Solo quedan estas tres
- Автор: Aidan Pamela
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
Sólo tardó unos minutos en liquidar aquel asunto, y enseguida Darcy se encontró de nuevo en un coche de alquiler, con una segunda tarjeta en la mano, que esta vez tenía anotada la dirección de un lugar completamente distinto de la ciudad. Cuando Darcy le dio la dirección al cochero, el hombre pareció más que sorprendido, pero luego se encogió de hombros, cerró la portezuela del vehículo, se subió al pescante y arreó el caballo. Mientras el coche arrancaba, Darcy se recostó contra los ajados cojines y meditó sobre la tarea que tenía ante sí. Tal como había planeado durante el trayecto entre Pemberley y Londres, hablaría inicialmente con la hermana de Elizabeth. La respuesta que obtuviera de ella decidiría el siguiente paso que daría. Si Lydia Bennet se mostraba testaruda, tal como había sugerido lord***, de la Sociedad, entonces el éxito de su misión residiría totalmente en su negociación con Wickham. Darcy sabía que lo más probable es que tuviera que enfrentarse a lo segundo. Tendría que comprar a Wickham, y comprarlo con mucho dinero, para poder lograr que accediera a las condiciones que permitirían recuperar la reputación de todas las personas que había arrastrado a la desgracia. Pero lo que más le preocupaba no era la cantidad de dinero que iba a necesitar. Lo que le inquietaba era que se trataba de Wickham, pensó, mientras apretaba la mandíbula.
El coche fue avanzando lentamente por calles cada vez más sórdidas, hasta que el conductor se detuvo y, tras dar un golpe en la puerta, anunció que no podría llevarlo más allá. Darcy agarró con firmeza el bastón con empuñadura de bronce y descendió del coche; le dio dinero al cochero para comprar su tiempo y arrancarle la promesa de esperarlo hasta que regresara y se encaminó hacia su destino, siguiendo las vagas instrucciones del hombre. Después de caminar durante unos momentos por un verdadero laberinto de calles rodeadas de construcciones desconchadas y miserables, se sintió totalmente perdido y tuvo que detenerse a pedir indicaciones. Sí, el elegante caballero estaba en el barrio correcto, sólo que una calle más allá de la dirección que buscaba y, sí -Darcy vio que le tendían una mano-, unos cuantos chelines serían muy apreciados. Hurgó en su bolsillo y dejó caer unas monedas sobre la sucia palma de la niña. ¡Por Dios!, pensó, reanudando continuaba su camino, ¿en qué clase de lugar se ha refugiado Wickham? La idea de ver a la hermana de Elizabeth en semejante sitio le asqueó. ¡Elizabeth estaría horrorizada! Darcy sólo podía esperar que Lydia Bennet tuviera al menos un poco de la sensatez de su hermana. Tal vez estuviera ansiosa de que alguien la rescatara.
La pensión que correspondía a la dirección que llevaba en la tarjeta era una construcción algo menos deteriorada que sus vecinas, aunque no era precisamente una maravilla. Darcy observó el fallido intento de blanquear las paredes y el patio interior. Todo eso era señal de que había habido tiempos mejores, antes de sufrir una decadencia que corría pareja al resto del barrio. Volvió a mirar la tarjeta. Con toda seguridad, aquél era el lugar. Darcy respiró hondo y sus pulmones se llenaron con el aire rancio del triste lugar. Había llegado la hora. Sintió que el corazón se le encogía. No, no… ¡debía contener las viejas emociones! Se obligó a relajarse. La felicidad a la que Elizabeth tenía derecho, la que él deseaba para ella con tanta vehemencia, dependía de la manera de enfocar aquella entrevista.
Al entrar en el patio interior, observó las pequeñas ventanas del piso superior que rodeaba el patio. En una de ellas alcanzó a ver un rápido movimiento y al fijar la mirada a través del cristal opaco vio una cara de rasgos delicados que lo miraba desde arriba. Sintió que el corazón dejaba de palpitarle. Era Lydia Bennet, pero el parecido con Elizabeth fue suficiente para estremecerlo. La cara de Lydia desapareció. Tenía que actuar rápidamente. Darcy saltó hacia la puerta. Bajó la cabeza al entrar, atravesó la taberna con paso veloz y subió las estrechas escaleras corriendo, hasta el pasillo al que se abrían las habitaciones.
– Wickham. -Al llegar al corredor, Darcy pronunció el nombre con un tono que esperaba respuesta. Durante varios minutos reinó el silencio, pero, de repente, se abrió una puerta y allí estaba Wickham, con la corbata floja y sucia, pero la cabeza erguida.
– Darcy -lo saludó con una sonrisita afectada, abrochándose el chaleco.
El caballero avanzó hacia él.
– He venido a buscar a la señorita Lydia Bennet. -Se detuvo frente a Wickham, mirándolo directamente a los ojos-. Sé que ella está ahí.
Una sombra cautelosa cruzó el rostro de Wickham, pero luego desapareció.
– ¿Ella es la razón de que estés aquí? -preguntó con tono de incredulidad. Wickham se enderezó y echó los hombros hacia atrás, intentando tapar la visión a Darcy-. ¿Y qué puedes querer tú de ella?
– En este momento, el asunto que debo solventar es contigo, pero también deseo hablar con ella, a solas. Espero que no pongas objeción. -Miró a Wickham con indiferencia, tratando de dejar traslucir los menos sentimientos posibles a través de su expresión o de su voz.
– Desde luego que no tengo objeción… si se trata de negocios -respondió Wickham. Se apartó y gritó-: ¡Lydia! Tienes una visita. -Luego se volvió hacia Darcy con una mirada interrogante.
El rostro ruborizado de Lydia con los ojos muy abiertos apareció junto al hombro de Wickham.
– El señor Darcy… ¿quiere verme a mí? -La muchacha lo miró con incredulidad.
Darcy le hizo una inclinación.
– Señorita Lydia Bennet, ¿puedo hablar con usted unos momentos? -preguntó y luego, lanzándole una mirada a su acompañante, añadió-: En privado. -Al ver el gesto de asentimiento de la jovencita, Darcy se inclinó y le dijo a Wickham-: Entonces, ¿bajamos?
Wickham se encogió de hombros y se abrochó el chaleco.
– Si quieres… -Tras besar fugazmente a Lydia en la mejilla, a modo de despedida, dio media vuelta y comenzó a avanzar por el corredor, sin mirar hacia atrás, mientras Darcy lo seguía.
Wickham bajó la cabeza para entrar en la taberna y luego se enderezó, señaló una mesa un poco aislada, junto a la pared del fondo, y miró a Darcy con una ceja levantada. Darcy asintió secamente y avanzó hacia la mesa, mientras Wickham informaba al posadero de que necesitaría lo mejor de la casa.
– Pero yo quiero saber quién va a pagar por eso -gruñó el hombre-. Porque hasta ahora no he visto ni una moneda…
– Mi acompañante pagará, no tema -lo interrumpió Wickham-. Dos vasos de lo mejor que tenga, y mantenga los vasos llenos. -Se volvió hacia Darcy con una sonrisita-. Mantener a Lydia no es barato y sé que esto no te va a importar. -Se sentó a la mesa y guardó silencio, mirando cómo el posadero llevaba los vasos llenos y los ponía bruscamente sobre la mesa.
– Primero el dinero -exigió. Darcy sostuvo la beligerante mirada del hombre, buscó en el bolsillo de su chaleco y dejó unas monedas en la mesa-. Bien. -El hombre tomó las monedas con su manaza. Se las puso en la palma, mirándolas atentamente durante un momento, antes de asentir para mostrar que estaba satisfecho y dejarlos solos.
Darcy se volvió hacia Wickham y alcanzó a verlo mientras éste lo estudiaba con cautela. Inmediatamente, Wickham bajó la mirada hacia la bebida que tenía delante y agarró el vaso para darle un largo trago. Darcy hizo lo mismo, pero sin quitarle los ojos de encima a su viejo enemigo. Los dos pusieron el vaso sobre la mesa casi al mismo tiempo.