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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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—Atiéndelos en la sala de estar principal hasta que vaya yo, Birgitte. —La salita pequeña había bastado para Zaida (confiaba en que la Señora de las Olas no hubiese reparado en el desaire), pero cuatro Cabezas Insignes de casas requerían algo más formal—. Y pide a la doncella primera que prepare aposentos. —Aposentos. ¡Luz! Las Atha’an Miere tendrían que apresurarse a dejar los suyos para tener sitio. Hasta que se marcharan, la mayoría de las camas que no tenían dos ocupantes tenían tres—. Essande, el vestido de seda verde con zafiros, creo. Y zafiros para el cabello también. Los grandes.

Birgitte se marchó sintiéndose todavía desconcertada e irritada. ¿Por qué? No habría pensado que dejaría esperando a Dyelin a causa de Zaida, ¿verdad? Oh, Luz, ahora estaba desconcertada porque Birgitte se sentía desconcertada; ¡si no impedían que esa sensación creciera, las dos acabarían mareadas! Al tiempo que la puerta se cerraba, Essande se dirigió al armario más cercano exhibiendo una sonrisa que podría haberse descrito como triunfal.

Elayne sonrió para sus adentros al ver que Aviendha rechazaba a Naris con su peine y se anudaba un pañuelo gris oscuro a las sienes para retirar el cabello de la cara. Necesitaba algo que la sacara de aquella espiral mareante.

—Quizá deberías ponerte sedas y gemas una vez más, Aviendha —dijo en un tono de afectuosa burla—. A Dyelin le dará igual, por supuesto, pero los otros no están acostumbrados a los Aiel. Quizá piensen que estoy agasajando a una trabajadora de las cuadras.

Lo dijo en broma —se las gastaban con la vestimenta cada dos por tres, y Dyelin miraba a Aviendha con recelo llevara lo que llevara puesto—, pero su hermana miró con el entrecejo fruncido los armarios que se alineaban en la pared y después asintió y dejó el pañuelo sobre el banco almohadillado.

—Sólo para que esas Cabezas Insignes tengan una buena impresión. No pienses que voy a hacerlo en cualquier momento. Es como favor a ti.

Para estar haciendo sólo un favor, examinó minuciosamente y con gran interés los vestidos que Essande sacó antes de decidirse por uno azul oscuro, de terciopelo, con cuchilladas verdes, y una redecilla de plata para recogerse el cabello. Eran atuendos suyos, hechos para ella, pero desde su llegada a Caemlyn había evitado ponérselos como si estuvieran plagados de arañas calavera. Mientras acariciaba las mangas vaciló como si fuera a cambiar de opinión, pero finalmente dejó que Naris le abrochara los minúsculos botones de perlas. Rechazó la oferta de Elayne de ponerse unas esmeraldas que habrían quedado perfectamente con el vestido, y se dejó puestos el collar de plata tallado como copos de nieve y el grueso brazalete de marfil, pero en el último momento se prendió la tortuga de ámbar en el hombro.

—Nunca se sabe cuándo puede ser necesario —dijo.

—Más vale prevenir que curar —convino Elayne—. Esos colores te sientan muy bien. —Era verdad, pero Aviendha se puso colorada. Elogiarla por lo bien que disparaba un arco y lo rápido que corría lo aceptaba como algo merecido, pero le costaba acostumbrarse al hecho de que era hermosa. Ésa era una parte de sí misma que había pasado por alto hasta hacía poco.

Essande sacudió la cabeza con desaprobación, sin saber que el broche era un angreal. El ámbar no iba bien con el terciopelo azul. O quizá fuera por el cuchillo de mango de asta que Aviendha metió bajo el cinturón de terciopelo. La mujer canosa se aseguró de que Elayne se pusiera una pequeña daga adornada con zafiros en la vaina y el pomo, colgada de un cinturón de oro tejido. Todo tenía que estar perfecto para obtener la aprobación de Essande.

Rasoria dio un respingo cuando Aviendha entró en la habitación vestida de terciopelo. Las mujeres de la guardia nunca la habían visto con otras ropas que las Aiel. Aviendha frunció el ceño como si la mujer se hubiese reído y asió firmemente la empuñadura del cuchillo, pero por suerte desvió su atención una bandeja cubierta con un paño que había sobre la mesa alargada colocada contra la pared. Habían traído la comida de Elayne mientras se vestían. Tras apartar el paño de rayas azules, Aviendha intentó despertar el apetito de Elayne sonriendo y comentando lo dulce que debía de estar la compota de ciruelas secas y prorrumpiendo en exclamaciones ante las tajadas de cerdo envueltas en una salsa muy espesa. ¿Tajadas? Tiritas, era lo que parecían. Rasoria carraspeó y mencionó que ardía un fuego acogedor en la sala de estar de los aposentos. Estaría encantada de llevar la bandeja allí para lady Elayne. Todo el mundo intentaba que comiera adecuadamente, o lo que entendían por «adecuadamente», pero eso era ridículo. ¡La salsa era una masa congelada que se quedaría pegada en el plato si se le daba la vuelta!

Tenía a las Cabezas Insignes de cuatro casas esperándola, y ya llevaban mucho. Comentó tal cosa, aunque sugirió que comieran las dos si tenían hambre. De hecho, dio a entender que podría insistir en que comieran. Aquello bastó para que Aviendha cubriera de nuevo la bandeja con el trapo a la par que se estremecía, y Rasoria tampoco perdió más el tiempo.

Sólo había un corto tramo por el helado pasillo hasta la sala de estar oficial, y aparte de ellas sólo se movían las coloridas colgaduras de invierno que se mecían con las corrientes del corredor, pero las mujeres de la guardia formaban un anillo alrededor de Elayne y Aviendha y vigilaban como si esperaran ver aparecer trollocs. Sólo merced a un esfuerzo Elayne consiguió convencer a Rasoria de que no había necesidad de registrar la sala de estar antes de que entrara ella. Las guardias la servían y la obedecían, pero también habían jurado mantenerla con vida y podían mostrar querencia hacia ese compromiso como Birgitte la tenía a decidir si era Guardián, capitán general o hermana mayor en cualquier momento dado. ¡Probablemente, a raíz del incidente con Zaida, Rasoria habría querido que los lores y ladys que esperaban dentro rindieran sus armas! Puede que también tuviera que ver la amenaza sobre ingerir esa pastosa salsa. Sin embargo, tras una corta discusión, Elayne y Aviendha entraron juntas por la ancha puerta; y solas. No obstante, la sensación de satisfacción de Elayne duró poco.

La sala era grande, pensada para acoger docenas de personas con comodidad, un espacio cubierto con paneles oscuros, alfombras sobre las baldosas y sillones de respaldo alto colocados en arco delante de un alto hogar de mármol blanco con finas vetas rojas. Allí se podía recibir a importantes dignatarios con más honor que en una audiencia ante el trono, ya que era más íntimo. Las llamas que lamían los troncos de la chimenea apenas habían tenido tiempo de caldear el frío ambiente, pero desde luego no fue ésa la razón por la que Elayne sintió como si le hubiesen golpeado el estómago. Ahora entendía el desconcierto de Birgitte.

Dyelin se calentaba las manos frente a la chimenea y se volvió al oírlas entrar. La mujer de semblante firme, con finas arrugas en las comisuras de los ojos y alguna hebra gris en el cabello dorado, no había perdido tiempo en cambiarse al llegar a palacio y seguía con el traje de montar de color gris profundo que tenía algunas manchas del viaje en el repulgo. Su reverencia se limitó a doblar mínimamente el cuello y las rodillas, pero no era por descortesía. Dyelin sabía quién era tan bien como Zaida —la única joya que lucía era un pequeño prendedor con la forma del Búho y el Roble de Taravin sobre el hombro, una declaración obvia de que la Cabeza Insigne de Taravin no necesitaba nada más—, y con todo casi había muerto para demostrar su lealtad a Elayne.

—Milady Elayne —saludó formalmente—, es un honor presentaros a lord Perival, Cabeza Insigne de la casa Mantear.

Un muchachito guapo, rubio, con una chaqueta lisa de color azul, se apartó del calidoscopio de cuatro tubos, apoyado sobre un pie dorado más alto que él, por el que estaba mirando. Tenía una copa de plata en la mano que Elayne confiaba en que no contuviera vino, o al menos que estuviera muy aguado en caso contrario. Sobre una de las mesas auxiliares había varias bandejas con jarras y copas. Y con una tetera ornamentada que sabía podría contener esa especie de agua sucia.

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