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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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Elayne rechinó los dientes. Sabía lo hirientes que podían llegar a ser los Haevin. ¡Toda la familia se enorgullecía de ello! Y no había duda de que Catalyn lo hacía. Elayne estaba cansada de explicar qué era lo que ocurría ese día para atemorizar a cualquier mujer que encauzara. Estaba cansada de que le recordaran lo que intentaba olvidar. Aquel puñetero faro seguía rutilando en el oeste, algo imposible tanto por su tamaño como por su duración. ¡Llevaba horas así, sin cambiar! Cualquiera que encauzara tanto tiempo sin descansar tendría que haber caído desplomado por el agotamiento a esas alturas. Y el maldito Rand al’Thor se encontraba justo allí, en el mismísimo centro. ¡No había duda alguna! Seguía vivo, pero esa convicción sólo la hacía desear darle de bofetadas por obligarla a pasar por aquello. Bueno, su cara no la tenía a mano, pero…

Birgitte soltó la copa de plata sobre la mesa lateral con tal brusquedad que el vino saltó por el aire. Alguna lavandera iba a sudar para quitar la mancha de la manga de su chaqueta y una criada tendría que trabajar durante horas para restaurar el pulimento de la mesa.

—¡Niños! —barbotó la arquera—. ¡Morirá gente por las decisiones que tomen y son condenados niños, Conail el que más! Ya lo oísteis, Dyelin. Quiere retar al campeón de Arymilla como el jodido Artur Hawkwing! ¡Hawkwing nunca combatió con el condenado campeón de nadie, y teniendo menos años que lord Northan sabía que era una soberana necedad jugarse tanto en un puñetero duelo, pero Conail cree que puede ganar el condenado trono para Elayne con su condenada espada!

—Birgitte Trahelion tiene razón —intervino ferozmente Aviendha. Sus manos apretaban la falda, crispadas—. ¡Conail Northan es un necio! Pero ¿cómo puede nadie seguir a esos críos a la danza de las lanzas? ¿Cómo puede nadie pedirles que dirijan?

Dyelin las miró a las dos y eligió responder a Aviendha en primer lugar. Saltaba a la vista que estaba desconcertada por el atuendo de la Aiel. Claro que también la desconcertaba que Aviendha y Elayne se hubiesen adoptado como hermanas; y, para empezar, que Elayne tuviera a una Aiel como amiga. Que Elayne decidiera incluir a esa amiga en los consejos era algo que toleraba, aunque haciendo patente su tolerancia.

—Me convertí en Cabeza Insigne de Taravin a los quince años, cuando mi padre murió en una escaramuza en las Marcas Altaranesas. Mis dos hermanos menores murieron luchando contra cuatreros de Murandy ese mismo año. Escuché a los consejeros, pero fui yo quien dijo a los jinetes de Taravin dónde atacar, y enseñamos a los altaraneses y a los murandianos que pusieran sus ojos en otro lugar para llevar a cabo sus robos. Son las circunstancias las que eligen cuándo han de crecer los niños, Aviendha, no nosotros. Y, cuando llegan tiempos difíciles, una Cabeza Insigne que sea un niño tiene que dejar de serlo.

»En cuanto a vos, lady Birgitte —continuó en un tono más seco—, vuestro lenguaje, como siempre, es… cáustico. —No preguntó cómo presumía Birgitte de saber tanto sobre Artur Hawkwing, cosas que ningún historiador conocía, pero la observó de un modo evaluador—. Branlet y Perival seguirán mi consejo y creo que también Catalyn, por mucho que lamente el tiempo que tendré que pasar con esa chica. En cuanto a Conail, no es el primer jovencito que se cree invencible e inmortal. Si no podéis tenerlo controlado como capitán general, os sugiero que intentéis caminar para él. Por el modo en que miraba esos pantalones vuestros, os seguirá a donde queráis guiarlo.

Elayne se sacudió de encima la intensa rabia que la invadía. No era una ira propia, como la experimentada contra Dyelin al principio o con Birgitte por derramar el vino. Ésta era de Birgitte. No quería abofetear a Rand. Bueno, sí, pero eso era algo aparte del asunto. Luz, ¿también Conail había mirado a Birgitte?

—Son Cabezas Insignes de sus casas, Aviendha —explicó Elayne—. Nadie de sus casas me agradecerá que los trate de otro modo, todo lo contrario. Los hombres que cabalgan por ellos combatirán por guardar sus vidas, pero es por Perival y por Branlet, por Conail y por Catalyn por quienes cabalgan, no por mí. Porque son los Cabezas Insignes.

Aviendha frunció el entrecejo y se cruzó de brazos como si se ciñera el chal, pero asintió con la cabeza. De forma brusca y a regañadientes —nadie alcanzaba una posición tan prominente entre los Aiel sin años de experiencia y sin la aprobación de las Sabias—, pero asintió.

—Birgitte —prosiguió Elayne—, tendrás que tratar con ellos, de capitán general a Cabeza Insigne. El pelo canoso no los haría necesariamente más sabios y desde luego no facilitaría ese trato con ellos, precisamente. Aun así tendrán sus propias opiniones. Y, si contaran con años de experiencia para dar peso a esas opiniones, lo más probable es que estuvieran diez veces más convencidos de que sabían lo que debe hacerse mejor que tú. O que yo.

Hizo un gran esfuerzo para que su voz no tuviera un timbre cortante, y sin duda Birgitte notó ese esfuerzo. Al menos, el flujo de ira que se transmitía a través del vínculo cesó de repente. No es que desapareciera; simplemente fue aplastado —a Birgitte le gustaba que la miraran los hombres, al menos cuando quería ella, pero detestaba que cualquiera dijera que intentaba llamar su atención—, pero aun así comprendió el peligro de que las dos dieran rienda suelta a sus emociones.

Dyelin había empezado a tomar sorbos de vino, todavía con la mirada prendida en Birgitte. Sólo un puñado de personas conocía la verdad que Birgitte deseaba mantener oculta con tanto empeño y Dyelin no era una de ellas. Pero la arquera había sido lo bastante descuidada —un desliz aquí, otro allá— para que la otra mujer estuviese convencida de que había algún misterio tras los azules ojos de Birgitte. Sólo la Luz sabía qué pensaría si resolvía el misterio. Tal como estaban las cosas, las dos eran como agua y aceite. Podían discutir incluso sobre hacia dónde era arriba o abajo y por supuesto sobre cualquier cosa. Esta vez, resultaba obvio que Dyelin pensaba que había ganado, sin vuelta de hoja.

—Sea como sea, Dyelin —continuó Elayne—, habría preferido que hubieses traído a sus consejeros con ellos. Lo hecho, hecho está, pero Branlet, en particular, me preocupa. Si Gilyard me acusa de raptarlo, las cosas se pondrán peor de lo que estaban en lugar de mejorar.

Dyelin desestimó aquello con un ademán.

—No conoces bien a los Gilyard, ¿verdad? Por cómo pelean entre ellos, posiblemente no adviertan la ausencia del chico antes del verano, y si se dan cuenta ninguno se opondrá a lo que ha hecho. Ninguno admitirá que estaba tan ocupado en discutir sobre quién debía ser su tutor que olvidó vigilarlo. Y, en segundo lugar, ninguno de ellos admitirá que no se lo consultó de antemano. Sea como fuere, Gilyard apoyaría a Zaida antes que a Marne y no les caen mucho mejor Arawn o Sarand.

—Espero que tengas razón, Dyelin, porque delego en ti la responsabilidad de tratar con cualquier Gilyard furioso que aparezca por aquí. Y, ya que vas a aconsejar a los otros tres, podrías atar corto a Conail para que no haga una estupidez.

A pesar de sus explicaciones sobre los Gilyard, Dyelin se encogió levemente al escuchar la primera encomienda de Elayne. La segunda la hizo suspirar. Y a Birgitte prorrumpir en carcajadas.

—Si tenéis algún problema puedo prestaros un par de pantalones y unas botas y así podréis caminar para él.

—Algunas mujeres son capaces de que pique un pez haciendo señas con el dedo, lady Birgitte —murmuró Dyelin—. Otras tienen que arrastrar el cebo por todo el estanque.

Aquello hizo reír a Aviendha, pero la ira de Birgitte empezó a aflorar en el vínculo. Un golpe de aire frío penetró en el cuarto al abrirse la puerta para dar paso a Rasoria, que se puso firme.

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