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Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos

Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:

Josephine tiene cuarenta años, está casada y tiene dos hijas, Hortense y Zoé. Es consciente de que su matrimonio ha fracasado, pero sus inseguridades le impiden tomar una decisión. A Antoine, su marido, le despidieron hace un año de la armería de caza donde trabajaba y desde entonces se dedica a languidecer en el apartamento y a engañar a su mujer.
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
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Ya que esto es un circo, ya que estoy en la arena, mejor ser la reina del circo, pensó escuchando distraídamente al presentador. Un último recordatorio del título del libro, del editor, una última vez su nombre ovacionado por el aforo, que se levantó como los romanos en los juegos del Coliseo. Iris se inclinó para dar las gracias, descendió de la silla en la que estaba encaramada y volvió a los pasillos del plato.

La jefa de prensa, al teléfono, levantó el pulgar radiante. ¡Victoria!

– ¡Hemos ganado, querida! Has estado magnífica, heroica, divina -añadió cerrando la mano sobre su móvil-, están llamando todos, los periódicos, las radios, las otras cadenas, ¡te quieren, están como locos, hemos ganado!

* * *

En el salón de Shirley, reunidos en torno a la televisión, Joséphine, Hortense, Zoé y Gary miran el programa.

– ¿Estás segura de que esa es Iris? -preguntó Zoé con vocecita inquieta.

– Pues… sí.

– ¿Por qué ha hecho eso?

– Para vender -contestó Hortense-. ¡Y va a vender! ¡No se va a hablar más que de ella! ¡Qué golpe de efecto!

– ¿Crees que estaba premeditado? ¿Que habían organizado todo con el periodista? -preguntó a Shirley.

– A tu tía la creo capaz de todo. Pero, aquí, debo confesar que me he quedado de piedra.

– She knocks me down too! [7] -balbuceó Gary-. Es la primera vez que veo eso en la tele. Quiero decir no en una película, porque lo de Juana de Arco ya lo he visto, pero, bueno, era una actriz y llevaba peluca.

– ¿Quieres decir que se ha quedado sin pelo de verdad? -se asustó Zoé al borde de las lágrimas.

– Creo que sí.

Zoé miró a su madre, que no había dicho nada.

– Pero eso es horrible, mamá, es horrible. ¡Nunca escribiré un libro y nunca iré a la tele!

– Tienes razón, es horrible… -consiguió decir Joséphine antes de salir corriendo al baño de Shirley para vomitar.

– Fin de la película y hasta la próxima -lanzó Shirley apagando la tele-. Pues, en mi opinión, esto no ha hecho más que comenzar.

Escucharon la cadena del váter en el baño y Joséphine volvió, lívida, secándose la boca con el reverso de la mano.

– ¿Por qué se ha puesto mala mamá? -susurró Zoé a Shirley.

– De ver a tu tía actuar así. Vamos, poned la mesa, que voy a sacar mi pollo de corral, que ya debe de estar dorándose en el horno. Menos mal que ha salido la primera, si no se habría carbonizado.

Gary se levantó el primero y su metro noventa y dos se desplegó de golpe. Joséphine no conseguía acostumbrarse. No lo había reconocido cuando volvió en septiembre. Lo había visto de espaldas en el portal del edificio y había pensado que era un nuevo inquilino. Había crecido aún más y le sacaba a su madre una cabeza y media. También se había fortalecido. Sus hombros parecían estallar dentro de su camisa de cuadros abierta sobre una camiseta negra, donde podía leerse «Fuck Bush». Ya no había nada del adolescente del que se había despedido a principios de julio. Su media melena de pelo negro encuadraba su rostro y subrayaba el verde de sus ojos, sus dientes eran blancos y bien alineados. Una ligera barba marcaba su mentón. Su voz había mudado. ¡Casi diecisiete años! Se había convertido en un hombre, pero conservaba aún, por momentos, la gracia torpe del adolescente que surgía en una sonrisa, en una forma de meterse las manos en los bolsillos o de balancearse con los pies. Unos meses más y pasaría definitivamente al lado de los adultos, había pensado ella observando cómo se movía. Tiene una clase innata, se desplaza con elegancia, quizás sea verdaderamente «royal», después de todo.

– No sé si voy a poder comer algo -dijo Joséphine sentándose a la mesa.

Shirley se inclinó y susurró al oído de Jo «¡serénate, se van a preguntar por qué te pones en ese estado!».

Shirley le había contado a Gary el secreto de Joséphine. «¡Pero no se lo digas a nadie!». «Te lo juro», había respondido él. Podía confiar en éclass="underline" sabía guardar un secreto.

Habían pasado un verano magnífico juntos. Dos semanas en Londres y cuatro en Escocia, en una casa solariega que les había prestado un amigo. Habían cazado, pescado, dado largos paseos por las verdes colinas. Gary pasaba todas las veladas con Emma, una chica que trabajaba durante la jornada en el pub del pueblo. Una noche, él había vuelto y le había dicho a su madre «I did it» con una sonrisa de bestia saciada. Habían brindado por la nueva vida de Gary. «La primera vez -había dicho Shirley-no es gran cosa, pero, ya verás, ¡cada vez será mejor!». «No estuvo mal. Con el tiempo que llevaba muerto de ganas… Sabes, es curioso, pero ahora tengo la impresión de estar en igualdad con mi padre». Había estado a punto de añadir: «Háblame de él», pero ella había visto morir la pregunta entre sus labios. Todas las noches iba a encontrarse con Emma, que vivía en una pequeña habitación encima de la taberna. Shirley encendía el fuego en la gran sala de armas y, acurrucada sobre el sofá situado frente al hogar, cogía un libro. A veces, se citaba con el hombre. Había venido a pasar dos o tres fines de semana con ella. Se encontraban en el ala oeste del castillo, cuando caía la noche. Nunca se había cruzado con Gary.

Miró a Gary, que terminaba de poner la mesa. Sorprendió a Hortense mirando a Gary y sonrió satisfecha. ¡Ja! Va a dejar de ser el perrito faldero de antaño. Well done, my son! [8]Ha cambiado algo en Gary, se decía Hortense. Por supuesto, ha crecido, se ha desarrollado, pero hay otra cosa. Como si hubiese ganado una nueva autonomía. Como si ya no estuviese a mi merced. No me gusta que mis pretendientes me ignoren, pensó mientras tocaba su móvil hundido en el bolsillo de sus vaqueros.

Ella también ha cambiado, pensó Shirley mirándola. Es guapa y se ha vuelto peligrosa. Segrega una sensualidad turbia. Sólo Jo no se ha dado cuenta y continúa tratándola como a una niña pequeña. Regó el pollo con la salsa de la bandeja, constató que estaba bien hecho, bien dorado, y lo depositó sobre la mesa. Preguntó quién quería pechuga y quién quería muslo. Las niñas y Gary levantaron la mano para reclamar la pechuga.

– ¿Nos quedamos los muslos para nosotras? -dijo Shirley a Jo, que contemplaba el pollo con cara de disgusto.

– Te doy mi parte -dijo Jo rechazando su plato.

– Mamá, tienes que comer -ordenó Zoé-. Has adelgazado demasiado, no está bien, sabes, has perdido tus hoyuelos.

– ¿Has hecho el régimen de la señora Barthillet? -preguntó Shirley sirviendo los trozos de pechuga.

– He trabajado en agosto y no he comido mucho. Hacía tanto calor…

Y me he pasado el tiempo buscando a Luca en la biblioteca, consumiéndome esperándole, no podía tragar nada.

– ¿No ha salido un poco pronto el libro? -preguntó Shirley.

– El editor prefirió jugar la carta de la rentrée literaria.

– Eso es que debía de estar muy seguro de la obra.

– ¡O de ella! Y ahí está la prueba: tenía razón… -murmuró Jo.

– ¿Tienes noticias de los Barthillet? -preguntó Shirley deseosa de cambiar de conversación.

– Ninguna, y lo llevo muy bien.

– Max no ha vuelto al instituto -suspiró Zoé.

– Mejor. Ejercía una influencia malísima sobre ti.

– No es un mal tío, Jo -intervino Gary-, sólo que está un poco colgado… Hay que decir que con los padres que tiene que aguantar, ¡no le ha tocado la lotería! Ahora se ocupa de las cabras de su padre. No debe de ser muy divertido. Tengo un colega que le conoce bien y que ha tenido noticias suyas. Ha dejado el colegio y se ha reconvertido al queso. Good luck!

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[7] * ¡Me deja de piedra!

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[8] Bien hecho, hijo mío.

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