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Solo quedan estas tres

Электронная книга - «Solo quedan estas tres». Краткое содержание книги:

Uno de los héroes más queridos de la literatura romántica sigue siendo un misterio incluso para los fans más devotos de Jane Austen… hasta ahora. Pamela Aidan nos relata, con magistral pluma, los conocidos acontecimientos de Orgullo y Prejuicio desde el punto de vista de su protagonista, Fitzwilliam Darcy.
En Sólo quedan estas tres, la última entrega de esta trilogía, Darcy continúa con el viaje en el que está intentando conocerse a sí mismo, después de que Elizabeth Bennet rechace su propuesta de matrimonio, y en el que tratará de convertirse en el caballero que desea ser. Afortunadamente, el destino les concederá a ambos una nueva oportunidad cuando se vuelven a encontrar en su finca de Derbyshire. Allí, Darcy intentará convencer de nuevo a su amada… si su antiguo némesis, George Wickham, se lo permite.
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El sacristán dio un paso atrás.

– Nombre, otra vez, por favor.

– Darcy… y éste es mi criado, Fletcher. El señor Dyfed nos conoce a los dos -dijo el caballero, sacando el pedazo de papel que Dy le había dado-. Aquí está la prueba de lo que le digo.

El sacristán tomó el papel y lo arrimó a la luz de la vela. Asintió con la cabeza y se lo devolvió a Darcy.

– Sí, el señor Dyfedt.

– ¿Puede usted hacerle llegar una nota?

El gigante negó con la cabeza.

– Ah, no. ¿Algún negocio?

Darcy sacudió la cabeza con un poco de desaliento.

– No, una jovencita en peligro. Él conoce a gente aquí que podría ayudarme a encontrarla y devolverla a su familia.

– ¿Una jovencita? Hummm. -El hombre frunció el ceño-. ¿No negocio?

– No, no se trata de un negocio; es un asunto personal en el cual estoy seguro de que a él le gustaría ayudar. -Darcy suspiró.

– Entonces tal vez pueda hacer algo por ustedes -contestó el hombre con una pronunciación perfecta. Tanto Darcy como Fletcher se quedaron mirando al gigante, que estaba sonriendo-. Pero primero permítanme ofrecerles algo de beber, caballeros. Creo que han tenido una noche difícil.

Darcy retrocedió y miró los ojos de su salvador, mientras agarraba nuevamente el bastón con empuñadura de bronce que había blandido delante de la multitud embravecida que los había seguido hasta la puerta. La estruendosa carcajada que soltó el gigante como respuesta rebotó contra las paredes circulares de piedra de la escalera.

– Por favor, señor, suba. Si el señor Dyfed lo ha enviado a verme, usted no tiene nada que temer en mi compañía. Por favor… -El hombre señaló los escalones. Sin estar muy seguro todavía de si sería prudente aceptar, Darcy le lanzó una mirada a Fletcher, pero su ayuda de cámara estaba concentrado en otra cosa.

– ¿Tyke? ¿Tyke Tanner? -Fletcher avanzó hacia el gigante, que lo miró enseguida con sorpresa.

– ¿Quién…? -comenzó a decir y luego se detuvo, con los ojos a punto de salirse de las órbitas-. ¿Lem? ¿Lemuel Fletcher? ¡No puede ser! -Estirando una mano gigantesca, el hombre le dio una fuerte palmada en la espalda al ayuda de cámara de Darcy-. ¿Cuánto hace? ¿Diez años? ¡Increíble! -Esa observación también resumió los sentimientos de Darcy. ¿Cómo era posible que su ayuda de cámara conociera a aquel hombre?-. ¡Y tus padres! ¿Cómo están el señor Farley y la señora Margaret? ¡Me imagino que todavía trajinando en las tablas! -¿En las tablas? Darcy se volvió hacia su ayuda de cámara, con las cejas levantadas, esperando la respuesta de Fletcher con bastante interés.

– Ah, no. -Fletcher le lanzó una mirada nerviosa a su patrón-. Están retirados y viven en Nottingham. -Carraspeó-. Pero ¿cómo has llegado hasta aquí y te has convertido en sacristán de una iglesia? No es precisamente la clase de tarea a la que estabas acostumbrado, Tyke.

La mirada de Tanner se fijó por un segundo en Darcy y vaciló.

– Tal vez tu patrón sí acepte ahora esa bebida y una silla donde disfrutarla, Lem. Señor. -Hizo una reverencia a Darcy-. Estoy totalmente a sus órdenes.

El caballero asintió, no completamente satisfecho con lo que acababa de suceder frente a sus ojos, pero la razón de que estuviera en aquella extraordinaria situación era demasiado urgente como para tratar de comprenderlo en aquel momento.

– Adelante. -Tanner bajó la cabeza con cortesía y comenzó a subir la escalera de caracol. En el segundo piso había una puerta parcialmente abierta. El hombre se detuvo y esperó a que ellos entraran primero en la habitación. Darcy miró a Fletcher, con una ceja enarcada con aire interrogante. La sonrisa segura del ayuda de cámara no concordaba exactamente con la cautela de su mirada, pero era algo que había que tomar en consideración. No podían hacer otra cosa que confiar en las instrucciones de Dy y en los contactos que éstas le ofrecían. En realidad, teniendo en cuenta lo que sabía ahora de su amigo, no debía sorprenderse por la extraña naturaleza de sus contactos. ¡Darcy miró otra vez los ojos de su guía y le pidió al cielo que éste no fuera tan extraño como increíblemente grande!

Con decisión, Darcy pasó frente al gigante y entró en la estancia, con Fletcher siguiéndolo de cerca, y detrás su anfitrión. Tanner se detuvo para cerrar la puerta y tuvo la precaución de atrancarla. Al darse la vuelta, les sonrió a sus invitados y se apresuró a poner a calentar agua sobre las brasas. Luego comenzó a buscar una taza limpia. En un instante, la inmensa figura del hombre adquirió un carácter más cómico que amenazante, mientras se afanaba por cumplir sus funciones de anfitrión dentro de los estrechos límites de aquella habitación de techo inclinado que le servía de cocina, salón y alcoba, al tiempo que se disculpaba por el desorden.

– Por favor, señor, tome asiento. -Limpió apresuradamente una vieja silla-. El agua estará lista en un segundo. Lem, ¿puedes echarme una mano? -Fletcher miró a Darcy. Este asintió con la cabeza y el ayuda de cámara siguió a Tanner hasta una mesa que estaba dedicada, por lo que podía verse, a varias funciones. Evidentemente, Darcy y Fletcher habían interrumpido la cena de su anfitrión, porque en un extremo de la mesa había un enorme trozo de asado, mientras que el otro extremo estaba cubierto por una montaña de papeles, plumas y un tintero. En pocos instantes, Tanner colocó una taza de té delante de Darcy. Después de darle otra a Fletcher, el hombre se detuvo frente al caballero y volvió a inclinarse-. ¿Señor? ¿En qué puedo ayudarlo?

– Tanner. -Darcy levantó la vista hacia los curiosos ojos de aquel hombre-. El señor Dyfed me dijo que cuando necesitara encontrarlo, debía venir aquí, pero usted dice que no está disponible.

– No, señor, y no sé cuándo lo estará. No puedo decir más, señor. -Tanner apretó la mandíbula con fuerza. Era evidente que no iba a dar más información sobre el asunto-. Pero tal vez yo mismo o algún otro de los amigos del señor Dyfed podamos ayudarle. -Tanner no se dejó intimidar por el intenso examen de Darcy y tampoco parecía sentirse incómodo en medio de su humildad. El caballero pensó en las opciones que tenía. Todo parecía indicar que Dy confiaba en ese hombre. ¿Y acaso Darcy podía decir que necesitaba contar con mayor discreción que Dy?

– Es un asunto personal que requiere la mayor confidencialidad y discreción -comenzó a decir lentamente-. La reputación de una muchacha, y la de toda su familia, dependen de que la encontremos rápidamente y la rescatemos de las manos de un miserable. Toda la información que tengo se reduce a que ella y el hombre llegaron a Londres hace una semana y han desaparecido en los barrios bajos de la ciudad.

– ¿Un secuestro, señor? -La cara fornida de Tanner se endureció.

– No. -Darcy negó con la cabeza-. La joven se fue voluntariamente y es posible que todavía esté enamorada y no desee que la rescaten. Pero hay que encontrarla y hacerla entrar en razón para arrebatársela a ese hombre. -Darcy tomó aire y fijó sus ojos en los de su anfitrión-. Sólo deseo que me ayuden a buscarla. Yo me encargaré del resto. ¿Puede usted ayudarme?

Tanner miró por un segundo a Fletcher y luego volvió a mirar a Darcy.

– Sí, señor, puedo ayudarle; y lo haré. -El hombre dejó escapar un silbido de rabia-. Es una historia bastante común, aunque todavía me hace hervir la sangre, si usted me perdona, señor.

Darcy rechazó la disculpa levantando una mano.

– El nombre del hombre es Wickham, George Wickham, y el de la dama Lydia. Me reservaré el apellido. Lydia será suficiente. Ella es una jovencita de baja estatura, tiene sólo dieciséis años y procede de una buena familia, aunque no noble. Wickham tiene el rango de teniente y se fugó sin permiso del regimiento…, destacado en Brighton. Él tiene poco dinero y pocos amigos. Es un hombre más o menos de mi estatura, pelo negro, delgado. Tiene debilidad por el juego. -Darcy sacó un pequeño paquete del bolsillo de la chaqueta-. Aquí encontrará un retrato bastante aproximado. -Se lo entregó a Tanner.

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