Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
– ¡Cric y Croe se comieron al gran Cruc, que creía poder comérselos!
Joséphine se dejó caer en los escalones y, secándose la frente con su camiseta, preguntó:
– ¿Has conseguido por fin hacer un suflé?
– Frío.
– ¿Alexandre ha conducido por primera vez solo alrededor de la casa?
– Aún más frío.
– ¿Esperas un bebé?
– ¿A mi edad? ¡Estás loca!
De pronto, levantó la cabeza hacia su hermana y comprendió.
– Serrurier ha llamado.
– ¡Bingo! ¡Y LE ENCANTA!
Joséphine rodó por tierra y se quedó tumbada, con los brazos en cruz, mirando las nubes dibujar en el cielo. Dibujó las letras «¡Y LE ENCANTA!». ¡Lo había conseguido! Florine iba a nacer por segunda vez. Y Guillermo y Thibaut y Balduino y Guibert y Tancredo. Hasta ahora eran sólo figurines guardados en una caja, envueltos en papel de seda, esperando el golpe de varita mágica… Iban a poder animarse y posarse en los estantes de las librerías y bibliotecas.
Iris se plantó delante de ella, firmemente colocada a sus pies. Sus largas piernas bronceadas y finas dibujaban una V invertida, la V de la victoria.
– Le encanta. Ninguna corrección. Todo perfecto. Salida en octubre. Gran tirada. Éxito para las fiestas. Gran campaña publicitaria. Anuncios en la radio. Anuncios en la tele. Anuncios en los periódicos. Carteles. Autobuses. ¡Publicidad por todas partes!
Levantó los brazos al cielo y, dejándose caer al lado de Jo, rodó por tierra.
– ¡Lo has conseguido, Jo! ¡Lo has conseguido! ¡Se ha caído de culo! ¡Anonadado! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Eres magnífica, eres maravillosa, eres increíble!
– Hace justo treinta años moría papá. «Los petardos del 14 de julio…». Es a él a quien hay que darle las gracias.
– ¿Ah, sí? ¿Hace treinta años?
– Hoy.
– Sí, ¡pero eres tú la que ha escrito el libro! Esta noche, nos vamos de juerga. Vamos al restaurante. Bebemos champán, comemos caviar a cucharadas, cangrejos y profiteroles con chocolate.
– He corrido pensando en él, le he pedido que me echara una mano para el libro y…
– ¡Para! ¡Eres tú la que ha escrito el libro, no él! -dijo Iris con un tono de molestia en su voz.
Pobre Jo. Triste Jo. Presa de sentimientos e ilusiones de pacotilla. Jo y su insaciable necesidad de amar, de compartir con otra persona. Jo que nunca se reconocía ningún mérito. Iris se encogió de hombros y su mente volvió al libro. Ahora era su turno. Ella cogía el testigo.
Se apoyó sobre los codos y declaró:
– A partir de ahora, soy una escritora. Voy a tener que pensar como una escritora, comer como una escritora, dormir como una escritora, peinarme como una escritora, vestirme como una escritora.
– ¡Hacer pis como una escritora!
Iris no lo escuchó. Perdida en sus pensamientos, esbozaba planes de carrera. Se detuvo bruscamente y pensó.
– ¿Cómo voy a hacer todo eso?
– Ni idea. Dijimos que nos repartíamos los papeles. ¡Es tu turno!
Intentaba hablar de forma desenvuelta, pero el corazón no le seguía.
Esa misma noche, Philippe, Iris y Jo fueron a cenar al Cirro's. Philippe aparcó su enorme berlina entre dos coches frente al mar. Iris y Joséphine tuvieron que retorcerse para salir. Iris rozó con la mano la carrocería de un coche rojo descapotable. Un hombre moreno, con chaqueta de ante beige y bigotito fino rugió: «¡Tenga cuidado! ¡Es mi coche!».
Iris le miró con altivez y no respondió.
– ¡Menudo imbécil! -murmuró alejándose-. Por poco nos exige hacer un parte. Qué quisquillosos son los hombres con su coche. Te apuesto a que va a cenar sobre el capó para que nadie se le acerque.
Se alejó haciendo palmear sus sandalias Prada y Joséphine la siguió encorvada. Luca cogía el autobús. Luca llevaba una vieja parka. Luca se afeitaba cada tres días. Luca no rugía. Había vuelto a la biblioteca a finales de junio y habían retomado sus largas pausas en la cafetería.
«¿Qué hace usted este verano?», había preguntado hundiendo sus tristes ojos en los suyos. «Voy a casa de mi hermana en el mes de julio, en Deauville. En el mes de agosto, no lo sé. Las niñas estarán en casa de su padre…». «Entonces la esperaré. Me quedo aquí todo el verano. Voy a poder trabajar en paz. Me gusta el verano en París. Parece una ciudad extranjera. Y, además, la biblioteca está vacía, no hay que esperar para coger los libros…».
Habían quedado a primeros de agosto, y Joséphine se había ido feliz con la idea de volver a verle.
Iris pidió champán y levantó el vaso a la salud del libro.
– Esta noche me siento como la madrina de un barco que va a ser botado -manifestó pomposa-. Deseo al libro larga vida y prosperidad…
Philippe y Joséphine brindaron con ella. Probaron en silencio sus copas de champán rosado. Un ligero vaho empañaba el borde de los vasos, ornándolo con un color irisado. El teléfono de Philippe sonó. Miró el número y declaró «tengo que cogerlo». Se levantó y fue a hablar al porche. Iris metió la mano en su bolso y sacó un hermoso sobre blanco acartonado.
– Para ti, Jo. Para que, para ti también, esta noche sea una fiesta.
– ¿Qué es? -preguntó Joséphine extrañada.
– Un regalito… que te hará la vida más fácil.
Joséphine cogió el sobre, lo abrió, sacó una tarjeta adornada de rosa en la que se leía en letras doradas la gran caligrafía de Iris: «Happy you! Happy book! Happy life!». Había un cheque plegado en el interior de la tarjeta. Veinticinco mil euros. Joséphine enrojeció y lo metió todo en el sobre mortificada. El precio de mi silencio. Se mordió los labios para no llorar.
No tuvo agallas para balbucear un agradecimiento. Percibió a Philippe que la observaba de lejos; había terminado su conversación y volvía con ellas. Se obligó a sonreír.
Iris se levantó e hizo grandes gestos en dirección a una chica que se dirigía a una mesa al borde de la playa.
– ¡Eh! ¡Pero si es Hortense! ¿Qué hace aquí?
– ¿Hortense? -preguntó Joséphine.
– Claro… mira.
Gritó en dirección de Hortense. Hortense se detuvo y caminó hacia ellos.
– ¿Qué estás haciendo aquí, querida? -preguntó Iris.
– He venido a saludaros. Babette me dijo que cenabais aquí y no quería quedarme sola con los dos pequeños…
– Siéntate con nosotros -dijo Iris señalándole un sillón.
– No, gracias. Voy a ir a ver a mis amigos, que están en el bar de al lado.
Dio la vuelta a la mesa, besó a su tía, a su madre, a su tío, y preguntó a Joséphine:
– ¿Me das permiso, mamaíta? ¡Estás muy guapa esta noche!
– ¿Tú crees? -dijo Joséphine-. Y, sin embargo, no tengo nada especial. Sí, he corrido esta mañana, quizás sea eso…
– Debe de ser eso. Venga… ¡Hasta luego! Divertíos mucho.
Joséphine la vio desaparecer intrigada. Me está escondiendo algo. No es normal que Hortense me haga un cumplido.
– Vamos -dijo Philippe-. ¡A la salud del libro!
Levantaron sus copas. El camarero trajo las cartas para que pidiesen.
– Les recomiendo los langostinos, esta noche están deliciosos…
– De hecho -preguntó Philippe-, ¿cómo se llama ese libro?
Joséphine e Iris se miraron estupefactas. No habían pensado en el título.
– ¡Dios! -dijo Jo-. Eso es cierto, ¡no he pensado en el título!
– Y, sin embargo, ¡anda que no te he preguntado! -la cortó Iris-. ¡Siempre me dijiste que eras muy buena con los títulos y no me has encontrado uno!
Intentó borrar la metedura de pata de Joséphine. Insistió y dijo:
– Mira que hace tiempo que te pasé el manuscrito suplicándote que me hicieses sugerencias, ¡y nada!, ¡nada de nada! Me lo habías prometido Jo, no está nada bien.