Domada por Amor
- Автор: Лоуренс Стефания
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
– Gracias a Dios, Prinny no va a venir. Acomodarle a él y a sus aduladores hubiera sido una pesadilla.
Subiendo su mirada, Minerva sonrió mientras Hamilton dejaba una tetera de té recién hecho ante ella.
– Terminaremos con la asignación de habitaciones durante la mañana, ya que Retford necesitaría una lista al anochecer.
– Así es, señorita. Retford y yo hemos concebido un plan para el interior del castillo que tal vez pudiera ayudar.
– ¡Excelente! Si vinierais a la sala matinal una vez hayáis terminado, debería darme tiempo a terminar con Cranny, y comprobar la correspondencia y así asegurarme de que no vayamos a tener algún invitado inesperado -Y girándose hacia Royce, prosiguió: -a menos que necesites a Hamilton.
El negó con la cabeza.
– Tengo que terminar unos asuntos con Killsythe esta mañana.
Sus padrinos, Killsythe y Killsythe, habían conseguido finalizar los últimos asuntos legales concernientes a los ducados de Collier, Collier, y Whitticombe, así que todos aquellos asuntos finales se resolverían sin ningún tipo de problemas.
– Incidentalmente -dijo dándole unos golpecitos indicativos a una carta que había leído con anterioridad, -Montague ya ha dado aviso de que todo está correcto. Fue muy halagador con las labores realizadas por vuestros anteriores agentes, pero cree que él puede hacer esta tarea aún mejor.
Minerva sonrió.
– Tengo altas expectativas con él.
Alcanzando la tetera, siguió revisando las siete listas que había ante ella.
– Apenas puedo recordar cuándo fue la última vez que tuve el tiempo para pensar en cosas tan mundanas como en investiduras.
Royce alzó su taza de café, ocultando su sonrisa tras ella. Una cosa que había aprendido de su futura esposa era que le encantaban los desafíos. Al igual que en el funeral de su padre, los invitados principales se quedarían en el castillo, así como la mayoría de los miembros de su familia, los cuales habían avisado de su llegada con premeditación. Mientras que él había estado muy ocupado en asuntos legales y de negocios, algunos aún pendientes desde la defunción de su padre, pero la mayoría concernientes a los preparativos necesarios para los acuerdos nupciales, Minerva había estado hasta el cuello con los preparativos de la propia boda.
Hamilton había demostrado ser una ayuda enviada desde el cielo. Después de hablar con Minerva y Retford, Royce se encaminó hacia el norte para hacer las labores concernientes a su secretario, para así dejar a Retford libre y que se ocupara de los asuntos del castillo, mucho más importantes, los cuales habían aumentado dramáticamente tras el anuncio de la boda. Si bien Hamilton era más joven y podría llegar a retrasar a Retford, finalmente los preparativos iban bien, en beneficio de todos.
Royce se dirigió a la página de sociedad de la Gazette del día anterior. Había leído religiosamente cada una de las columnas dedicadas a su próxima boda. Lejos de sentirse halagado, había empezado a sentirse bastante incómodo con el hecho de que empezara a considerarse como "la noticia romántica del año".
– Bueno, ¿qué es lo que dicen hoy? -preguntó Minerva, sin apartar la mirada de las lista. Cuando él le señaló con la cabeza el montón de ejemplares de prensa que tenía a su lado, contestó: -Me preguntaba qué es lo que tendrán que ver ellas en todo eso -dijo refiriéndose a las grandes damas.
Royce leyó atentamente la columna dedicada a su boda, y luego resopló.
– Ésta aún va más allá. Leyéndola parece que tengas entre tus, manos mi cuento de hadas, con una niña de buena cuna, pero huérfana, esclavizada durante décadas como ama de llaves de un castillo ducal para luego, a la muerte del viejo duque, llamar la atención de un misterioso hijo exiliado del duque, el cual es ahora su nuevo señor. Pero en lugar de sufrir la indignidad que acarrea una situación así, tal y como uno debía esperar, ella triunfa a la hora de ganarse el duro corazón del nuevo duque, y termina convirtiéndose en su duquesa.
Con un sonido muy parecido a un "Pse", Royce soltó el periódico encima de la mesa, hablando con un tono de marcado disgusto.
– Si bien es posible que parte de lo que dice aquí sea cierto, han reducido todo hasta un punto muy bizarro.
Minerva sonrió. Se preguntaba cuándo se daría él cuenta de la verdad fundamental que yacía tras todos los reportajes, y que diseccionar las inanidades de los periódicos podrían hacerle descubrir lo que ella y otros ya sabían sobre él, pero nunca ocurría. Los días pasaban, y parecía que tan solo la profunda, frecuente y duradera exposición de sus propias emociones era lo único que abriría sus ojos.
Aquellos ojos eran muy observadores cuando se fijaban en algo o alguien, pero cuando los utilizaba sobre sí mismo, para mirarse interiormente, simplemente, no veían nada.
Recostándose contra el respaldo, Minerva consideró sus propios esfuerzos. Las bodas ducales de aquel país estaban a la cabeza de las listas de cosas complejas de dirigir. Se levantó para dejar la habitación, mirando hacia arriba, lo miró directamente a los ojos.
– Esta noche tienes que estar disponible, y a lo largo de todo el día de mañana, ya que empezarán a llegar los invitados más importantes.
Él le sostuvo la mirada unos instantes, para luego mirar a Jeffers y a Hamilton, de pie junto a la pared que había tras al silla de Minerva.
– Manda a un criado, a uno que pueda reconocer escudos de armas, a las almenas, con un catalejo.
– Sí, su Excelencia -dijo Jeffers.
Tras dudar un poco, sugirió.
– Señor, si se me permite decirlo, podríamos enviar también otro al puente, con una lista de aquellos de los que conviene conocer su llegada, haciéndonos una señal con una bandera, por ejemplo. Debería ser fácilmente visible desde las almenas.
– ¡Es una idea excelente!
Viendo cómo Royce aceptaba la idea, Minerva se giró hacia Hamilton.
– Una vez hayas terminado con las habitaciones, Retford y tú podéis confeccionar una lista. Yo la repasaré, y luego se la daremos a Handley para que haga copias -dijo Minerva, mirando a Royce con las cejas levantadas.
Él asintió en respuesta.
– Handley estará conmigo en el estudio la mayor parte del día, pero creo que le sobrará tiempo por la tarde para hacer las listas.
Minerva sonrió. Letitia tenía razón: había poco de lo que ella no pudiera encargarse, ya fuera Royce, o la casa entera. Había algo bastante satisfactorio en el hecho de ser el general en la primera línea de tropas. Siempre le había encantado su papel de ama de llaves, pero llegado a aquel punto, creía que el de duquesa le iba a gustar aún más. Royce la miró a los ojos; una última mirada, un saludo, y abandonó la habitación. Alcanzando su taza, ella volvió a supervisar las listas.
A la mañana siguiente, salieron de la cama a primera hora, y juntos, cabalgaron hasta Usway Burn. En contra de todas las expectativas de Royce, las casetas y carpas estaban casi terminadas de montar.
Después de comprobar las mejoras, Minerva se sentó en una silla frente a la pared de una de las casetas más grandes, mientras Royce hacía una inspección más minuciosa acompañado del viejo Macgregor.
Uno de los mayores proyectos que Royce había aprobado desde que se hizo con el ducado, que no era otra cosa que el puente sobre el Coquet, fue una prioridad para Hancock. El puente, ahora un puente con calzada, ya estaba acabado, reconstruido, y reforzado. Lo siguiente fueron las casetas, y ahora estaban casi terminadas. En una semana las verían acabadas. Después de aquello, Hancock y su equipo empezarían con el molino, no antes; pero con suerte, el clima les acompañaría, y lo más importante, toda la madera y, aún más importante, todo el cristal que necesitaban. Sellarían el molino antes de invierno, lo cual, aparte del resto, fue un logro que Minerva había pensado poder cumplir antes de que el antiguo duque muriera.