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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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– Pero cuando echaron a Piero -dije-, Savonarola suplicó piedad para todos los amigos de los Médicis. Insistió en que todos debían ser perdonados.

Mi padre miró a través del jardín, a lo largo del sendero de lajas bordeadas de rosales y de los bojes esculpidos, a su nieto, que entonces jugaba con un infortunado escarabajo. La visión debería haberlo alegrado; en cambio, su mirada se veía torturada.

– Ahora no habrá piedad -afirmó con la convicción de un hombre que guarda secretos-. Ninguna esperanza. Solo habrá sangre.

Quería desesperadamente ir a la Santissima Annunziata para avisar a Leonardo del inminente peligro para Bernardo del Nero y su partido político, pero Francesco no quiso saber nada de que saliese para ir a rezar; especialmente cuando significaba ir a la capilla de la familia, al otro lado del Ospedale degli Innocenti, donde estaban alojados muchos de los enfermos. Por mucho que dije, no pude convencer a Claudio para que desobedeciese las órdenes de su amo.

Así que seguí prisionera en la casa. Todas las cartas de Francesco habían hablado de los bigi como enemigos que había que contener; para entonces estaba claro que debían ser destruidos. Confiaba en que Leonardo supiese más del peligro que yo.

Mientras tanto, salía al balcón y desenfundaba mi puñal. Mi oponente ya no era el tercer hombre, el asesino de mi verdadero padre. Era Francesco. Era el autor de las cartas; los asesinos de mi amado Giuliano. Noche tras noche, blandía mi puñal. Noche tras noche, los mataba, y me consolaba al hacerlo.

Se hicieron arrestos y los acusados fueron torturados. Al final, cinco hombres fueron llevados ante la Signoria y el Gran Consejo para la sentencia: el augusto Bernardo del Nero; Lorenzo Tornabuoni, el joven primo de Piero, que, aunque cabeza de los bigi, era sin embargo un ciudadano muy amado y un pío piagnoni; Niccolò Ridolfi, un hombre mayor cuyo hijo se había casado con Contessina, la hija de Lorenzo; Giannozzo Pucci, un joven amigo de Piero; y Giovanni Cambi, que había tenido muchos tratos comerciales con los Médicis.

«¡Piedad!» gritaban los partidarios, seguros de que las sentencias serían suaves y, en el caso de Bernardo del Nero, conmutada. Los acusados eran todos admirados y probos ciudadanos; sus confesiones -que demostraban que estaban activamente involucrados en conseguir el regreso de Piero de Médicis, que se proclamaría a sí mismo gobernante de la ciudad- habían sido obtenidas a través la más brutal tortura.

El pueblo buscó la guía de Savonarola. Sin duda el fraile volvería a pedir perdón y tolerancia.

Pero fray Girolamo estaba demasiado ocupado en sus esfuerzos por aplacar a un papa furioso. Ya no podía preocuparse, manifestó públicamente, por los asuntos políticos. «Dejad que todos mueran o sean expulsados. A mí me da lo mismo.»

Sus palabras fueron repetidas miles de veces por los seguidores, cuyos ojos mostraban preocupación, cuyas voces eran apagadas.

Tres horas antes del amanecer del 27 de agosto, Zalumma y yo nos despertamos sobresaltadas por los golpes en la puerta de mi habitación. Zalumma se levantó del catre y abrió la puerta, donde se encontró con Isabella, desarreglada y con los ojos entrecerrados por la luz de la vela que llevaba en la mano. Todavía medio dormida, me acerqué a la puerta y la miré.

– Tu marido te llama -me comunicó-. Ha dicho: «Vístete deprisa para una ocasión sombría, y ven abajo».

Fruncí el entrecejo y me froté los ojos.

– ¿Qué pasa con Zalumma? -La oía detrás de mí; intentaba encender la lámpara.

– Solo tú debes ir.

Mientras Zalumma me vestía con una modesta túnica de seda gris bordada con hilo negro, comencé a preocuparme. ¿Qué «sombría ocasión» requería que fuese despertada en plena noche? Quizá alguien había muerto; pensé de inmediato en mi padre. La excomunión de Savonarola le había hecho perder el favor de su amo. ¿Habían decidido finalmente prescindir de él?

El aire era pesado y caliente; había dormido inquieta debido al calor. Apenas acabé de vestirme, ya tenía los pechos y las axilas bañadas en sudor.

Dejé a Zalumma y empecé a bajar la escalera; me detuve en el piso inferior para ir a las habitaciones de los invitados, donde en aquel momento dormía mi padre. Me detuve delante de la puerta cerrada, pero mi desesperación superaba todas las reglas de cortesía. Abrí la puerta solo lo suficiente para mirar más allá de la antecámara, hacia el dormitorio, y confirmar que mi padre dormía tranquilamente.

Agradecida, cerré la puerta silenciosamente y bajé la escalera para reunirme con Francesco.

Él se paseaba delante de la puerta principal, totalmente alerta e inquieto. No podía describirlo como feliz, pero en su expresión y en sus ojos vi un nervioso triunfo, una oscura alegría. Fue entonces cuando comprendí que estábamos esperando a Claudio, que estaba ocurriendo algo suficientemente importante como para que Francesco estuviese dispuesto a arriesgarse a sí mismo y a su esposa a la plaga.

– ¿Alguien ha muerto? -pregunté con la amable preocupación de una buena esposa.

– No tiene sentido hablarlo contigo ahora; solo te inquietarás, como hacéis las mujeres en estos casos. Muy pronto verás adónde vamos. Solo te pido que te contengas, que muestres todo el valor del que eres capaz. Te pido que hagas que me sienta orgulloso.

Lo miré con creciente temor.

– Haré cuanto pueda.

Me dedicó una sonrisa grave y fuimos hasta el carruaje, donde Claudio y los caballos esperaban. El aire era sofocante, sin el menor rastro de frescura. No hablamos durante el trayecto. Yo miraba las calles oscuras, y mi temor crecía por momentos mientras nos dirigíamos hacia el este en dirección a la catedral y después implacablemente al sur.

Entramos en la piazza della Signoria. En las ventanas del palacio de los regentes, estaban encendidas todas las lámparas; pero ese no era nuestro destino. Nos detuvimos delante del edificio contiguo: el Bargello, la cárcel donde había estado detenida, donde Leonardo había sido llevado por los guardias nocturnos. Era una imponente fortaleza cuadrada coronada por almenas. Grandes antorchas ardían a cada lado de las grandes puertas de entrada.

Mientras Claudio abría la puerta del coche, me acobardé. «Han capturado a Leonardo -pensé-. Francesco lo sabe todo. Me ha traído aquí para ser interrogada…», pero no di ninguna muestra exterior de inquietud. Mi rostro permaneció impávido cuando sujeté el brazo de Claudio y bajé ágilmente. Pensé brevemente en el puñal de Zalumma, oculto debajo de mi colchón.

Francesco bajó detrás de mí y me cogió el codo. Mientras me llevaba hacia las puertas, vi unos carros que esperaban cerca; había cinco, atendidos por pequeños grupos de hombres muy serios y vestidos de negro. Un sonido agudo me hizo volver la cabeza y mirar hacia ellos más atentamente: una mujer con un velo negro estaba sentada en uno de los carros, y lloraba con tanta violencia que se hubiese caído de no haberla sujetado el cochero.

Entramos. Esperaba que me condujeran a una celda o a una habitación llena de regentes acusadores. Guardias armados nos observaron mientras pasábamos por el vestíbulo, y luego a través de un gran patio. En cada una de las esquinas había un gran pilar, de la misma piedra marrón del edificio; en cada uno de aquellos pilares había unos anillos de hierro negro, y en cada anillo ardía una antorcha, que proyectaba una ondulante luz naranja.

En la pared más lejana había una empinada escalera que conducía a un balcón, y al pie de los escalones había una ancha tarima acabada de construir. Habían desparramado manojos de paja en la superficie. Debajo de los aromas de la madera fresca y la paja se notaba el débil y fétido olor de excrementos humanos.

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