Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
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Encyclopædia Britannica
Cap ítulo V
Durante la noche el populacho que aguardaba a Pedrito Montero se había apoderado de todos los campanarios de la ciudad para saludar la entrada del famoso guerrillero después de haber dormido en Rincón. Por la puerta que daba al Campo entró en primer lugar una turba con armas, formada por tipos de todos los colores, cataduras, corpulencias y estados de andrajosidad, turba que se daba a sí propia el nombre de Guardia Nacional de Sulaco y marchaba a las órdenes del señor Camacho. Por medio de la calle avanzaba, como un torrente de desperdicios, una masa de sombreros de paja, ponchos, cañones de escopeta, con una enorme bandera verde y amarilla ondeando en el centro, entre una nube de polvo y al furioso batir de tambores. Los espectadores se apretujaban contra las paredes de las casas y vociferaban sus ¡Vivas!. Detrás de la chusma se veían las lanzas de la caballería, el "ejército" de Pedro Montero. Éste avanzaba, entre los señores Fuentes y Camacho, a la cabeza de sus llaneros, que habían ejecutado la hazaña de cruzar los páramos del Higuerota a través de una tempestad de nieve. Cabalgaban de cuatro en fondo, montando los caballos que habían confiscado en el Campo, vestidos con las ropas heterogéneas robadas apresuradamente en su rápida travesía por la parte septentrional de la provincia; porque Pedro Montero tenía gran prisa por ocupar a Sulaco. Los pañuelos, anudados flojamente alrededor de sus gargantas desnudas, lucían su brillo y flamantes colores; y todas las mangas derechas de sus camisas de algodón habían sido cortadas por cerca del hombro para mayor libertad en arrojar el lazo. Figuras de rostro emaciado y barba gris aparecían junto a otras jóvenes, enjutas y curtidas, mostrando señales de la ruda vida de la campiña, con tiras de carne cruda arrolladas a las copas sus sombreros y grandes espuelas de hierro sujetas a sus talones desnudos.
Los que en los pasos de la montaña habían perdido sus lanzas las habían reemplazado por los rejones que usan los vaqueros del Campo: ramas delgadas de palmera, que medían diez pies de largo, con una porción de anillos sonantes alrededor de la herrada punta. Entre sus armas se veían cuchillos y revólveres. Una intrepidez feroz caracterizaba la expresión de todos aquellos rostros tostados por el sol, que miraban desdeñosamente con sus hundidos ojos a la muchedumbre de a pie, o se alzaba con insolencia a las ventanas, señalándose por señas unos a otros algún rostro especial femenino. Cuando entraron en la plaza y divisaron la estatua ecuestre del Rey, deslumbradoramente blanca a la luz del sol, campeando enorme e inmóvil sobre el oleaje del gentío, con su eterno ademán de saludar, un murmullo de sorpresa corrió las filas de los jinetes.
– ¿Qué santo es ése del sombrero grande? -preguntaban.
Eran una muestra excelente de la caballería de los llanos, con la que Pedro Montero había cooperado tanto a la victoriosa carrera de su hermano, el general. El ascendiente que Pedrito, educado en las ciudades costeras, adquirió en breve sobre los llaneros de la República, sólo puede atribuirse a su extraordinario talento para la traición y el disimulo; talento de tal eficacia en sus resultados, que ante hombres violentos e incultos, muy cercanos al completo salvajismo, aparecía como el colmo de la sagacidad y del valor.
Las leyendas y cuentos populares de todas las naciones testifican que la doblez y la astucia, junto con la fuerza física, fueron consideradas, aún más que el valor, como virtudes heroicas por el humano linaje en estado primitivo. Vencer al adversario era el gran negocio de la vida. El valor se daba por supuesto. Pero el ingenio excitaba asombro y respeto. Todas las estratagemas, con tal que no fallaran, eran legítimas y honorables; la destrucción fácil de un enemigo víctima de una sorpresa no despertaba otros sentimientos que los de alegría, orgullo y admiración. Y no es que los hombres primitivos aventajaran en espíritu traicionero a sus descendientes de hoy, antes al contrario iban más derechamente a su fin, y reconocían con mayor sinceridad el éxito como única norma de moralidad.
De entonces acá hemos cambiado. El empleo de la inteligencia despierta escasa admiración y menos respeto. Pero los ignorantes y bárbaros llaneros, que se enredaban en una guerra civil, seguían de buen grado al caudillo que lograba a menudo burlar la cautela de sus enemigos y entregárselos, por decirlo así, maniatados.
Pedro Montero poseía el talento de adormecer a sus adversarios, comunicándoles una impresión de confiada seguridad. Y, como los hombres aprenden con extrema lentitud las lecciones de la experiencia, y están siempre dispuestos a creer las promesas que halagan sus secretas ambiciones, Pedro obtuvo triunfo tras triunfo en su carrera. Siendo un simple criado o funcionario inferior de la legación de Costaguana en París, se integró a la patria tan luego como supo que su hermano había salido de la oscura comandancia que desempeñaba en su frontera. Mediante su destreza en el arte de adular, consiguió engañar a los jefes del movimiento riverista en la capital, y ni el perspicaz agente de la mina de Santo Tomé llegó a comprenderle del todo.
Desde el primer momento adquirió una influencia enorme sobre su hermano. Se le parecía mucho: ambos eran calvos, con mechones de pelo crespo encima de las orejas, indicio de correr por sus venas alguna sangre negra. Con todo, Pedro era mis pequeño que el general, de porte mis fino, dotado de una facultad simiesca para imitar todas las exterioridades de la finura y la distinción, y de una facilidad de loro para los idiomas.
Gracias a la generosidad de gran viajero europeo, de quien su padre había sido asistente durante sus excursiones por el interior del país, los dos hermanos recibieron alguna instrucción elemental, que ayudó al mayor a salir de soldado raso.
Pedrito, el más joven, holgazán y vagabundo incorregible, anduvo a la aventura por las ciudades de la costa, rodando por despachos de contabilidad, pegándose a los extranjeros como una especie de valet-de-place, y llevando una vida ociosa y nada honorable. De sus lecturas sólo sacó llenarse la cabeza de absurdas fantasías. Los móviles impulsores de sus actos eran tan improbables, que no podían ser sospechados por ninguna persona sensata.
De esta suerte avino que el agente de la Concesión Gould en Santa Marta le atribuyó a primera vista ideas de prudencia y hasta autoridad para reprimir la vanidad siempre descontenta de su hermano. Nunca pudo pasarle por las mientes que Pedrito Montero, lacayo o escribiente de última clase, alojado en las buhardillas de los diversos hoteles parisienses, en que la Legación de Costaguana solía proteger su dignidad diplomática, había devorado las obras históricas francesas más superficiales, como, por ejemplo, las relaciones de Imbert de Saint Amand sobre el Segundo Imperio. Alucinado por el esplendor de una corte brillante, Pedrito había concebido la idea de procurarse una posición, en la que, a ejemplo del Duque de Morny, asociara el dominio de todos los placeres con la dirección de los asuntos públicos y el goce del poder supremo en todas las formas. Nadie hubiera podido adivinar tan locas aspiraciones. Y, no obstante, ellas eran una de las causas inmediatas de la revolución monterista. Lo cual parecerá menos increíble si se reflexiona en que las causas fundamentales tuvieron, como siempre, sus raíces en la falta de madurez política del pueblo, en la indolencia de las clases superiores y la profunda ignorancia y atraso de las inferiores.