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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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—La doncella primera y el jefe amanuense han llegado, milady Elayne —anunció. Su voz falló al final, como si hubiese captado el ambiente en la estancia.

Hasta una cabra ciega lo habría notado, con Dyelin exhibiendo una sonrisa que recordaba un gato relamiéndose en una lechería y Birgitte mirando ceñuda a Dyelin y a Aviendha, y ésta eligiendo ese momento para acordarse de que Birgitte era Birgitte Arco de Plata, por lo que tenía gacha la vista, tan avergonzada como si se hubiera reído de una Sabia. Algunas veces, Elayne habría querido que todas sus amigas se llevaran tan bien como Aviendha y ella, pero por algún motivo siempre se las arreglaban para tener roces y supuso que realmente no podía esperarse otra cosa de personas de verdad. La perfección era cosa de libros y de cuentos de juglares.

—Hazlos pasar —contestó a Rasoria—. Y que no nos molesten a menos que la ciudad esté bajo ataque. A menos que sea importante —se corrigió. En los cuentos, las mujeres que daban órdenes como ésa parecían invocar siempre el desastre. En ocasiones los cuentos tenían enseñanzas, si uno sabía buscarlas.

14

Lo que saben las Sabias

Halwin Norry, jefe amanuense, y Reene Harfor, doncella primera, entraron juntos, él haciendo una reverencia torpe, falta de práctica, mientras que la de la mujer era grácil, ni demasiado profunda ni ligera en exceso. No podían ser más distintos. La señora Harfor tenía un rostro redondo, regiamente digno, con el cabello sujeto en un canoso moño alto. Maese Norry era alto y desgarbado como un ave zancuda, y el escaso cabello le sobresalía detrás de las orejas a semejanza de plumas blancas. Cada cual llevaba un cartapacio de cuero repleto de papeles, pero la mujer sujetaba el suyo al costado, como para no arrugar el tabardo escarlata que vestía y que siempre parecía recién planchado sin importar la hora que fuera o desde cuándo estaba levantada, en tanto que él aferraba el suyo contra su estrecho torso como si quisiese tapar viejas manchas de tinta, de las que se veían varias en su tabardo, incluida una grande que remataba en un mechón negro la cola del León Blanco. Hechas las reverencias, de inmediato pusieron cierta distancia entre los dos sin mirarse directamente el uno al otro.

Tan pronto como la puerta se cerró detrás de Rasoria, el brillo del saidar irradió en torno a Aviendha, que tejió una salvaguardia contra oídos indiscretos en torno a la habitación. Lo que se dijera entre ellos ahora estaba todo lo a salvo que podía estar, y Aviendha sabría si alguien intentaba escuchar con el Poder. Era muy buena con este tipo de tejido.

—Señora Harfor, empezad, por favor —dijo Elayne.

No ofreció asiento ni vino, por supuesto. Maese Norry se habría horrorizado por semejante lapsus en el protocolo y la señora Harfor incluso se habría ofendido. Así las cosas, Norry miró de reojo a Reene, que apretó los labios. Aun después de una semana de reuniones, resultaba patente el desagrado de ambos por tener que presentar sus informes con el otro escuchando. Se mostraban muy celosos de lo que consideraban su feudo, tanto más desde que la doncella primera había entrado en un terreno que otrora podría haberse considerado responsabilidad de maese Norry. Por supuesto, el funcionamiento de palacio siempre había estado a cargo de la doncella primera, y se podría decir que sus nuevos cometidos eran una extensión de eso. Pero no sería Halwin Norry quien dijera tal cosa. Los leños encendidos del hogar se asentaron con un sonoro chasquido y lanzaron una lluvia de chispas por el tiro de la chimenea.

—Estoy convencida de que el bibliotecario segundo es un… espía, milady —empezó finalmente la señora Harfor, que hizo caso omiso de Norry como si de ese modo pudiera hacerlo desaparecer. Se había resistido a que cualquier persona supiera que estaba buscando espías en palacio, pero que el jefe amanuense estuviera enterado parecía crisparla más que nada. La única autoridad que tenía sobre ella, si es que podía considerarse como tal, era pagar las cuentas de palacio, y Norry nunca ponía pegas a ningún gasto, pero aun ese poco era demasiado para su gusto—. Cada tres o cuatro días, maese Harnder visita una posada llamada La Argolla y la Flecha, supuestamente por la cerveza de la posadera, una tal Millis Fendry, pero la señora Fendry también tiene palomas y, cada vez que maese Harnder hace una visita a su establecimiento, manda una paloma que vuela hacia el norte. Ayer, tres de las Aes Sedai hospedadas en El Cisne de Plata encontraron una excusa para visitar La Argolla y la Flecha a pesar de que presta servicios a clientes de mucha menor categoría que El Cisne. Tanto a la ida como a la vuelta iban encapuchadas y se reunieron en privado con la señora Fendry durante más de una hora. Las tres pertenecen al Ajah Marrón. Me temo que eso indica quién tiene a sueldo a maese Harnder.

—Peluqueras, lacayos, cocineras, el maestro ebanista, al menos cinco de los escribanos de maese Norry y ahora uno de los bibliotecarios. —Recostada en el sillón y cruzada de piernas, Dyelin añadió con acritud—: ¿Hay alguien que no descubramos, antes o después, que es un espía, señora Harfor?

Norry estiró el cuello con gesto incómodo; se tomaba como una afrenta personal la mala fe de sus escribientes.

—Tengo esperanzas de que pueda estar llegando al fondo de ese barril, milady —respondió con suficiencia la señora Harfor. A ella no la alteraban ni espías ni Cabezas Insignes. Los espías eran una plaga que se proponía erradicar de palacio tan seguro como que lo mantenía limpio de pulgas y ratas, bien que se había visto obligada a aceptar la ayuda de Aes Sedai con las ratas recientemente, mientras que los nobles poderosos eran, como la lluvia o la nieve, efectos de la naturaleza que había que soportar hasta que pasaban, pero nada por lo que perder los nervios—. Hay un límite de personas a las que se puede comprar y un límite de personas que pueden permitirse pagar o que quieren hacerlo.

Elayne trató de recordar a maese Harnder, pero la única imagen que le vino a la cabeza era la figura vaga de un hombre gordinflón, calvo, que parpadeaba sin cesar. Había servido a su madre y, que recordara, a la reina Mordrellen con anterioridad. Nadie hizo comentarios respecto a que también servía al Ajah Marrón. En todos los palacios de dirigentes, desde la Columna Vertebral del Mundo hasta el Océano Aricio, había informadores de la Torre. Cualquier gobernante con dos dedos de frente lo daba por hecho. Sin lugar a dudas, a no tardar los seanchan se encontrarían también bajo observación de la Torre, si es que no lo estaban ya. Reene había descubierto varios espías para el Ajah Rojo, a buen seguro legados del tiempo que Elaida había pasado en Caemlyn, pero este bibliotecario era el primero que trabajaba para otro Ajah. A Elaida no le habría gustado que otros Ajahs supieran lo que ocurría en palacio mientras actuaba como consejera de la reina.

—Lástima no tener historias falsas que queramos que el Ajah Marrón dé por ciertas —dijo como quitándole importancia.

La pena era que ellas y las Rojas estuvieran enteradas de la existencia de las Allegadas. Como mínimo, tenían que saber que en palacio había un gran número de mujeres que podían encauzar y no les llevaría mucho tiempo deducir quiénes eran. Ello crearía más o menos problemas en el futuro, pero tales dificultades aún estaban por llegar. «Siempre hay que hacer planes por adelantado —solía decir Lini—, pero si uno se preocupa demasiado por lo que ocurra el año próximo es posible que tropiece con lo que pase al día siguiente».

—Que se vigile a maese Harnder y se intente descubrir quiénes son sus amistades. De momento tendrá que bastar con eso —concluyó.

Algunos espías dependían de sus propios oídos, ya fuera para enterarse de rumores o para escuchar detrás de las puertas; otros hacían que se soltaran las lenguas con unas cuantas copas de vino. El primer paso para contrarrestar la labor de un espía era descubrir cómo llegaba a su conocimiento lo que vendía.

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