y a la respiración de Richard. Kahlan nunca se había sentido tan segura, tan relajada y tan tensa, todo al mismo tiempo. Era confuso.

La mujer apartó los ojos de los del joven y se regaló la vista con el resto de su rostro —la forma de su nariz, el ángulo de sus mejillas, la línea del mentón—, para detenerse finalmente en sus labios. De pronto se dio cuenta de que en el interior de la casa de los espíritus hacía mucho calor. Se sentía mareada.

Mirándolo de nuevo a los ojos se sacó la manzana del bolsillo y le dio un mordisco lento y jugoso, arrastrando los dientes por la pulpa. Richard no le quitaba ojo de encima. Siguiendo un impulso, Kahlan le acercó rápidamente la manzana a la boca y la sostuvo allí mientras él hincaba el diente en la jugosa fruta. La mujer deseó ser ella manzana y sentir en su cuerpo los labios de Richard.

¿Y por qué no? ¿Tendría que morir en esa busca sin que se le permitiera ser una mujer? ¿Debía ser solamente una guerrera? ¿Luchar para siempre por la felicidad de todo el mundo menos la suya? Incluso en los mejores tiempos los Buscadores morían muy pronto, y aquéllos no eran los mejores tiempos.

Se encontraban en el fin de los tiempos.

La idea de que Richard muriera le partía el corazón.

Kahlan apretó con más fuerza la manzana contra los dientes del joven, al tiempo que lo miraba a los ojos. Incluso si lo tomaba, se dijo, él podría seguir luchando a su lado, tal vez con mayor resolución que ahora. Cierto que sus razones serían distintas, pero resultaría igualmente mortal, si no más. Pero también él sería distinto; otra persona de la que era ahora. El Richard que conocía desaparecería para siempre.

Pero, al menos, sería suyo. Kahlan lo deseaba desesperadamente, de un modo que nunca había deseado nada antes, de un modo que dolía. ¿Deberían morir ambos sin que se les permitiera vivir? La mujer lo necesitaba tanto que sentía un hormigueo de debilidad.

En broma le apartó la manzana de la boca y el jugo corrió por el mentón del joven. Lenta y deliberadamente Kahlan se inclinó hacia él y se lo lamió. Richard no se movió. Sus rostros estaban a muy pocos centímetros de distancia; Kahlan compartía su aliento, rápido y cálido. Estaba tan cerca de él que apenas podía fijar la vista en sus ojos y tuvo que tragar saliva.

La razón se evaporaba rápidamente de la mente de Kahlan dejando el campo libre a sentimientos que la tentaban y se apoderaban de ella de un modo que no podía resistirse.

Entonces soltó la manzana, aproximó sus húmedos dedos a los labios de Richard y miró, con la lengua sobre el labio superior, cómo el joven deslizaba los dedos uno a uno en su boca, a medida que ella se los ofrecía, y lentamente les chupaba el jugo. La sensación del interior de su boca, húmeda y cálida, le causaba escalofríos.

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