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Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos

Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:

Josephine tiene cuarenta años, está casada y tiene dos hijas, Hortense y Zoé. Es consciente de que su matrimonio ha fracasado, pero sus inseguridades le impiden tomar una decisión. A Antoine, su marido, le despidieron hace un año de la armería de caza donde trabajaba y desde entonces se dedica a languidecer en el apartamento y a engañar a su mujer.
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
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– Lo sé, Josiane, lo sé… ahora va a empezar lo mejor de tu vida; ya verás lo que te va a mimar tu Marcel.

– Esto, estate segura, le va a alegrar. Voy a tener, incluso, que andarme con cuidado al anunciárselo, porque puede que le dé un ataque al corazón.

– Con todo el deporte que está haciendo, ahora su corazón está fuerte. Venga, vete a currar e intenta tener la boca cerrada unos días…

– Voy a tener que hacerme un nudo en la lengua.

Volvió a su despacho, se empolvó la nariz y acababa de guardar su polvera cuando escuchó el ruido de los pasos de Henriette Grobz en la escalera. Menuda forma de caminar que tiene esa. Golpeando el enlosado. Debe de tener las rodillas gastadas de frotarlas la una contra la otra.

– Buenos días, Josiane -soltó Henriette mirando a la secretaria de su marido con un gesto más amable que el acostumbrado-. ¿Qué tal está?

– Buenos días, señora -respondió Josiane.

Qué vendrá esta a hacer al despacho al amanecer, la señora del sombrero. ¿Y esa voz aterciopelada, qué está escondiendo? Tiene un favor que pedirme, eso seguro.

– Querida Josiane -empezó a decir Henriette con voz dubitativa-, quería pedirle una cosa, pero me gustaría que quedase estrictamente entre nosotras, que mi marido no lo supiese. Podría molestarse si supiera que no cuento con él en un asunto concerniente a su business…

A Henriette Grobz le gustaba salpicar sus frases con palabras en inglés. Le parecía que sonaba chic.

– Sabe usted, a los hombres no les gusta que seamos más clarividentes que ellos y, ahí, tengo la impresión de que mi marido se ha perdido un poco y…

Estaba buscando las palabras. No debe de tenerlo muy claro, se dijo Josiane, en otro caso no aparentaría ser amable. Tiene un favor que pedirme y da vueltas al poste como una gallina ciega.

– No me molesta usted -dijo Josiane, observando la calidad del bolso de Henriette.

Seguro que no es de plástico. Sólo compra cocodrilo, la vieja bruja. Le sienta bien, seguro que se comería a su propia hija si hiciese falta.

Henriette sacó una foto de su bolso y se la presentó a Josiane.

– ¿Conoce usted a esta mujer? ¿La ha visto ya en la oficina?

Josiane echó un vistazo a la joven morena de pecho exuberante, que Henriette Grobz acababa de ponerle debajo de sus narices, y sacudió la cabeza negativamente.

– Así de entrada, no… Nunca la he visto por aquí.

– ¿Está usted segura? -preguntó Henriette-. Obsérvela más de cerca.

Josiane cogió la foto entre sus manos y su corazón le dio un vuelco. En efecto, había sido un poco rápida al juzgar. Al lado de la bella morena, un poco oculto, se encontraba Marcel, distendido y beato, con el brazo en torno a la cintura de la desconocida. ¡No había duda! Era él. Reconoció el sello de Marcel, el anillo que se había regalado para festejar sus primeros mil millones. Un monumento al mal gusto: enorme, con un rubí plantado en el centro de un lazo dorado que dibujaba sus iniciales. Estaba muy orgulloso de él. Lo toqueteaba todo el tiempo, haciéndolo girar. Decía que le ayudaba a pensar.

Henriette percibió el cambio de actitud de Josiane y preguntó:

– ¡Ah! La ha reconocido usted, verdad.

– Es que… ¿Me permite que haga una fotocopia?

– Hágala, querida… Pero no la enseñe por ahí. Sé que el señor Grobz está en Shanghái, pero no me gustaría que la viese a su regreso.

Josiane se levantó y fue a colocar la foto bajo la tapa de la fotocopiadora. Aprovechando que Henriette le daba la espalda, volvió la foto y descubrió un corazón bien dibujado y, con la letra de Marcel, las palabras «Natacha, Natacha, Natacha». Sin duda era él. No se equivocaba. Tragó saliva y pensó rápidamente que era importante que Henriette Grobz no se diese cuenta de su turbación.

– Voy a mirar en el fichero porque creo haber visto a esa mujer, una vez, en esta oficina… Con su marido…

Henriette Grobz la animaba a hablar con pequeños gestos con la cabeza. Aspiraba cada palabra de Josiane inclinando su sombrero.

– Su nombre… Su nombre… No lo recuerdo muy bien… El la llamaba Tacha, Tacha no sé qué…

– ¿Natacha? ¿Podría ser eso?

– ¡Claro! Natacha…

– Su apellido no lo sé. Pero mucho me temo que sea una espía que la competencia ha enviado a Grobz para turbarle y robarle algunos secretos de fabricación. Es tan tontorrón que le engañarían como a un niño. Una chica guapa y pierde la cabeza.

Eso es, pensó Josiane, aguantándose la cólera, los tienes de corbata por si él te deja por esa zorra y te inventas la historia de la espía venida del Este. ¡Una lianta que vendría del frío!

– Escuche, señora Grobz, voy a verificar en mi fichero y si encuentro alguna información que pueda interesarle, la avisaré…

– Gracias, querida Josiane, es usted muy amable.

– Es normal, señora, después de todo, estoy a su servicio.

Josiane sonrió de la manera más obsequiosa posible y la acompañó hasta la puerta.

– Dígame, querida Josiane, no le dirá usted nada, ¿verdad?

– No tema usted. Sé guardar los secretos.

– Es usted muy amable.

Pues bien, voy a ser un poco menos amable cuando él vuelva, se prometió Josiane volviendo a sentarse. Ya puede presentarse aquí, con la jeta enharinada, vivaracho, dentro de su chándal, que el rey del embuste no va a sentirse decepcionado.

Plantó la punta de su bolígrafo sobre el rostro de la hermosa Natacha y le agujereó los ojos.

* * *

– Párate aquí -ordenó Hortense apuntando con el dedo la esquina de la calle.

– Si quieres…

– ¿Quieres que sigamos viéndonos o no?

– Qué tonta eres, estaba bromeando…

– Si mi madre o Zoé me ven contigo, se acabó lo que se daba.

– Pero si no me conoce, no me ha visto nunca.

– Me conoce a mí. Y lo entenderá todo enseguida. Es retrasada, pero sabe sumar dos y dos.

Chaval aparcó y apagó el contacto. Pasó un brazo alrededor de los hombros de Hortense y la atrajo hacia él.

– Bésame.

Ella le dio un rápido beso e intentó abrir la puerta.

– ¡Bésame mejor!

– ¡Qué plasta eres!

– Oye… No decías eso hace un rato cuando yo le daba a la tarjeta de crédito.

– Eso era hace un rato.

El metió una mano debajo de su camiseta, buscando atrapar un seno.

– Para, Chaval, para.

– Te recuerdo que tengo un nombre. Detesto que me llames Chaval.

– Es tu apellido. ¿No te gusta?

– Me gustaría que fueses un poco más dulce, un poco más tierna…

– Lo siento, tío, eso no me va.

– ¿Y qué es lo que te va, Hortense? No me das nada, ni un gramo de tu personita…

– Si no estás contento, lo dejamos. Yo no te he pedido nada, ¡has sido tú el que ha venido a buscarme! Tú el que me sigues por todas partes como un perrito faldero.

El hundió su rostro en sus largos cabellos, respiró el olor de su piel, de su perfume, y murmuró:

– Me vuelves loco. No es culpa mía. Por favor, no seas mala… Te deseo tanto. Te compraré todo lo que quieras.

Hortense miró al cielo. ¡Qué pesado era el tío! ¡Va a conseguir, incluso, que me harte de ir de compras!

– Son las siete y media, tengo que volver.

– ¿Cuándo nos vemos?

– No lo sé. Voy a intentar inventarme algo para el sábado por la noche, pero no quiere decir que funcione…

– Tengo dos invitaciones para un pase Galiano el viernes por la noche. ¿Te apetece?

– ¿John Galiano?

Hortense abrió los ojos como platillos volantes.

– Himself! Si quieres, te llevo.

– De acuerdo. Me inventaré algo.

– Pero tienes que ser muy muy buena conmigo…

Hortense suspiró y se estiró en un movimiento de gata aburrida:

– ¡Siempre con condiciones! Si te crees que con eso me presionas…

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