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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– Te sientes muy seguro de ti mismo, ¿no es cierto?

– Dentro de lo razonable -replicó Camille-. Qué transparente eres, Cornélia. Sé exactamente cuáles son tus planes. Sé lo que piensas. Crees que se casará contigo. Olvídalo, querida. No lo hará.

Ésa fue la única chispa de satisfacción que obtuvo aquel día. Lucile le esperaba en casa, con aire triste, sentada con las manos apoyadas en su voluminoso vientre. La vida había dejado de ser divertida. Había llegado a un punto en que las mujeres la miraban con simpatía y los hombres la observaban como si fuera un viejo sofá.

– Max ha enviado una nota -dijo Lucile-. La he abierto. Dice que lamenta lo sucedido esta mañana, que se precipitó, y te ruega que lo perdones. Georges vino a pedirte disculpas.

– Tuve una fantástica pelea con Eléonore. Esos Duplay son unos depredadores. Me pregunto qué sería de mí si Danton y Robespierre se pelearan algún día.

– Tú tienes tu propio criterio.

– Sí, pero la cosa no es tan fácil.

El 26 de marzo la Reina transmitió al enemigo todos los pormenores de los planes de guerra de Francia. El 20 de abril, Francia declaró la guerra a Austria.

25 de abril de 1792: ejecución científica y democrática de Nicolas-Jacques Pelletier, asaltante de caminos.

La multitud es mayor que la que acude a presenciar una ejecución ordinaria, y en el aire flota un ambiente de expectación. Los verdugos, como es lógico, han practicado con unos muñecos; se dan ánimos mutuamente para no cometer un error. Pero no hay problema, la máquina se encarga de todo. Está montada sobre un patíbulo y consiste en una gran estructura negra dotada de una pesada cuchilla. El reo sube al patíbulo acompañado por los guardias. No sufrirá porque han acabado los tiempos de barbarie en Francia, superados por un siniestro instrumento, aprobado por un comité.

Los verdugos se apresuran a rodear al reo, lo sujetan a una tabla y la deslizan hacia adelante; la cuchilla cae rápidamente, con un ruido sordo, y el suelo se tiñe de sangre. La multitud suspira, y las gentes se miran incrédulas. Todo ha terminado demasiado pronto, privándoles del espectáculo de ver morir al reo. Uno de los ayudantes de Sanson lo mira, y el maestro verdugo asiente. El joven levanta la bolsa de cuero en la que ha caído la cabeza del ajusticiado y muestra al público su macabro contenido. Alza la cabeza para que pueda verla la multitud, girándose lentamente para mostrar el rostro de expresión vacía. La muchedumbre se siente satisfecha. Unas mujeres levantan a sus hijos en brazos para que puedan ver el espectáculo. A continuación colocan el cuerpo del reo en una cesta para que se lo lleven, con la cabeza entre los pies.

En total, incluyendo mostrar la cabeza al público (lo que no siempre será necesario), el espectáculo ha durado cinco minutos. El maestro verdugo calcula que, en caso necesario, podrían hacerlo en la mitad de tiempo. El y sus ayudantes y aprendices sostienen distintos puntos de vista sobre la máquina. Es muy práctica, sin duda, y el reo no siente el menor dolor. Pero parece demasiado fácil, la gente creerá que no se necesitan unas aptitudes especiales para utilizarla, que a partir de ahora cualquiera puede ser un verdugo. La profesión se siente menospreciada. El año pasado, la Asamblea debatió la cuestión de la pena capital, y el popular diputado Robespierre solicitó que fuera abolida. Decían que estaba convencido de que su petición tendría éxito. Pero ese hombre prudente y juicioso, el señor Sanson, opina que el señor Robespierre no coincide con la opinión pública en esta materia.

He aquí el presupuesto presentado por el señor Guérdon,

antiguo maestro carpintero del Parlamento de París

Escalones 1.700 libras

Tres cuchillas (dos de reserva) 600 libras

Polea y gargantas de cobre 300 libras

Contrapeso de hierro (de la cuchilla) 300 libras

Cuerda y aparejo 60 libras

Construcción y prueba de la máquina 1.200 libras

Modelo a pequeña escala para pruebas a fin de prevenir accidentes 1.200 libras

TOTAL 5.360 libras

Al recomendar entusiásticamente el nuevo invento a la Asamblea, el doctor Guillotin, experto en salud pública, dijo: «Con esta máquina puedo cortarles la cabeza en un santiamén sin que sufran.» (Risas.)

Danton: anoche Robespierre fue a buscar a Camille a su casa. Yo estaba allí con Lucile. Era una visita totalmente inocente. La sirvienta, Jeanette, estaba despierta. Además, ¿qué voy a hacer con una mujer que está en estado de seis meses? ¿Dónde estaba Camille? Todo el mundo tiene que estar en casa cuando acude Robespierre. El joven Maximilien parecía algo enojado. Lucile me miró. No sabía dónde podía encontrarse.

– Se me ocurren varios sitios -dije-, pero no te recomiendo que vayas allí, Max.

Robespierre se sonrojó. Debe de tener una imaginación muy viva, pensé. De hecho, supuse que Camille estaría al otro lado del río, soltando un discurso ante esos extraños grupos de mujeres que él y Marat frecuentan: la Sociedad de jóvenes señoritas dedicadas a asesinar a marquesas, Pescaderas para la democracia, etcétera. Creía sinceramente que, puesto que el Incorruptible contaba con tal cantidad de seguidoras femeninas, las damas perderían la cabeza y se precipitarían sobre él si aparecía mientras adoraban a Camille.

Robespierre preguntó si nos importaba que esperara a Camille, pues debía hablar con él urgentemente.

– ¿No puedes hablar con él por la mañana?

– Sigo un horario un tanto especial -me explicó Robespierre-. Lo mismo que Camille. Cuando necesito hablar con él, suelo encontrarlo sin dificultad.

– Esta vez no -contesté. Lucile me miró como implorando mi ayuda.

Esperamos a Camille durante más de una hora. Resulta muy difícil hablar de cosas intrascendentes con Maximilien. De golpe, Lolotte le pidió que fuera el padrino de su hijo. Max se mostró muy complacido. Lucile le recordó que le tocaba a él elegir el nombre del niño. Max dijo que tenía el presentimiento de que sería un varón, y que debíamos ponerle el nombre de un gran hombre, de alguien que se hubiera distinguido por sus virtudes republicanas. Solíamos referirnos a la república no como un fenómeno político sino como un estado de ánimo. Tras barajar varios nombres griegos y romanos, Robespierre decidió Horace.

– ¿Y si es una niña? -pregunté yo.

Lucile se apresuró a decir que le parecía un nombre muy adecuado; pero al mirarla vi que estaba pensando, no lo utilizaremos, no le llamaremos así. De segundo nombre, dijo Lucile, podíamos ponerle Camille. Robespierre contestó sonriendo:

– Un nombre muy honroso, desde luego.

Luego nos miramos, sin saber qué decir. Yo tenía la incómoda sensación de que el honroso Camille se había ido de putas.

Apareció hacia las dos de la mañana. Al preguntar cuál de los dos había llegado antes y responderle que había sido yo, me miró fijamente, aunque no parecía disgustado. Lucile no le preguntó dónde había estado. Es un tesoro. Mientras me despedía, Robespierre empezó a hablar de un asunto relacionado con la Comuna, como si fueran las dos de la tarde, y en unos términos increíblemente duros.

Robespierre: existían personas como Lucile. Lo había dicho Rousseau. Robespierre dejó el libro, después de señalar la página.

Prueba del amable carácter de esa mujer es que todos los que la aman se aman entre sí, tras haber conseguido que el poderoso sentimiento que les inspira conjure los celos y la rivalidad. Jamás vi la menor muestra de antagonismo entre quienes la rodean. Deténgase el lector un momento, y si logra recordar a otra mujer que merezca esas alabanzas, le recomiendo que no deje que se le escape.

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