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Solo quedan estas tres

Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:

Uno de los héroes más queridos de la literatura romántica sigue siendo un misterio incluso para los fans más devotos de Jane Austen… hasta ahora. Pamela Aidan nos relata, con magistral pluma, los conocidos acontecimientos de Orgullo y Prejuicio desde el punto de vista de su protagonista, Fitzwilliam Darcy.
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
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– ¿Qué tiene que ver con esto la señorita King? George nunca… ¡Ah! -Lydia volvió a golpear el suelo con los pies y avanzó hacia Darcy-. ¡Puede que yo no sea una heredera, pero sé que George me ama!

– Señorita Lydia. -Darcy se inclinó con insistencia-. Wickham siempre necesita dinero. No tiene profesión. Ha tratado de vivir de sus encantos y su astucia, pero ha fallado en ambas cosas. Tiene que casarse por dinero; no tiene opción. -Una oleada de compasión inundó el corazón de Darcy, mientras observaba el joven rostro de la muchacha-. Usted está en lo cierto, no es una heredera -continuó Darcy con voz suave-, y tanto si la ama de verdad o no, por esa sencilla razón no se casará con usted, tiene que creerme.

Una sombra de duda cruzó por el rostro de Lydia y, por un instante, los ojos le brillaron, anegados en lágrimas. ¿Sería suficiente? Pero la duda se desvaneció enseguida. La muchacha se secó los ojos y levantó la barbilla con testarudez, en una actitud que se asemejaba mucho a la de su madre.

– ¡George se casará conmigo y eso es todo! Ahora, creo que debe usted marcharse.

Darcy suspiró, hizo una inclinación en señal de aceptación y dio media vuelta para marcharse.

– Señorita Lydia. -Se giró para mirarla desde el umbral-. ¿Puedo dejarle mi tarjeta en caso de que cambie de opinión? -La muchacha se encogió de hombros, gesto que Darcy interpretó como afirmativo y, después de dejar la tarjeta sobre la mesa, hizo otra ligera reverencia y salió. Había ocurrido lo que se temía. No había podido disuadir a la muchacha. Debería tratar entonces con Wickham.

9 La alianza de las mentes sinceras

Después de cerrar la puerta al finalizar su fracasada entrevista con Lydia Bennet, Darcy recorrió lentamente el pasillo y bajó las escaleras hasta la taberna de la posada, donde se encontraba Wickham, mientras consideraba su siguiente movimiento. Aquel bribón debía de estar pensando que estaba en la posición más ventajosa y, en efecto, así era a simple vista. La presencia de Darcy y la obstinación de Lydia eran prueba de ello. Pero era una ligera ventaja y mientras tuviera todavía localizados a los tórtolos, correspondía a Darcy la tarea de insistir en la incertidumbre y el peligro que representaba su posición, poniendo tanto énfasis como pudiera. Porque si llegaban a huir, todo estaría perdido.

Wickham se dio la vuelta cuando Darcy entró en la oscura estancia y su eterna sonrisita se hizo más amplia al ver que Darcy bajaba solo. Avanzó hacia el lugar que habían ocupado antes y puso un vaso medio vacío sobre la mesa, antes de sentarse.

– Una muchachita asombrosamente fiel, ¿verdad? Todavía no sé si eso es un rasgo afortunado o desafortunado en una mujer, pero así es. ¿Qué le vas a hacer?

– En efecto -respondió Darcy, sentándose en el otro asiento-. ¿Qué sugieres?

Wickham soltó una carcajada, como si acabara de hacer un chiste, pero su alegría se apaciguó bajo la constante mirada de censura de Darcy.

– Bueno -sugirió-, podrías llevártela a la fuerza, tú o alguien a quien contrates, pataleando y gritando como una loca. Ni yo ni nadie aquí se interpondría en tu camino por… -Miró a Darcy con gesto calculador-. Diez mil libras.

– Diez mil libras -repitió Darcy sin emoción-. Pero está el problema de su reputación y la de su familia. El hecho de que tengas diez mil libras en el bolsillo no va a restaurar la respetabilidad de la familia de ella. No, la idea de llegar a un arreglo matrimonial es la dirección correcta que debes tomar. -Darcy se recostó.

Wickham hizo una mueca de decepción, pero sus ojos decían que estaba ansioso por seguir.

– Muy bien, diez mil libras. -Golpeó la mesa como si estuviera en una subasta de caballos-. ¡Y me caso con ella!

Darcy fingió una ligera mirada de sorpresa.

– ¿Y después de oír esta oferta tan magnánima debo asumir que tú crees que, primero, yo soy tonto, y segundo, el simple hecho de unir tu nombre al de ella será una compensación adecuada por tus acciones y se restaurará inmediatamente la reputación de toda la familia?

– ¿Qué es lo que tú…?

– ¿Qué es lo que creo? Muy sencillo, que una vez te encuentres en posesión de una suma considerable de dinero, abandonarás a la muchacha en manos de tus acreedores y yo habré financiado una buena cantidad de bellaquerías y engaños futuros. ¿O acaso has olvidado mencionar que el trato incluía una cláusula adicional según la cual tú te reformabas y modificabas tu carácter?

Wickham le lanzó una mirada de frío odio.

– ¡Siempre el mismo mojigato melindroso y temeroso de ensuciarse la ropa! ¡Carácter! -exclamó con odio-. Sólo los ricos pueden permitirse el lujo de tener carácter, pero la mayoría de ellos parecen no complicarse mucho. Simplemente tienen el dinero o el poder para comprar la manera de salir de los problemas, antes de que los rumores se vuelvan demasiado insistentes. Pero los pobres… a los pobres los juzgan sin conmiseración…

– Sí -lo interrumpió Darcy-, está el asunto de tus deudas. ¿Tienes alguna idea de a cuánto ascienden? -Wickham se encogió de hombros con desinterés. Darcy insistió en el asunto-: Entonces pensemos solamente en las que has contraído desde tu llegada a Meryton. ¿A cuánto ascienden?

Wickham se volvió a encoger de hombros.

– No tengo ni idea, excepto… -Desvió la mirada un segundo, antes de continuar-: Excepto las deudas de honor que tengo con mis compañeros oficiales. -Como si hubiese tenido una revelación de repente, Wickham se enderezó y golpeó la mesa-. ¡Ellos son los causantes de todo este maldito lío! ¡Si esos «elegantes caballeros» no hubiesen sido tan endemoniadamente meticulosos a la hora de exigir lo que les debía y no hubiesen estado tan prestos en delatarme, yo no estaría aquí!

– Pagaré tus deudas.

– ¿Qué? -Wickham miró a Darcy de inmediato-. ¿Todas?

– Todas aquellas en las que incurriste desde que pusiste un pie en Meryton.

– ¡Debes de estar bromeando! ¿Todas? ¿Sin saber la suma? -preguntó con incredulidad.

– Pagaré tus deudas, tanto a los comerciantes como a los oficiales -repitió Darcy. No se había movido desde que se había recostado contra la silla y, extrañamente, tampoco había sentido la rabia o el desagrado que solía sentir hasta ahora cada vez que cruzaba por su mente la simple mención de George Wickham. Darcy tenía un objetivo, y trataría de conseguirlo, pero algo había cambiado, y ahora era capaz de luchar contra aquel canalla de manera desapasionada.

La incredulidad de Wickham se convirtió rápidamente en suspicacia.

– Pero eso significaría que las controlarías todas. Y en cualquier momento, podrías exigir su pago.

– Sí, eso es cierto. -Darcy inclinó la cabeza, mostrando su acuerdo-. Dependerías de -añadió e hizo una pausa, mientras buscaba la palabra, y le hizo gracia encontrarla precisamente en una frase que había salido de los labios de su hermana- la clemencia, que sería excesivamente generosa y silenciosa, te lo aseguro, mientras tú te comportaras como un caballero en el amplio sentido de la palabra y trataras a tu esposa de manera honorable. -Agitado ante la perspectiva, Wickham se puso en pie y se dirigió a la ventana-. Yo no necesito que tú creas en el honor, puedes continuar despreciándolo todo lo que quieras, sólo que actúes de manera que los demás crean que lo respetas -terminó de decir Darcy, mientras el otro hombre le daba la espalda. En ese momento, Wickham se volvió para mirarlo cara a cara, con una expresión inescrutable-. Pero si llego a enterarme de que estás maltratando a tu esposa o has contraído una deuda de manera injustificada… -Darcy dejó la frase en suspenso.

– ¡Atrapado y encadenado! -Wickham contrajo la cara con rabia-. ¿Y qué gano yo en esta encantadora historia? Ya sabes que podría simplemente huir de ti, de la muchacha y de todo este maldito lío en este instante.

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