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Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:

Los solteros más codiciados y aventureros de Londres se han unido para formar el Bastion Club, una sociedad de élite para caballeros dedicada a determinar el futuro de sus miembros en lo referente al matrimonio.
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
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Entregada enteramente a él.

Olvidó por completo las preocupaciones del día, dejando que su pasión los cubriera como si fuera una ola, hundiéndolos en las profundidades. Se dejó ir, sellando su pacto.

Y se entregó completamente a ella.

CAPÍTULO 20

A la mañana siguiente, Minerva estaba de pie junto a Royce, mientras que los saludos y aclamaciones que el gentío profería a las nueve parejas gradualmente se fueron disolviendo, él avanzó hasta el balcón desde el cual, anteriormente, se daba por inaugurada la feria. En silencio, los allí reunidos esperaron expectantes a que hablara. Dejó que su mirada pasara por todos aquellos rostros, para luego decir:

– Wolverstone también tiene un anuncio que hacer -dijo mirándola a ella, atrayéndola. Su sonrisa era todo lo que ella quería ver. La calidez de sus ojos la sostuvo, hasta que él le agarró una mano, llevándosela a sus labios, y a plena luz del día ante todos los allí presentes, le besó los nudillos.

– La señorita Chesterton me ha concedido el honor de aceptar ser mi duquesa.

No lo había dicho a voz en grito, aunque su voz se escuchó claramente sobre aquella multitud en silencio.

De repente, la multitud estalló en vítores, hurras y gritos de alegría. El estruendo se alzó como una ola de felicidad desbordada, barriendo la escena. Minerva miró alegre a los congregados, viendo a Hamish, y Molly, con quienes se encontró y habló antes, saludándola con la mano. Todo el personal del castillo estaba allí también. Retford, Cranny, Cook, Jeffers, Milbourne, Lucy, Trevor, y el resto, todos regocijándose ante aquello demostración de alegría y orgullo.

Mirando más allá, vio las caras de muchos de los Wolverstone, todos emocionados, deleitados. Los vio felices y joviales, con la satisfacción en sus rostros, aplaudiendo, riendo, y algunos incluso, llorando de felicidad. Incluso aquellos que habían venido para la fiesta, dispersos aquí y allí entre el gentío, parecían felices de ser parte de aquel bullente regocijo.

Royce alzó una mano, los vítores y silbidos cesaron.

– Nuestra boda se celebrará en la iglesia que tenemos aquí, dentro de tan solo tres semanas. Como sabéis, he vuelto para tomar las riendas del ducado. En tan solo unas semanas he aprendido mucho sobre todo lo que ha cambiado estos años, y lo que aún necesita cambiarse. Al igual que realizo estos votos con la duquesa, y ella conmigo, ambos hacemos otro con vosotros, los Wolverstone, para forjar juntos nuestro futuro.

– ¡Wolverstone! -dijo una voz entre la multitud, y en seguida, esta contestó con el mismo vítor. -¡Wolverstone! ¡Wolverstone!

Minerva miró aquel mar de caras felices, sintiendo cómo el candor de la gente llegaba hasta ella, abrazándola, imbuyéndola. Girando su cabeza, miró a Royce a los ojos, y sonrió.

La mano de él agarró fuertemente la suya, mientras le devolvía una sonrisa abierta, honesta, y finalmente, bajaba aquel escudo protector, de una vez por todas.

¡No, no, no, no, no, no! ¿Cómo podría estar pasando aquello?

Entremezclado en el gentío, rodeado y empujado por aquella estruendosa aglomeración de gente deleitada con las nuevas sobre el casamiento de Royce, permanecía allí, de pie, totalmente pasmado, incapaz de pensar ni de apartar la imagen de Royce y Minerva de pie en el balcón, perdidos en sus miradas.

Royce era un excelente actor cuando quería, y él lo sabía. Minerva tampoco se quedaba atrás…

Negando con la cabeza, deseó poder ignorar lo que sus ojos le estaban diciendo a gritos. Ninguno de los dos estaba actuando. Lo que estaba viendo, lo que todo estaba celebrando y respondiendo, era real.

Royce quería casarse con Minerva.

Y ella quería casarse con él.

Ella estaba enamorada de él, ninguna otra cosa podía deducirse de la suavidad del gesto en su rostro.

Y si bien era casi imposible que Royce la amara, ella sí que le importaba, de una manera más profunda y cálida de lo que jamás pudiera haber imaginado posible.

Minerva no era, ni había sido, ni nunca sería, una más entre la legión de amantes de Royce. Había sido la elegida, durante todo este tiempo, la dama que había deseado, durante toda su vida.

– Se supone que no debería haber pasado nada de esto -dijo, dejando que cada una de las palabras saliera de entre sus dientes apretados, luchando por poder conservar aquella máscara impertérrita que mantenía sobre su rostro.

Se pensó que aquella boda iba a ser una farsa, una comedia, incluso se suponía que tenía que ser dolorosa. En lugar de eso, todas las maniobras que había estado realizando entre el subterfugio le habían otorgado a Royce precisamente lo que Royce quería.

El, a través de Susannah, había sido el instrumento que había hecho que Royce consiguiera la última cosa que necesitaba para completar el tapiz de una ya de por sí existencia rica y satisfactoria. El había sido una pieza indispensable a la hora de darle a Royce algo que había deseado ardientemente, algo que ansiaba desde hacía tiempo.

De repente, lo supo. De repente, lo vio.

Sus facciones se aliviaron.

Y luego, lentamente, esbozaron una sonrisa.

Incrementando su alegría, empezó a reír a carcajadas, dándole una palmada a Rohan en las espaldas cuando pasó por su lado.

Por supuesto, ahora lo veía claro.

Royce había sido el causante de mostrarle su tesoro, para luego, quitárselo de debajo de las narices y llevárselo.

Así, ahora encajaba perfectamente que él fuera el responsable de haberle llevado a Royce su tesoro más preciado, para así poderle devolver el favor.

Royce se había llevado su tesoro.

Ahora él se llevaría el de Royce.

Aquella tarde, Royce, Minerva, Letitia, Clarice, Penny y Handley se reunieron en la sala matinal de la duquesa. Debido al enorme éxito que había tenido el inicio de la feria, que no hizo sino aumentar en fama tras el anuncio que se había hecho, la cena fue una cosa bastante más informal. Después de refrescarse, habían dejado al relajado y aparentemente apacible, pero exhausto, grupo de invitados escaleras abajo, y se habían retirado para preparar la logística que conllevaba una boda ducal.

Mientras los demás tomaban asiento, Royce, junto a Minerva, en uno de los sofás, observó a su futura esposa.

– ¿Les habías dicho algo a los demás de abajo? Parecían extrañamente relajados ante el anuncio de nuestro compromiso.

– Simplemente les expliqué que la intervención de Susannah había sido malinterpretada, y como tu duquesa, estaría muy decepcionada si alguien tildara nuestro compromiso como algo que no fuera interpretado bajo una luz correcta.

Dejándose caer en el sofá opuesto, Penny rió entre dientes.

– Fue genial. Hizo que la acción de Susannah pareciera la travesura de un niño, una de esas ocurrencias que son tan torpes que ha sido incluso enternecedor para Susannah simular que nunca ha pasado.

Uniéndose a Penny en el sofá, Letitia añadió:

– Tan sólo tuvo que hablar con las damas, ya que Jack nos informó que, dado que ninguno de los hombres estuvo en las almenas, actuarían como si nunca hubiera pasado nada. Pero darle la vuelta al asunto y reflejarlo en la acción de Susannah fue un toque maestro. A mí nunca se me hubiera ocurrido, pero funcionó increíblemente bien.

– Sin duda -dijo Clarice, sentándose al final del sofá, -tu pericia sin duda viene de haber estado tratando con Varisey durante décadas.

– Sin duda-dijo Minerva ahora girándose hacia Royce, mirándolo a los ojos. -Ahora, pongámonos con el asunto de la obra.

Aquella mañana muy temprano, él había sugerido que se realizara lo antes posible, para después ser informado de lo que no estaba en sus cartas. Cuando él protestó, se le informó con más detalle.

– ¿Entonces son tres semanas lo que propones?

Los ojos de él se encendieron.

– Exacto, tres semanas, y necesitamos cada uno de los minutos que las componen a partir de ahora.

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