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Solo quedan estas tres

Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:

Uno de los héroes más queridos de la literatura romántica sigue siendo un misterio incluso para los fans más devotos de Jane Austen… hasta ahora. Pamela Aidan nos relata, con magistral pluma, los conocidos acontecimientos de Orgullo y Prejuicio desde el punto de vista de su protagonista, Fitzwilliam Darcy.
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
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– Sí, milord, me doy cuenta.

– Me temo que si la jovencita es tan imprudente como usted dice, Darcy, sólo hay dos realidades que podrán hacerla entrar en razón. Lo mejor es que el oficial ya se haya quedado sin dinero o esté a punto de hacerlo. La otra, mucho menos deseable -dijo, bajando momentáneamente los ojos antes de volverlos a fijar en Darcy-, es que él haya sido cruel con ella.

Darcy asintió con resignación.

– Estoy preparado para las dos eventualidades, pero le agradezco la advertencia.

– Entonces haré circular esta información entre nuestra gente. -Su señoría se puso en pie y le tendió la mano a Darcy-. Tendrá noticias mías tan pronto como sepa algo. Ellos tendrían que estar muy bien escondidos en Londres para escapar a la vigilancia de la Sociedad, señor, muy bien escondidos. Los encontraremos.

Darcy apartó el resto de una cena ligera, se levantó de su escritorio y recogió las notas de Tanner, que estaban diseminadas entre los platos, y el primer borrador de una nota que le había enviado a su primo Richard. Con gesto cansado, sacó su reloj de bolsillo y lo comparó con el reloj del estudio. Las tres y veinte. La entrevista de esa mañana con el presidente de la Sociedad parecía haber tenido lugar hacía siglos, pero la hora del reloj de mesa y el de bolsillo estaba perfectamente sincronizada y cada movimiento de las manecillas marcaba otro momento que pasaba sin poder avanzar en el alivio de la desgracia de Elizabeth. La escena en la posada de Lambton, el rostro avergonzado y desesperado de Elizabeth y las lágrimas que se habían deslizado por sus mejillas estaban siempre en la mente de Darcy, alentándolo a seguir. Sin embargo, el tiempo arrastraba los pies de manera perversa, haciendo aumentar su ansiedad.

Se oyó un golpecito en la puerta.

– ¡Adelante! -ordenó Darcy. Sobre la bandeja que Witcher puso encima del escritorio había otra nota de Tanner.

– De Harry, señor. -El mayordomo suspiró-. Otra vez. ¿Qué puede ser tan importante para estar enviando notas toda la mañana…? -Witcher contuvo sus quejas al ver la cara expectante de su patrón.

– Gracias. -Darcy tomó la nota. Lo que leyó hizo que llamara al mayordomo, que ya se estaba retirando-. Witcher, espere un momento.

– ¿Sí, señor?

– Voy a salir y no tengo ni idea de la hora a la que regresaré. Por favor dígale a su buena esposa que me deje algo en la cocina esta noche. Ya me encargaré yo de ir a buscarlo cuando regrese.

– Se lo diré, señor. -Witcher levantó las cejas de manera amenazante-. Pero no le va a gustar, señor, sobre todo después de su forma de comportarse en los últimos días y esos horarios en los que sale.

Darcy se rió por primera vez en varios días.

– ¡Dígale que pronto podrá mimarme con su cocina! -Levantó la nota mientras hablaba con el mayordomo-. Esto puede llevarme a lo que he venido a buscar a Londres. -Se la metió en el bolsillo del chaleco-. Mande a un criado a que me consiga un coche, Witcher. Debo salir enseguida.

Media hora después, el cochero abría la portezuela de su vehículo con una inclinación, al ver la sobria elegancia de Darcy.

– ¿Adónde lo llevo, señor?

– Calle Edward -dijo por encima del hombro, mientras subía la escalerilla-. Sí -afirmó, cuando el hombre abrió los ojos y lo miró-, calle Edward, tan rápido como sea posible.

La nota de Tyke Tanner era un ejemplo de brevedad. Señora Younge. 815 de la calle Edward. -Darcy estiró las piernas tanto como se lo permitió el coche de alquiler. Le había dado a Tanner el nombre de la antigua dama de compañía de Georgiana, aunque no podía saber si la dama y Wickham habían seguido en buenos términos desde su complot contra él en Ramsgate. Por su complicidad con Wickham, había sido despedida sin derecho a referencias. Era muy posible que estuviera resentida por haber perdido una posición muy bien remunerada. Pero si los ladrones eran tan buenos amigos como decía el dicho, tal vez ella tendría noticias de aquel canalla o incluso lo habría visto.

Se recostó contra los cojines del coche alquilado y se fijó en cómo avanzaba a través de Mayfair, luego por el barrio de las oficinas estatales hasta llegar a la parte este de Londres. Agarró su bastón con empuñadura de bronce. No conocía la calle Edward, pero se imaginaba que no debía de estar en la mejor zona de la ciudad. En consecuencia, cuando el coche se detuvo en un vecindario de clase trabajadora, pero no tan pobre, Darcy se sintió, en cierta forma, aliviado al pensar que el bastón que llevaba no tendría más función que aquella para la que estaba destinado, un complemento de distinción.

– Calle Edward, señor -gritó el cochero-. ¿Alguna dirección en particular?

– No, déjeme aquí -indicó Darcy-. Quiero caminar. -El cochero bajó del pescante y abrió la portezuela. Darcy le pagó la carrera y le dio dos chelines de propina-. Dé un par de vueltas a la manzana hasta que yo termine. Le prometo que no perderá su tiempo.

– A sus órdenes, señor. -El cochero hizo una inclinación-. Mi yegua y yo tomaremos un poco el aire, por decirlo de alguna manera.

Darcy asintió y, metiéndose el bastón bajo el brazo, comenzó a recorrer la calle. Parecía un vecindario respetable. Si Wickham y Lydia Bennet se habían refugiado allí, al menos le daría a Wickham el crédito de haberla protegido de los ambientes más duros de la ciudad. No todos los edificios tenían número, pero el 815 se veía muy bien, pues el número estaba pintado artísticamente en la puerta, debajo de la ventana que daba al oeste. Darcy se preparó para la confrontación, subió los escalones de lo que parecía una pensión y golpeó en la puerta con el bastón. Le abrió una criada joven.

– Lo siento, señor, pero no hay habitaciones disponibles. Inténtelo en la posada que hay más abajo. -Señaló un carruaje que bajaba por la calle-. Sólo siga ese coche, señor, y lo verá.

– Gracias -respondió Darcy por la forma servicial en que le había atendido la muchacha-, pero he venido a ver a la señora Younge. Me han dicho que vive aquí.

– ¿La señora? -La muchacha lo miró, mientras calculaba la calidad de la chaqueta y su porte-. Nadie me ha dicho que la señora estuviese esperando a un caballero. -Miró con cautela la tarjeta de visita que él le entregó, sobre la cual Darcy había puesto delicadamente un chelín. Más rápidamente que un ladronzuelo de Covent Garden, la muchacha hizo desaparecer la moneda, escondiéndosela en el escote, mientras agarraba la tarjeta-. ¿Sería tan amable de seguirme, señor? -Se retiró de la puerta y lo dejó entrar.

En lugar de pedirle que esperara mientras ella subía a informar a la señora Younge de que tenía visita, la muchacha siguió avanzando por el corredor hasta una habitación del fondo y llamó a la puerta.

– El señor Darcy ha venido a verla, señora. -Le hizo una inclinación a la ocupante del cuarto y rápidamente retrocedió para hacerlo pasar. Desde el interior llegó un grito ahogado.

– No… ¡Oh! ¡Niña estúpida! ¡Cierre la puerta! -Darcy se detuvo en el umbral, para ver a su antigua empleada que se levantaba del escritorio, claramente agitada. Blanca como el papel, la mujer se quedó mirando a Darcy como si fuera un fantasma-. ¡S-señor Darcy!

– Señora Younge. -Darcy le dirigió una burlona inclinación, mientras ella le hacía una reverencia.

– Espero… que usted se encuentre bien, señor. -La mujer lo examinó con discreción y era evidente que estaba luchando por recuperar la compostura.

– Estoy bien, señora Younge, al igual que mi hermana. La señorita Darcy está muy bien, de hecho. -Miró fijamente a la mujer a los ojos-. Pero no la he interrumpido para intercambiar cortesías.

– No me puedo imaginar…

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