El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
Finalmente, con voz suave y sin tono de reproche, me dijo:
– Eres peor espía de lo que creía, Lisa. No puedes ocultar que estás mintiendo.
– ¡No miento! -repliqué, pero no pude mirarlo.
Exhaló un suspiro; su tono fue resignado, triste.
– Muy bien, lo diré de otra forma. Estás ocultando la verdad. Creo que sabes quién es «nuestro amigo». Quizá debería pedirte que recitases esa frase en particular una y otra vez… hasta que finalmente me la digas tal como fue escrita.
Me sentí furiosa conmigo misma, avergonzada. Por culpa de mi estupidez había traicionado al hombre que más necesitaba de mi confianza.
– Te he dicho todo lo que necesitabas saber de la carta. No puedes… Tú crees que lo sabes todo, pero no es así.
Permaneció tranquilo, triste.
– Madonna, no me estarás diciendo nada que yo no sepa. Comprendo que quieras protegerlo, pero ya es demasiado tarde para ello.
Cerré los ojos. Cuando volví a abrirlos, dije:
– Debes prometerme que nadie le hará daño. Que no sufrirá ningún prejuicio… Si creyese que tú, que Piero es un peligro para él, yo…
– Lisa -me interrumpió bruscamente-. Estás intentado proteger a alguien que no es digno de tu protección. -Volvió el rostro hacia la ventana-. Esperaba que este momento nunca llegase. Ahora veo que solo era cuestión de tiempo.
– Si le haces daño, no te ayudaré. -Mi voz tembló.
– ¡Salai! -llamó, con tanta fuerza que me sobresalté al creer que me gritaba a mí-. ¡Salai!
Al cabo de un momento, Salai apareció en la puerta sonriente; al vernos, su buen humor se evaporó.
– Vigílala -ordenó Leonardo. Salió de la habitación. Al cabo de un instante, oí que se movía en el cuarto contiguo, buscaba algo.
Cuando regresó, traía una carpeta en la mano; despidió a Salai con un gesto. Luego llevó la carpeta hasta la mesa junto a la pared opuesta, la abrió y comenzó a buscar entre los dibujos -unos pocos en carboncillo, otros en tinta, la mayoría en una delicada tiza marrón rojiza- hasta encontrar el que buscaba.
Apoyó el índice en el dibujo, firme, acusadoramente.
Me acerqué a su lado; miré el dibujo.
– Tenías razón. Hice un boceto inmediatamente después del hecho y lo guardé durante mucho tiempo. Este es uno que hice recientemente en Milán. Después de tu pregunta, comprendí que quizá había llegado el momento de que lo vieras.
Era la representación completa de la cabeza de un hombre, con una insinuación del cuello y los hombros. Estaba en el acto de volverse para mirar sobre el hombro a un lugar muy lejano detrás de él. Llevaba una capucha que le ocultaba el cabello y las orejas; la mayor parte del rostro estaba en la sombra. Solo la punta de la nariz, la barbilla y la boca eran visibles.
Los labios del hombre estaban separados; una de las comisuras estaba más baja debido al movimiento del rostro; en mi mente pude oír su exclamación. Aunque los ojos estaban ocultos en la oscuridad, su terror, su furia consumada, el comienzo del arrepentimiento se transmitían claramente en el brillante y horrorizado descenso del labio inferior, en los tensos músculos del cuello.
Miré el dibujo. Me pareció que conocía a ese hombre, pero nunca lo había visto antes.
– Este es el penitente -dije-. El hombre que viste en la catedral.
– Sí. ¿Lo reconoces?
Titubeé y acabé contestando:
– No.
Él despejó un espacio en la mesa, sacó el dibujo de la carpeta y lo colocó sobre la mesa.
– No supe lo que voy a mostrarte ahora hasta hace muy poco. -Sacó un trozo de tiza roja y me hizo un gesto para que me acercara más.
Comenzó a dibujar con la misma naturalidad con que cualquier otro hombre puede caminar o respirar. Hizo unos rápidos y ligeros trazos sobre la mandíbula y la barbilla; tardé solo un momento en comprender que estaba dibujando cabellos, una barba. Al hacerlo, la mandíbula del penitente se suavizó; el labio superior desapareció debajo de un gran bigote. Trazó un par de líneas y las comisuras de la boca del hombre se arrugaron súbitamente con la edad.
Lentamente, procedente de su mano, apareció un hombre que yo conocía, un hombre que había visto cada día de mi vida.
Me volví. Cerré los ojos porque no quería ver más.
– Ahora lo reconoces. -La voz de Leonardo era muy suave y triste.
Asentí.
– Su participación no nació de la inocencia, Lisa. Él fue parte de la conspiración desde el principio. No se unió por piedad, sino por celos, por odio. No merece la protección de nadie. Destrozó a Anna Lucrezia.
Le volví la espalda a él, al dibujo. Me aparté.
– ¿Fuiste a él, Lisa? ¿Le dijiste algo a él? ¿Le hablaste de mí, de Piero?
Me acerqué a mi silla y me senté. Entrelacé las manos y me incliné hacia delante, con los codos sobre las rodillas. Quería vomitar. Llevaba mi puñal aquel día, ansiosa por el momento de encontrar al tercer hombre.
Leonardo permaneció junto a la mesa y el dibujo, pero me miró.
– Por favor, responde. Estamos tratando con hombres que no paran mientes ante el asesinato. ¿Has hablado con él? ¿Le has dicho algo a él, a cualquiera?
– No -respondí.
Le había dicho a Leonardo una verdad a medias: que no había hablado de él o de las cartas de Francesco. Quizá era la media verdad lo que apareció en mi rostro, en mi aspecto, porque Leonardo no me hizo más preguntas.
Pero ni siquiera él, con todo su encanto, pudo convencerme de que posase para él aquel día, ni tampoco quise conversar sobre todo lo ocurrido desde la última vez que nos habíamos encontrado. Regresé a casa temprano.
Francesco tardó en volver de su tienda. No se detuvo en la habitación de los niños para saludarnos a mí y a Matteo; fue a sus habitaciones y no volvió a salir hasta que lo llamaron para cenar.
Mi padre también llegó tarde, y él tampoco fue a la habitación de los niños, como era su costumbre. Me senté a la mesa. Francesco tenía una expresión pétrea, parecía derrotado, dominado por una fría e impotente rabia. Murmuró mi nombre y me saludó con una leve inclinación de cabeza, pero sus facciones no se movieron.
Mi padre hizo lo posible por sonreírme, pero dado lo que había sabido por Leonardo, me resultó difícil responder a su mirada. Una vez servida la comida, me preguntó por la salud de Matteo, y por la mía; respondí con una torpe reserva. Después comenzó a hablar un poco de política, como él y Francesco hacían a menudo, para que yo pudiese comprender y educarme.
– Fray Girolamo está trabajando en una apología: El triunfo de la Cruz. Hay quienes afirman que es un hereje, un rebelde contra la Iglesia, pero este trabajo demostrará qué ortodoxas son sus creencias. La está escribiendo expresamente para Su Santidad, en respuesta a los cargos presentados contra él por sus críticos.
Miré de reojo a Francesco, que se ocupaba de su minestra y no manifestó su opinión al respecto.
– Desde luego -dije cautelosamente-, ha predicado insistentemente contra Roma.
– Predica contra el pecado -replicó mi padre amablemente-. No contra el papado. Sus escritos demostrarán su absoluto respeto por el Papa.
No me dejé engañar, pero miré mi plato y no respondí.
– Creo que es sabio por parte de fray Girolamo ocuparse de tales cuestiones -añadió, pero cuando vio que ni Francesco ni yo replicábamos de inmediato, se dio por vencido y los tres comimos en silencio.
Después de unos momentos, Francesco me sorprendió al hablar, repentinamente, con una helada amargura.
– Que el profeta escriba lo que quiera. Hay algunos que creen que tiene pocas posibilidades de aplacar a Su Santidad.
Mi padre levantó la cabeza vivamente; enfrentado a la helada mirada de Francesco, no tardó en agacharla de nuevo.
La cena acabó sin una palabra más. Mi padre se marchó inmediatamente después; algo que me alegró, porque estaba demasiado preocupada con mi nuevo descubrimiento para sentirme a gusto con él. Francesco regresó a su habitación. Yo subí a jugar con Matteo en un esfuerzo por distraerme, para borrar la imagen de mi padre clavando un puñal en la espalda de Juliano.