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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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—No espero que nadie zarandee a un embajador —dijo sin levantar la voz una vez que las puertas se hubieran cerrado tras ellas—, pero en el futuro quiero tener intimidad en mis aposentos. No se permitirá siquiera a embajadores que entren así como así. ¿Me he explicado bien?

Rasoria asintió con la cabeza, el semblante pétreo; pero, por el rubor que le encendió las mejillas, se sentía mortificada por haber dejado que las mujeres de los Marinos pasaran, al igual que Birgitte; el vínculo… vibró y se retorció hasta que la propia Elayne sintió la cara enrojecida de vergüenza.

—No es que hayáis hecho mal algo, exactamente, pero que no ocurra otra vez. —¡Luz, ahora hablaba como una estúpida!—. No volveremos a referirnos a ello —terminó con voz tensa. ¡Oh, maldita Birgitte y maldito vínculo! ¡Deberían haber impedido a Zaida que entrara, pero sumar una intensa humillación a la jaqueca de la otra mujer era echar insulto sobre herida! Y Aviendha no tenía derecho a sonreír de esa… esa manera melosa. Elayne ignoraba cómo o cuándo había descubierto su hermana que Birgitte y ella a veces se reflejaban una en la otra, pero a Aviendha le parecía algo muy divertido. Su sentido del humor podía ser tosco en ocasiones.

—Creo que vosotras dos conseguiréis que la otra se derrita algún día —dijo entre risas—. Claro que tú ya has gastado esa broma, Birgitte Trahelion. —Birgitte le lanzó una mirada ceñuda; en el vínculo surgió una repentina y abrumadora vergüenza y fingió una expresión tan inocente que parecía que los ojos se le saldrían de la cara.

Mejor no preguntar, decidió Elayne. «Cuando haces preguntas —solía decir Lini—, tienes que oír las respuestas tanto si quieres como si no». Ella no quería oír nada; y menos estando Rasoria con la vista clavada en las baldosas y el resto de las guardias en posición de firme fingiendo que no escuchaban. Nunca se había dado cuenta de lo valiosa que era la intimidad hasta perderla por completo. O casi por completo.

—Voy a terminar mi baño ahora —anunció sosegadamente. Rayos y centellas, ¿qué broma le había gastado Birgitte? Algo que la había hecho… ¿derretirse? Bah, tampoco podía ser gran cosa cuando no sabía qué era.

Por desgracia, el agua del baño se había enfriado. En fin, estaba templada. Una temperatura en la que no le apetecía sentarse. Habría sido estupendo frotarse jabón un poco más, pero no a expensas de esperar hasta que se vaciaran las bañeras cubo a cubo y se volviera a subir agua caliente. El palacio entero debía de saber a esas alturas que había regresado, y la doncella primera y el jefe amanuense estarían ansiosos por presentar sus informes. Lo estaban a diario cuando se encontraba en la ciudad, de modo que se sentirían doblemente ansiosos ya que había faltado un día. El deber era antes que el placer, si es que se quería gobernar un país. Y eso se multiplicaba por dos si lo que una intentaba era ganar el trono, para empezar.

Aviendha se quitó la toalla de la cabeza y sacudió el pelo, aparentemente aliviada de no tener que volver a meterse en el agua. Se dirigió al vestidor y antes de llegar a la puerta ya se había quitado la bata; cuando Elayne y las doncellas entraron ya se había puesto casi toda la ropa. Sólo rezongó un poco antes de permitir que Naris acabara de vestirla, aunque quedaba poco aparte de meterse en la falda de grueso paño. Apartó las manos de la doncella a cachetazos y ató ella misma los cordones de las suaves botas.

Para Elayne no fue tan sencillo. A menos que se avecinara una emergencia, para Essande era un desaire si no discutían la elección del vestuario. Con los sirvientes que se tenía una estrecha relación había siempre un delicado equilibrio que mantener. Sin excepción, una doncella de cámara sabía más de los secretos de su señora de lo que ésta pensaba, además de verla en los peores momentos, malhumorada, cansada, llorando sobre la almohada de rabia o de abatimiento. El respeto tenía que funcionar en ambas direcciones o la situación se volvía insostenible. Aviendha ya se había sentado en uno de los bancos almohadillados y dejaba que Naris le peinara el cabello antes de que Elayne se hubiera puesto un vestido gris de fino paño, con bordados verdes en el cuello alto y las mangas, y orlado en piel de zorro negro. No era tanto que le resultara difícil elegir, sino que Essande no dejaba de sacar prendas de seda con perlas, zafiros o gotas de fuego, a cual más lleno de bordados. Aunque el trono no le perteneciera todavía, Essande se empeñaba en vestirla todos los días como una reina lista para dar audiencia.

En su momento había tenido motivo para hacerlo así, cuando a diario acudían delegaciones de mercaderes para presentar peticiones o sus respetos, en especial los forasteros, que esperaban que los problemas de Andor no afectaran al comercio. El viejo dicho de que quien controlaba Caemlyn controlaba Andor en realidad nunca había sido verdad, y, a los ojos de los mercaderes, las opciones de que consiguiera el trono habían disminuido con la llegada del ejército de Arymilla a las puertas de la ciudad. Podían contar las casas agrupadas en cada bando con la misma facilidad con la que contaban monedas. Ahora, hasta los comerciantes andoreños eludían el palacio y no se acercaban a la Ciudad Interior para que nadie pensara que habían ido allí. Y los banqueros acudían encapuchados y en carruajes anónimos. Que ella supiera, ninguno le deseaba ningún mal y desde luego ninguno quería encolerizarla, pero tampoco querían encolerizar a Arymilla. Empero, los banqueros acudían y hasta el momento no había oído que ningún mercader hubiese hecho peticiones a Arymilla. Ésa sería la primera señal de que su causa estaba perdida.

Ponerse el vestido llevó el doble de tiempo de lo que habría sido normal, ya que Essande dejó que Sephanie la ayudara. La chica jadeó todo el tiempo, todavía sin estar acostumbrada a vestir a otra persona y temerosa de cometer un error bajo el escrutinio de Essande. Mucho más temerosa que de cometerlo ante su señora, sospechaba Elayne. La aprensión hacía que la fornida muchacha fuera patosa, cosa que a su vez la hacía actuar de forma más meticulosa, lo que a su vez hacía que se preocupara más de cometer errores, de modo que el resultado era que se movía con más lentitud que la mujer mayor en sus peores momentos. Sin embargo, finalmente Elayne pudo sentarse enfrente de Aviendha para que Essande le pasara un peine de marfil por el cabello ondulado. Para Essande, dejar a una de las chicas meter un vestido a Elayne o abrocharle los botones era una cosa, y otra muy distinta arriesgarse a que cualquiera de ellas le enredara el pelo.

Sólo le había pasado el peine media docena de veces cuando Birgitte apareció en la puerta. Essande resopló y Elayne imaginó a la mujer torciendo el gesto. Essande había cedido a que Birgitte estuviera presente durante los baños, aunque a regañadientes, pero el vestidor era sacrosanto. Sorprendentemente, Birgitte sólo respondió a la mirada desaprobadora de la doncella con otra apaciguadora. Por lo general, se contenía de sobrepasar con ella el límite requerido por Elayne.

—Dyelin ha vuelto, Elayne. Trae compañía. Las Cabezas Insignes de Mantear, Haevin, Gilyard y Northan. —Por alguna razón, el vínculo transmitía destellos de desconcierto e irritación.

A pesar de la jaqueca compartida, Elayne se habría puesto a dar saltos de alegría. Si Essande no hubiera tenido el peine bien metido en el pelo, quizá lo hubiera hecho. ¡Cuatro! Jamás creyó que Dyelin tuviera tanto éxito. Sí, había esperado y rezado por ello, pero no se había hecho ilusiones, y menos en tan poco tiempo como una semana. A decir verdad, había tenido la seguridad de que Dyelin volvería con las manos vacías. Cuatro la ponían en igualdad de condiciones con Arymilla. Resultaba irritante pensar en estar «en igualdad de condiciones» con esa necia mujer, pero era la pura verdad. Mantear, Haevin, Gilyard y Northan. ¿Por qué no Candraed? Esa era la quinta casa con la que Dyelin iba a ponerse en contacto. No. Tenía cuatro casas más y no iba a preocuparse por la ausencia de una.

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