Cartas de un asesino insignificante
- Автор: Somoza José Carlos
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Cartas de un asesino insignificante». Краткое содержание книги:
– ¿Puedo sentarme?
– Tú verás lo que haces -replicaste, sonriendo sin ganas.
Parecías más serio que de costumbre, aunque la impresión que transmitías era, como siempre, doble: «Observa que sonrío, ya que no quiero que percibas mi seriedad, con lo cual te percatarás de que mi seriedad es muy importante y la notarás más». Acerqué una silla, porque ocupabas la única disponible y no te levantaste, y me puse a contemplar el estrépito. La «Reina» erguía su cabeza de monigote sobre la muchedumbre, dando tumbos; era una figura torpe, hecha a retazos, como el juguete de un gigantesco crío.
– Anda, que si tuvieras que pedirme permiso para compartir una mesa… -tu tono de voz era de paciencia etílica, aquella que tiene el enfado sujeto con débiles correas.
– Tienes razón.
Nos miramos. Sonreímos. Pensé: «¿Me hablarás ahora de las cartas?». Pero dijiste:
– ¿Y esa traducción? ¿Qué tal va?
– No va mal.
– ¿La terminas para el verano?
– Debo hacerlo.
Estrangulaste un paquete de cigarrillos después de salvar el último -enfermizo, curvo-: elaboraste todo un ritual para encenderlo con tu viejo mechero metálico; me preguntaste si había visto alguna vez la fiesta de los Reyes de Mayo de Roquedal; la respuesta era obvia; me aconsejaste presenciarla, porque podía ser «una experiencia curiosa para un escritor»; asentí; creamos un silencio a dúo; lo rompiste con una repentina intimidad:
– La verdad, quiero pedirte disculpas, Carmen del Mar.
‹‹Ahora confesarás», sonreí.
– ¿Por qué?
– Porque no te he dedicado mucho tiempo estos días, en la Trocha.
– No tenías que hacerlo.
Y de repente me recordaste a mi padre en instante de un obsequio: la misma sonrisa enigmática.
– Es que me has dado envidia, y me he puesto a escribir…
– ¿Ah, sí? ¿Y qué escribes? -¿Percibiste mi sarcasmo? Mi sarcasmo era como un clavel en la solapa, un signo que sólo reconocerías si eras quien debías ser.
– Lo de siempre, mujer. Poemas, Cuentos infantiles.
– Ya.
– ¿No te lo crees? -abriste un poco más los ojos, aunque con esfuerzo.
– Claro que sí.
Los clarines, de improviso, sonaron a grito de niña horrorizada. Se hizo un silencio tensome cogiste del brazo.
– ¿Quieres ver venir al «Rey»? Ven.
Rodeamos la plaza esquivando a la gente.| Yo me dejé conducir sin que tu brusquedad me molestara. Llegamos a la esquina de la iglesia donde se reunía el público en dos filas, la espalda contra la pared, mirando hacia la costana del fondo.
– Por ahí tiene que llegar -señalaste.
En aquel momento debí presentirlo: empleabas tu más lánguido tono paternal y me sonreías sin motivo aparente. Parecías querer decirme: «Hoy voy a complacerte en todo». Tenías bien calculado el tiempo, porque nada más hallar nuestros huecos entre la multitud escuchamos un fuerte redoble de tambores y aplauso? crecientes, como un circo que se acercara.
El Rey
Y por fin lo divisamos, encrespándose por la pendiente. Se movía al pesado ritmo de los mazos, acompañado de sus propios «Nobles››. Pasó frente a mí, a la distancia de mi brazo: su rostro blanco y deforme, de pómulos tumorales y mejillas de payaso, poseía una misteriosa dignidad, como las máscaras antiguas; las cejas, bien pintadas, enlazadas en el centro con arabescos venecianos; los labios, femeninos, sonriendo. Escoró la pesada cabeza y sus falsos ojos me abarcaron; me estremecí, aunque sabía que el individuo que hace de «Rey» -mucho más insignificante- se asomaba a unos orificios taladrados en el pecho. La expresión me pareció maligna. El golpe profundo de los tambores me resonó en las entrañas como un colosal embarazo.
– Impresiona, ¿eh? -dijiste.
– Un poco.
Transcurrió una alegre eternidad mientras las dos comitivas se reunían en la plaza. La se inclinó ante el «Rey» y sus extremidades, inflexibles, semejaron las patas de un gran insecto. Hubo un breve silencio -de esa clase que acontece siempre cuando el silencio es insoportable, y el monarca extendió uno de los brazos de palo por detrás de la cabeza de su consorte; la mano, aberrante, parecía ir a estrangularla. Alguien, no sé quién, una voz -después muchas-, gritó: «¡Arrastráaaaaa!» al tiempo que el «Rey» parecía propinarle un fuerte empujón a la «Reina» -se escuchó un choque de maderas: ¡ploc!-y ambos desataban una tumultuosa carrera por la costana. Los monigotes se deformaron con el ímpetu, los mantos volaron a sus espaldas, los brazos adoptaron posturas inhumanas; tras ellos corrían los «Nobles» -adolescentes con calzas negras y capas-, y la mayoría de la gente que nos rodeaba. Volviste a cogerme del brazo, esta vez con más fuerza, te oí gritar con los demás: «¡Arrastra!», y nos despeñamos pendiente abajo, siguiendo la monstruosa estela de los Reyes.