Domada por Amor
- Автор: Лоуренс Стефания
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
Alzando su mirada, miró a Royce y Macgregor, sumergidos en una discusión, mientras caminaban lentamente a lo largo de los puestos, carpas y casetas de la izquierda. Ella sonrió mientras fueron desapareciendo, y luego dejó que su mente se deslizara de nuevo hacia sus preocupaciones actuales.
Los primeros invitados, toda la familia, habían llegado el día anterior. Hoy, llegarían sus amigos y los de él. Royce había elegido a Rupert, Miles, Gerald y Christian como sus padrinos. Ella había elegido a Letitia, Rose, a su vieja amiga Ellen, a lady Ambervale y a Susannah como sus damas de honor. Se sintió obligada a elegir a una de las hermanas de Royce, y a pesar de aquel estúpido intento de manipulación por parte de Susannah, no había sido malintencionada, y Margaret y Aurelia no hubieran estado cómodas.
Las tres hermanas habían llegado ayer. Las tres habían sido muy discretas en su presencia, percatándose no solo de que ahora ella tenía el beneficio de todo el poder de su hermano, sino de que también conocía todos sus secretos. No es que ella fuera a hacer nada con aquel conocimiento, pero eso ellas no lo sabían.
Una parte de la lista de invitados que él le había pasado le agradeció enormemente la invitación. Eran ocho de sus ex-colegas. Tanto de la boca de Letitia, como de la de Clarice y Clarice, había oído mucho sobre aquel grupo, el que (orinaban los miembros del club Bastión, además de Jack, lord Hendon, y todas sus esposas. Había oído que Royce había destinado la invitación a sus bodas, y ahora resultaba no ser el único sorprendido al recibir la confirmación de asistencia de sus respectivas esposas. Sospechaba que querían darle una lección bailando alegremente en la boda de él.
De todas formas, hacía tiempo que quería conocerlas a todas, aquellas que habían estado codo a codo profesional mente con Royce durante los últimos años.
Durante las siguientes horas intentaron pasar un tiempo para ellos, en el que ella intentó que le contara más sobre lo que había estado haciendo durante aquellos años en los que había estado sin paradero conocido, aquellos años que le eran totalmente desconocidos para ella, y para sus padres. Después de dudar un poco, fue gradualmente bajando la guardia, mientras empezaba a hablar cada vez más libremente de varias misiones que realizó, y sobre los muchos hilos que tuvo que tejer en una red en la que recabar información, tanto militar como civil. Se lo había descrito lo suficientemente bien como para ahora saber más de él, de poder sentir algo más por él, y para entender cómo y de qué manera habían impactado en él los sucesos de aquellos años. Admitió haber matado a sangre fría, no sólo en tierras extranjeras, pero que aquellas muertes habían sido esenciales para la seguridad nacional, así que ella simplemente parpadeó, y asintió.
Le habló sobre las recientes aventuras de los miembros del club Bastión. También le habló sobre el hombre al que él había bautizado como "el último traidor", el enemigo del que Clarice había hablado anteriormente, un inglés, un caballero de la alta sociedad, alguien con contactos en el Ministerio de Guerra, que había traicionado a su país por una recompensa francesa, y había asesinado de nuevo por escapar de Royce y sus hombres.
Al terminar la guerra, Royce deambuló por Londres, siguiendo cualquier rastro que pudiera haber dejado el último traidor. Fue el único fallo que admitió.
Para su alivio, también admitió que había olvidado esa persecución. Habló de ella como si ya fuera parte de la historia, no como una actividad reciente. Como si pudiera admitir que aquel fallo tan sol o le fortaleció. Sabía lo suficiente como para poder apreciar todo aquello, que un hombre tan poderoso como él supiera cuándo retirarse, viéndolo como un gesto de fortaleza y no de debilidad.
Durante las siguientes semanas, él le habló de una manera abierta, y a cambio pidió saber también detalles de cómo había pasado ella aquellos mismos años, dejándole entrever lo poderoso que podía llegar a ser aquel casamiento, más aún en la realidad que supondría tener su amor.
Un amor que él todavía no era capaz de dar.
Emergiendo de entre las casetas, intercambió una despedida con Macgregor, estrechando la mano del anciano. Se volvió hacia ella, que lo miró a los ojos, y arqueó una ceja.
– ¿Estás lista?
Ella sonrió, se levantó y le cogió de la mano.
– Sí.
Estaba de nuevo de vuelta en Wolverstone, bajo el techo de su enemigo. A pesar incluso de tener que compartir habitación con Rohan, no le importaba. Allí estaba él, invisible entre la multitud congregada. Todo el mundo podía verle, pero en realidad, nadie lo veía; no a su verdadero yo, al menos. Estaba oculto, para siempre encubierto.
Nunca nadie podría descubrirlo.
Sus planes estaban ya muy avanzados, al menos en teoría. Ahora, todo lo que tenía que hacer era encontrar el lugar preciso para contemplar su victoria final.
No debería de ser muy difícil. El castillo era enorme, y había varias construcciones en los jardines a las que la gente prestaría poca atención. Tenía dos días para encontrar el lugar perfecto.
Dos días antes de poder actuar.
Dos días para poderse ver libre por fin del tormento.
Del tormento de aquel negro y corrosivo terror.
Para cuando llegó el miércoles, el castillo estaba a rebosar, literalmente hasta la bandera. Con tantos miembros de la alta sociedad a los que atender, la cantidad de criados visitantes había provocado que el número de alojamientos bajo las escaleras, o mejor dicho, en los áticos, hubiera llegado a su límite.
– Incluso tenemos a gente en la sala de planchado -le dijo Trevor a Minerva cuando se encontraron en el pasillo mientras él llevaba una pila de fulares perfectamente planchados. -Estamos llevando las tablas de planchado al lavadero. No creo que vayamos a hacer mucha colada en los próximos dos días.
Ella le sonrió.
– Al menos, ahora todo el mundo se irá al día siguiente.
– Eso espero -dijo Trevor con el gesto torcido, -el tiempo durante el que podemos sustentar a tanta gente es limitado.
Ella rió ante el comentario, y se dio la vuelta. En realidad por ahora estaban resistiendo bastante bien, incluso estando el castillo más repleto de gente de lo que nunca hubiera visto. Todas las habitaciones para invitados estaban ocupadas, incluso las de la torre. Las únicas habitaciones de aquella planta que habían quedado libres eran su sala matinal, la sala de descanso de Royce y el estudio.
Su sala matinal. Royce había empezado a llamarla así hacía unas semanas, y a ella se le había pegado el hábito.
Sonriendo, siguió por la galería. Eran las últimas horas de la tarde, casi de noche ya, y los invitados ya estaban descansando o conversando de manera tranquila en cualquier parte, esperando a que fuera la hora de la cena. Por primera vez durante aquel día, tuvo la oportunidad de darse cinco minutos de descanso.
– Minerva.
Al oír su nombre, se detuvo, y se dio la vuelta con una sonrisa en los labios. Royce estaba ante el pasillo que llevaba a sus aposentos.
En aquel momento no tenía nada que hacer, así que, sonriendo profundamente, fue a su encuentro. Aquella sonrisa se veía reflejada en los ojos de él. Cogiéndola de la mano, él volvió de nuevo por el pasillo, deteniéndose ante la puerta de las almenas. Al igual que la vez anterior, abrió la compuerta oculta, dejando que ella pasara delante para luego seguirla.
Ella caminó por las almenas, extendiendo los brazos y respirando hondo, y luego se die la vuelta hacia él, acercándose todo que pudo.
– Justo lo que necesitaba, un poco de aire fresco.
Sus labios se doblaron en una mueca.
– El castillo está bullente de humanidad. En una colmena que vive y respira.
Ella rió, y se giró de nuevo hacia el horizonte, posando sus manos sobre la antigua roca que componían aquella torre de homenaje, y sintió como si aquel toque la uniera con la tierra del mismo suelo. Desde allí divisó, y se encontró con aquellas vistas, aquel paisaje que se le hacía tan familiar.