Domada por Amor
- Автор: Лоуренс Стефания
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
– Entiendo que te sintieras furioso. Sentirte forzado, atrapado en el matrimonio, no debería importarte, pero te afecta. Porque sabes que a mí sí me importa. Estabas enfurecido por mí; también por ti, pero menos.
Aquel incidente le había otorgado exactamente lo que quería, y para lo que había estado trabajando, que no era otra cosa que el acuerdo matrimonial. Pero en lugar de sentirse complacido, él, todo un noble que pocas veces se disculpaba, se había disculpado abiertamente por algo que no había sido culpa suya. Porque aquello era algo que ella no deseaba, y el protector que había en su interior le decía que debería haber hecho cualquier cosa para evitar que todo aquello se hubiera producido, pero no lo hizo.
Durante todo el día, Minerva tan solo vio en él el amor en activo. Desde el suceso en las almenas, había visto cómo el amor reducía a un hombre acostumbrado a dar órdenes durante toda su vida, a una bestia herida y encabritada.
Mientras una parte femenina muy remarcada de ella se regodeaba de haber vencido a aquel campeón tan impetuoso, también era verdad que había tenido que ir desmontando paulatinamente aquel temperamento tan impetuoso que tenía, en lugar de provocarlo. Había estado esperando a que las cosas se calmaran para cogerlo de un humor en el que fuera más fácil que creyera en lo que ella tenía que decirle.
Ella lo miró a los ojos, tan oscuros e indescifrables como siempre.
– Tenía planeado hablar contigo ahora, ahora que ya ha caído el sol, cuando estuviéramos solos -dijo mirando a su alrededor, -aquí, en tus aposentos.
En aquel momento, lo miró a la cara.
– En tus apartamentos ducales.
Dando un paso adelante, sus ojos se clavaron en los suyos, poniéndole una mano sobre su corazón.
– Te lo iba a decir justo esta mañana, cuando lo decidí… había decidido aceptar tu propuesta, en cuanto me la hicieras, y te lo iba a decir para que te sintieras libre de hacerlo cuando lo creyeras oportuno, sabiendo que yo iba a aceptar.
Pasaron varios minutos. Él mantenía su quietud.
– ¿Esta mañana?
La esperanza estaba batallando con el escepticismo, pero parecía que la esperanza iba ganando. Ella sonrió.
– Puedes preguntarle a Letitia, Clarice o Penny, y te lo confirmarán, puesto que ellas ya lo sabían, y es por eso por lo que no me siento disgustada ni abrumada. No suelo ponerme así nunca. Sí, estoy furiosa, pero contra eso… -dijo marcando aún más su sonrisa, dejando que él dedujera la profundidad de sus palabras, así como la alegría y la seguridad de la que rebosaba su corazón. -Estoy entusiasmada, encantada, extasiada. No me importa lo que haya podido hacer Susannah, ni lo que pueda estar por venir; en realidad, entre nosotros, nada ha cambiado.
Sus manos se deslizaron hacia su cintura. Ella alzó las suyas, para cogerle su cara, y mirar en la profundidad de sus ojos.
– La única cosa que es posible que hayamos perdido es precisamente ese momento, pero tampoco me importa mucho haberlo perdido, o mejor dicho, que nos lo hayan quitado. A partir de esta mañana, en lo que a mí respecta, lo importante somos nosotros, nuestra causa, y desde ese momento, ahora que ya lo sabes, tan sólo habrá una causa: la nuestra. Es la mejor causa que podemos seguir por nuestro bien, por la que dar nuestras vidas, si hiciera falta. Ambos lo sabemos. Desde este momento, dedicaremos nuestra vida a ella, de trabajar por ella, de incluso luchar por ella, por una vida conjunta.
Perdida en sus ojos, ella dejó que pasaran algunos segundos.
– Yo quería, necesitaba, decirte que si era eso lo que querías, que si eso era lo que podías ofrecerme, yo aceptaría sin pensarlo, porque eso es lo que yo quiero también.
Pasaron varios minutos más. Su tórax se hinchó cuando él tomó una larga bocanada.
– Entonces, ¿estás de acuerdo en dejar atrás ese "bache", dejar que pase a la historia, y seguir adelante?
– Sí, eso es exactamente lo que deberíamos hacer.
Él sostuvo su mirada durante un rato, fijándose luego en sus labios, en sus rasgos, sintiéndose cada vez más aliviado y tranquilo. Las manos de ella se posaron en sus hombros. El tomó una de ellas, llevándosela a los labios. Sus ojos aún seguían atrapados en los de Minerva, mientras besaba la yema de sus dedos.
Lentamente.
El instante fue realmente fascinante. Ella no podía apartar su mirada de las llamas que rodeaban los de él.
– Minerva, mi amante, mi dama, mi corazón, ¿te casarás conmigo?
Ella parpadeó una, dos veces, notando cómo su corazón, literalmente, se hinchaba.
– Sí.
Una palabra tan corta, y aun así, sopesó cada gramo de su convencimiento, su resolución, y su disfrute al saberlo. Había más que quería decir. Alzando su otra mano libre, posó sus dedos sobre su delgada mejilla, ligeramente perfilada por los angulosos pómulos de un rostro que mostraba tan poco de su interior, incluso en momentos como este.
Ella sintió su corazón palpitar a un ritmo frenético cuando volvió a fijarse en sus ojos, sonriéndole.
– Me casaré contigo, Royce Varisey, y estaré siempre a tu lado. Criaré a tus hijos, y juntos, nos enfrentaremos a cualquier cosa que el futuro pueda traernos, haciéndolo lo mejor que podamos, por Wolverstone, y por ti.
Él era un Wolverstone, pero aquello no era todo lo que él era. Bajo aquello había un hombre que merecía ser amado. Así que ella lo haría, y dejaría que él lo supiera con tan solo mirarla a los ojos.
Royce estudió aquellas tonalidades otoñales, aquellos dorados brillantes, los apasionados marrones, aquellas misteriosas vetas verdes, sabiendo a la perfección cuánto significaba para él, y él sabía que era el hombre más afortunado del mundo. Lentamente, agachó su rostro hasta el de ella, esperando a que ella se acercara, para luego bajar sus labios hasta los de ella.
Y aquel simple beso selló su pacto.
El sentimiento de amor que siguió aquello reflejó su beso. De manera simple, sin complicaciones, sin disimulos… y sobre todo, ella tenía razón. Nada había cambiado. La pasión, el fervor, el calor, eran los mismos. Si algo más profundo, más amplio, más intenso, nacía a través de la aceptación, de las simples declaraciones que ambos habían realizado, y que los habían unido en mente, cuerpo, corazón y alma, afrontando su futuro, juntos…
Aquello les llevaba a la aventura de afrontar algo nuevo, algo que nunca antes había pasado en su familia, y que no era otra cosa que tener un matrimonio forjado en el amor.
Tumbándose desnuda tras él entre aquellas sábanas de seda escarlata, envolviendo con sus brazos su cuello, mientras se arqueaba incitándolo. Encima de ella, tan caliente y excitado como ella, se deslizó hasta el abrigo de su cuerpo, notando cómo ella se abrazaba a él con fuerza, agarrándose.
Quedándose boquiabierto, y levantando su cabeza, cerró sus ojos, manteniendo el agarre, con los músculos tensos, reprimiéndose mientras luchaba consigo mismo por concederse aquel momento, aquel instante imposible de describir mientras sus cuerpos se enganchaban, aquel instante de flagrante intimidad antes de que comenzara la danza.
De repente, notó que su parte lumbar se deslizaba, soltándose del asidero que él mantenía, cogió una amplia bocanada de aire, y miró hacia abajo. La miró a aquellos ojos dorados que tenía tras las pestañas.
Te quiero.
Quería pronunciar aquellas palabras, estuvo a punto de decirlas, pero no sabía, ni siquiera en ese momento, si verdaderamente las sentía y eran ciertas. El quería que fuera así, pero…
Ella le sonrió, comprendiéndolo. Alzando una de sus manos, lo cogió por la nuca, atrayendo sus labios hacia los suyos, besándolo, como una invitación descarada a que se abandonara.
Él aceptó la invitación, y se dejó ir, dejando que la pasión se apoderara de ellos. Dejó que sus cuerpos se fundieran, rindiéndose al deseo, la necesidad, el hambre.
Abriendo sus ojos, él la miró al rostro, reluciente de pasión, extasiada en su claudicación. Era el rostro de su mujer, su dama, su próxima esposa. Suya para siempre.