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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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—Guarda esto en el vestidor —dijo Elayne, que le tendió el angreal de marfil a Essande—. Aviendha, de verdad no creo que necesitemos…

La puerta se abrió una rendija y Birgitte asomó la cabeza, ceñuda. Naris y Sephanie dieron un brinco, no tan tranquilas como habían parecido estar.

—Zaida quiere verte —gruñó Birgitte a Elayne—. Le dije que tendría que esperar, pero… —De pronto soltó un grito y entró tambaleándose; recuperó el equilibro después de dar dos pasos y giró rápidamente para mirar a la mujer que la había empujado.

La Señora de las Olas del clan Catelar entró tranquilamente, haciendo mecer a su paso las puntas de su fajín rojo, anudado de forma compleja; no daba la impresión de que hubiese empujado a nadie. La seguían dos Detectoras de Vientos y una de ellas cerró la puerta en las narices de la enfurecida Rasoria. Las tres mujeres se contoneaban al andar casi tanto como Birgitte al caminar con las botas de tacón. Zaida era baja, con hebras grises en el rizado cabello, pero su oscuro semblante era de los que cobran belleza con el paso de los años, y esa belleza quedaba resaltada por la cadena de oro, cargada de pequeños medallones, que conectaba uno de los gruesos aros de oro de la oreja con la nariz. Y lo más importante era su aire de mando. No de arrogancia, sino de certeza de que se la obedecería. Las Detectoras de Vientos miraron a Aviendha, todavía envuelta en el brillo del Poder, y el anguloso rostro de Chanelle se puso tenso, si bien aparte de un murmullo de Shielyn sobre que «la chica Aiel» estaba lista para encauzar, guardaron silencio y esperaron. Los ocho pendientes en las orejas de Shielyn la señalaban como Detectora de Vientos de una Señora de las Olas, y la cadena de honor de Chanelle lucía casi tantos medallones de oro como la de la propia Zaida. Ambas eran mujeres de autoridad, y resultaba obvio por su modo de estar y de moverse, pero aun así uno no necesitaba saber nada de los Atha’an Miere para saber nada más verlas que Zaida din Parede ocupaba el primer puesto.

—Debes de haber tropezado con tus botas, capitán general —murmuró con una leve sonrisa en sus carnosos labios mientras una de sus oscuras manos tatuadas jugueteaba con la cajita dorada de perfume que colgaba sobre su pecho—. Un estorbo, las botas.

Ella y las dos Detectoras de Vientos iban descalzas, como siempre. Las plantas de los pies de los Atha’an Miere eran tan duras como suelas de zapato y no las afectaban ni las ásperas cubiertas ni las frías baldosas. Cosa extraña, además de las blusas y los pantalones de seda brocada de llamativos colores las tres llevaban una ancha estola en blanco que les colgaba por debajo de la cintura y casi ocultaba la multitud de collares.

—Me estaba dando un baño —dijo Elayne con voz tirante. Como si no pudieran verla con el cabello recogido con la toalla y la bata pegada al cuerpo por la humedad. Essande casi temblaba de indignación, lo que significaba que tenía que estar fuera de sí por la rabia. La propia Elayne se sentía así casi—. Y seguiré tomándolo tan pronto como os hayáis ido. Hablaré con vosotras cuando haya acabado. Si quiere la Luz. —¡Vaya! ¡Si entraban dando empujones en sus aposentos, que rumiaran qué les parecía eso como formalidad!

—Que la gracia de la Luz sea también contigo, Elayne Sedai —repuso suavemente Zaida. Miró a Aviendha con una ceja enarcada, aunque no por el brillo del saidar, ya que Zaida no encauzaba, ni por su desnudez, pues los Marinos eran bastante despreocupados sobre eso, al menos cuando no tenían a la vista a la gente del continente—. Nunca me has invitado a bañarme contigo, aunque habría sido cortés, pero no hablaremos de eso. Me he enterado de que Nesta din Reas Dos Lunas ha muerto, asesinada por los seanchan. Lloramos su pérdida.

Las tres mujeres tocaron sus estolas y se llevaron los dedos a los labios, pero Zaida parecía tan impaciente con las formalidades como Elayne. Sin levantar la voz ni apresurar las palabras, se limitó a seguir hablando, casi directa al grano y sorprendentemente brusca para ser una mujer de los Marinos.

—Las Doce Primeras de los Marinos han de reunirse para elegir a otra Señora de los Barcos. Lo que está ocurriendo en el oeste deja claro que no puede haber retrasos.

La boca de Shielyn se apretó y Chanelle se llevó a la nariz la cajita de perfume como para apagar el olor de algo. Su penetrante perfume era tan intenso que cortaba el aroma del aceite de rosas que impregnaba la habitación. Fuera como fuera la descripción que le habían hecho de lo que percibían, Zaida no denotaba inquietud ni ninguna otra cosa salvo certidumbre. Su mirada se mantuvo firme en el rostro de Elayne.

—Hemos de estar preparados para lo que se avecine —prosiguió—, y para eso necesitamos una Señora de los Barcos. Prometiste veinte maestras en nombre de la Torre Blanca. No puedo llevarme a Vandene en este momento de duelo para ella, ni a ti, pero me llevaré a las otras tres. El resto es una deuda de la Torre conmigo y espero que se salde pronto. He enviado aviso a las hermanas alojadas en El Cisne de Plata para ver si alguna quiere cumplir con la deuda de la Torre, pero no puedo esperar su respuesta. Si la Luz quiere, esta noche me bañaré con otras Señoras de las Olas en la bahía de Illian.

Elayne tuvo que realizar un gran esfuerzo para mantener el gesto impasible. ¿La mujer anunciaba simplemente que se proponía recoger a todas las Aes Sedai que hubiera por Caemlyn y llevárselas? Y hablaba como si no pensara dejar a ninguna de las Detectoras de Vientos. Eso hizo que a Elayne se le cayera el alma a los pies. Hasta que Reanne regresara, había siete Allegadas con fuerza suficiente para abrir un acceso, pero dos de ellas no podían hacerlos más grandes que lo justo para que cupiera un carro. Sin las Detectoras de Vientos los planes para mantener Caemlyn abastecido desde Tear e Illian se volvían problemáticos en el mejor de los casos. ¡El Cisne de Plata! ¡Luz, quienquiera que Zaida hubiera enviado descubriría hasta el último punto y coma del trato que había hecho! Egwene no iba agradecerle que tirara esa porquería a la vista de todos. No creía que jamás le hubiesen venido encima tantos problemas de golpe en el curso de una corta frase.

—Lamento vuestra pérdida, y la de los Atha’an Miere —dijo, pensando deprisa—. Nesta din Reas era una gran mujer. —Bueno, había sido una mujer poderosa y con una fuerte personalidad. Elayne se había dado por satisfecha de escapar con algo más que la muda interior después de su reunión con ella. Hablando de mudas, no podía perder tiempo vistiéndose. Puede que Zaida no esperara. Se ciñó la bata con el cinturón—. Hemos de hablar. Manda que traigan vino para nuestras invitadas, Essande, y té para mí. Té flojo —suspiró al sentir la repentina advertencia a través del vínculo de Birgitte—. En la salita de estar pequeña. ¿Quieres acompañarme, Señora de las Olas?

Para su sorpresa, Zaida se limitó a asentir con la cabeza como si hubiese esperado que ocurriera esto. Ello hizo que Elayne empezara a pensar en la parte de Zaida en el trato entre ellas. Los tratos; había dos en realidad y ésa podía ser la clave.

Nadie esperaba que la salita pequeña se utilizara a aquellas horas, de modo que la temperatura era baja aun después de que Sephanie corriera a encender con una rueda de chispas las astillas que había debajo de los trozos de roble colocados en la ancha chimenea blanca y saliera del cuarto con igual premura. Las llamas saltaron de las astillas y prendieron en el tronco apoyado en los morillos mientras las mujeres se acomodaban en las sillas de respaldo bajo y apenas talladas que estaban colocadas en un semicírculo delante del hogar. Es decir, tomaron posiciones, Elayne arreglándose meticulosamente la bata sobre las rodillas y deseando que Zaida se hubiese retrasado una hora para haber estado adecuadamente vestida, en tanto que las Detectoras de Vientos esperaron a que la Señora de las Olas tomara asiento y entonces se situaron una a cada lado de Zaida. Birgitte se quedó delante del escritorio, puesta en jarras y con los pies bien separados, el gesto tormentoso. El vínculo transmitía el claro deseo de retorcer un cuello Atha’an Miere. Aviendha se apoyaba con aparente displicencia en uno de los aparadores, e incluso cuando Essande le llevó la bata y la sostuvo de forma harto significativa ante ella, se limitó a ponérsela y de nuevo adoptó la misma postura, con los brazos cruzados sobre el pecho. Había soltado el saidar, pero seguía con la tortuga en la mano y Elayne sospechó que estaba lista para volver a abrazar el Poder en un instante. Empero, ni la fría mirada de Aviendha ni el ceño de Birgitte afectaron en lo más mínimo a las mujeres de los Marinos. Eran quienes eran y lo sabían.

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